miércoles, 11 de abril de 2012

Pintado en la Pared no. 65

UNIVERSIDAD Y FORMACION DOCTORAL

EN COLOMBIA

Una reforma de la educación superior en Colombia pasa por tener en cuenta que vivimos en un país cuya redistribución de la riqueza está signada por una profunda desigualdad; incluso, en ese aspecto ocupamos a nivel mundial un puesto que no produce orgullo. Y el estado de la educación, en todos los niveles, plasma en gran medida esa desigualdad. Cuando discutimos sobre esta reforma a la educación superior lo hacemos excluyendo asuntos prioritarios; es decir, se nos antoja reproducir las reglas de esa desigualdad que provienen, en buena medida, de una sociedad construida en un individualismo exacerbado que aprendió, de manera despiadada, a resolver las carencias, o a intentar resolverlas, por las vías de la iniciativa particular. Si la educación publica primaria es mala, entonces optamos por ir a los colegios privados; si las formas de transporte colectivo en nuestras ciudades son precarias, entonces solucionamos el asunto comprando nuestra moto o nuestro auto; si el Estado no nos garantiza la vida, entonces acudimos a un escuadrón de vigilancia privada, y así un larguísimo etcétera.

Hasta ahora hemos concentrado la discusión acerca de lo que debe ser la educación superior en una concepción de la universidad que la reduce a una institución formadora a nivel de estudios de pregrado; es la versión masificada de la universidad, pero también la más inmediata y aparente. Esa es una idea excluyente de la universidad porque la empobrece como institución, porque le asigna una misión muy débil que la hace equivalente a la de una institución estancada en la reproducción de conocimiento y en que la labor fundamental está concentrada en el ejercicio docente. Por tanto, hay que acudir a una redefinición más ambiciosa de lo que debe ser una universidad en nuestra sociedad para reasignar sus funciones primordiales y para saber hasta dónde debería llegarse en la discusión de un ideal de educación superior en Colombia.

Si hay algo que resolver en una sociedad tan desigual como la nuestra, tiene que ver con la creación de posibilidades institucionales de formar individuos facultados para ser creadores de conocimiento en todas sus variantes y las universidades deberían ser los nichos institucionales que les garanticen, a esos individuos, el acceso a formas de compartir y generar conocimientos que van más allá de una elemental formación de pregrado. En consecuencia, las universidades deberían ser hechas para responder al reto de formar creadores e investigadores y eso debería plasmarse en el cumplimiento de ciclos que integren desde la formación de pregrado hasta llegar a la cúspide de los doctorados. En otras palabras, deberíamos luchar por que las universidades públicas colombianas sean capaces de garantizar que sus estudiantes hagan un tránsito fluido de al menos ocho años que abarque desde la elemental carrera de pregrado hasta la titulación doctoral.

Hasta ahora, las universidades públicas colombianas lo son mientras otorgan una formación de pregrado medianamente accesible a las capas medias de la población y a algunos fragmentos de los sectores populares; pero esas universidades son instituciones privadas y excluyentes que practican criterios netamente gerenciales para administrar carreras a nivel de maestría y doctorado. No hay que ser muy agudos para convencernos, en el balance, de que la formación de posgrado en Colombia es costosa y de mala calidad; un semestre de doctorado en Colombia es cuatro veces más costoso que un año universitario en Francia, por ejemplo. Además de estar vedada económicamente a los mejores estudiantes que egresan de cualquier carrera de pregrado, es una actividad residual con poco acumulado simbólico, con poca tradición y con pocos recursos provenientes del Estado; los profesores que dictan seminarios en doctorados están sobrecargados de actividades docentes en pregrado y no tienen tiempo para dedicarse al liderazgo en temas de investigación. Todo esto determina el escaso atractivo de nuestros pocos doctorados y obliga a nuestros jóvenes a buscar fuera del país una formación doctoral menos costosa y menos mediocre.

Comprometer al sistema universitario con una formación que llegue hasta el nivel de doctorados implica más recursos que permitan la ampliación de las plantas profesorales, de modo que se garantice la existencia de profesores dedicados prioritariamente a la investigación y a la formación doctoral; implica que las universidades estén preparadas, en su infraestructura, para responder a las demandas de la formación de pregrado y posgrado; exige el crecimiento de acervos documentales y bibliográficos; exige rebajar ostensiblemente el costo de las matrículas y, muy importante, exige que la investigación deje de ser una actividad marginal y se convierta en el eje de organización de los currículos y de las prioridades de inversión.

La escasez de doctores en Colombia es un déficit histórico, es una señal de atraso, denota una falta de oportunidades, una exclusión de las posibilidades de ejercer libremente la creación intelectual.

GILBERTO LOAIZA CANO

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