domingo, 1 de abril de 2012

Pintado en la Pared, No. 64


LA ENSENANZA DE LA HISTORIA EN COLOMBIA

En Colombia no hemos olvidado que está en discusión una reforma a la educación superior. El tema es largo y complejo, pero la discusión todavía es corta. El gobierno del presidente Santos quiso un debate angosto, alrededor de algunas cifras concentradas en el acceso a la formación de pregrado. Pero otros, sin ser mayoría ni mucho menos, han advertido lúcidamente que el problema que tenemos entre manos es el de un pésimo sistema educativo que va desde la formación primaria hasta los pisos superiores de la formación universitaria. Ni en la escuela de primeras letras ni en programas de doctorado estamos bien; por eso la revisión merece más detenimiento y menos premura para legislar otra cosa pequeñita y medio perversa como es costumbre en Colombia; siempre pensando en asuntos de corto alcance, en soluciones minúsculas convenientes para algunos. Hay que pensar, más bien, mirando más lejos y fijando la mirada en asuntos básicos.

Uno de esos asuntos básicos que merecen ser incluidos en la agenda de discusión ha sido acogido en los últimos días por la prensa colombiana; se trata de la ausencia de la enseñanza de la historia en la formación primaria y secundaria. El bicentenario de la Independencia, a pesar de su corto vuelo conmemorativo en nuestra sociedad, ha servido, de todos modos, para poner en la palestra una situación deplorable y sintomática. En Colombia nos han adiestrado para olvidar. Nuestras ciudades guardan pocas huellas de algo dignificante del pasado; los medios de comunicación masiva sirven para abstraernos de las realidades de la vida y nos envuelven en otras burbujas sin memoria. Pero a esos desastres que estamos acostumbrados a señalar, se agregó un sistema escolar que, en los últimos treinta años, arrinconó la enseñanza de la historia y la diluyó en un montón de preocupaciones que los profesores no pueden resolver satisfactoriamente. Ni conciencia histórica, ni identidad nacional, ni civismo, ni patriotismo, ni solidaridad parecen garantizados por la obligación de integrar en los colegios un apretadísimo programa de ciencias sociales que debe incluir desde educación sexual, pasando por lecciones de convivencia, respeto al medio ambiente, hasta llegar a las normas de circulación y tránsito.

El precario lugar del conocimiento histórico en la enseñanza de las primeras edades de la juventud colombiana tiene un factor adicional de explicación en la brecha que ha habido entre la formación de historiadores en nuestras universidades y la condición de la educación primaria y media. Nuestras universidades, salvo contadas excepciones, no han establecido vínculos orgánicos con escuelas y colegios con el fin de poner en práctica lenguajes y estrategias de persuasión para volver atractivo el discurso histórico. En el mejor de los casos, nuestras universidades han promovido la reproducción del desorden que ha implicado una concepción equívoca de las ciencias sociales trasladada a las aulas escolares. Y ha debido ser al contrario; en las universidades ha debido gestarse una pedagogía que pusiese en entredicho el potpurrí actual y le otorgase relieve a unos cuantos temas fundamentales e insoslayables en un país donde ha sido apremiante construir alternativas al despiadado amor por el lucro, al individualismo extremo, al afán del enriquecimiento rápido. El desprecio del conocimiento histórico, recluido en una débil clase media educada, hace parte de todas esas cosas olvidadas en este país del “sálvese quien pueda”.

He aquí un tema digno para ampliar la agenda de discusión con el gobierno nacional; es un tema relacionado con la calidad de todo el sistema educativo en Colombia y no se reduce al lugar común de hablar de cifras de cobertura y acceso a la educación superior, una expresión muy superficial de tantos errores y carencias acumulados.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Seguidores