Pintado en la Pared No. 339-LA BIOGRAFÍA (4)

LA BIOGRAFÍA (4)

 

Este énfasis en la biografía histórica intenta mostrar alguna distinción fundamental con el género biográfico de ficción. Pero querer mostrar una separación no oculta ni pretende despreciar el nexo entre la escritura de la historia y la escritura de ficción. A propósito de esto, François Dosse advertía bien que “recurrir a la ficción para el trabajo biográfico es inevitable” (F. Dosse, El arte de la biografía, 2007, p. 25 ). Ese vínculo inevitable delata la insuficiencia reconstitutiva del trabajo del historiador. Siempre será insuficiente, incompleto, fragmentario, lo que logra restituir un estudio biográfico. En la biografía, el recurso ficcional es quizás mucho más determinante, por no decir que invasivo, tanto que la frontera entre la voluntad de decir toda la verdad posible y el recurso de la imaginación parece borrarse. 

 

Por lo pronto, me interesa detenerme en algo básicamente común entre lo que hace el historiador y lo que hace el creador literario; aunque parezca obvio decirlo, en la biografía, ambos trabajan orientados por un nombre propio. El nombre propio orienta la pesquisa, selecciona la documentación, precisa la singularidad del individuo. El nombre propio es el rótulo del archivo y es el elemento que confiere la unidad narrativa del relato. El biógrafo se mueve impulsado por un nombre propio, incluso antes de elegirlo como su objeto de estudio o como su personaje. El biógrafo vive por él y para él, la búsqueda de verdad tiene como principio y fin un nombre propio que rotula epistolarios, noticias de prensa, fotografías, una caligrafía reconocible, una identidad personal. La búsqueda de cualquier dato está sometida al ritmo de una especie de persecución de un nombre propio que nos evoca cada vez algo con mayor consistencia. Esa voluntad de “perseguir” un nombre propio, de reunir piezas de un rompecabezas, de hallar conexiones, de encontrar una identidad individual que va volviendo un sujeto que dijo algo, que hizo algo, que vivió una vida, que vivió esa vida de cierta manera, todo eso no se logra con el acopio de documentación, con la voluntad de decir toda la verdad posible, con la reconstitución de los vínculos y tensiones que condicionaron esa vida individual. El género biográfico no se constituye solamente con el ejercicio científico; la existencia individual es irreproducible en toda su complejidad y encuentra alguna solución en la imaginación.  


Por eso podemos inclinarnos por una especie de situación intermedia, por una mezcla, propia de un género híbrido como es la biografía. De un lado, la voluntad de decir verdad nos impulsa a ser exhaustivos en el acopio documental, a realizar un boceto muy aproximado del retrato que queremos lograr; dicho sea de paso, la metáfora del retrato es frecuente en el examen de lo que hace el estudio biográfico. Del otro, la voluntad de completar aquello que no es posible mediante la documentación queda en manos de la imaginación, de la capacidad de sugerir, conjeturar o caracterizar allí donde no es posible el recurso del apoyo documental. Esa imaginación controlada es decisiva en el logro del retrato de cuerpo entero de una subjetividad, cualquiera que sea, siempre elusiva, siempre compleja. En definitiva, la complejidad del ser humano, de lo vivido, de lo sentido por un ser humano obliga a integrar lo real o, mejor, lo cognoscible, con lo imaginario, con lo posible.


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