miércoles, 22 de enero de 2014

Pintado en la pared No. 99



Nuestra pobreza religiosa

¿Las religiones hacen que los seres humanos sean mejores seres humanos; los mensajes de los credos religiosos contribuyen a que los seres humanos sean altruistas, a que sus comportamientos en la vida mundana sean proclives al bienestar común? En Colombia, y quizás también en el mundo, las respuestas a esas preguntas no son satisfactorias. Colombia, como ha sucedido con buena parte de América latina, ha conocido una larga historia de dominio religioso católico. La Iglesia católica vino y se quedó desde 1492 y se prolongó por mucho tiempo como el único o principal credo religioso de la población; su relativización ha sido reciente y la pluralidad religiosa vertida en la multiplicación de cultos hace parte del paisaje contemporáneo de nuestra vida pública. Esa pretendida pluralidad de credos, conocida en lenguaje despectivo como “las religiones de garaje”, ha tenido que ver con la decadencia de la institucionalidad católica, por la corrosión del personal eclesiástico, por la alianza sempiterna del catolicismo con el poder político. Ahora bien, tenemos que preguntarnos si esa multiplicación de expresiones religiosas son un suceso democratizador y secularizador.

Democratizador, sí, porque ha partido de una ruptura con antiguas jerarquías y autoridades. El monopolio del contacto con lo divino, el monopolio de la trascendencia fue roto y una gran variedad de individuos entraron en la competencia por sentirse ungidos para difundir un mensaje religioso. El sacerdote católico, antiguo agente de cohesión social, cayó en desgracia y ha sido remplazado por pastores y propagadores de otras formas de práctica religiosa que son, sobre todo, nuevas formas de comunión de una sociedad que necesita estar atada a algún tipo de trascendencia. Hoy podemos afirmar que un ciudadano común y corriente, bien o mal informado, con mínimos o máximos niveles de formación intelectual, tiene múltiples ofertas religiosas para adherirse. Ese ha sido un gran cambio en la sociedad colombiana.

Pero debemos preguntarnos si esa ampliación del mercado religioso ha significado un avance de la sociedad en términos de secularización, en términos de emancipación de los preceptos dominantes de tales o cuales credos religiosos o en términos de la adopción de conceptos y prácticas de origen mundano para entender el mundo, para actuar en la vida cotidiana, para establecer relaciones con los demás seres humanos y con la naturaleza. Yo pienso, sin tener a la mano datos empíricos consolidados, que la multiplicación religiosa en Colombia no ha sido un avance secularizador. En últimas, no ha habido una emancipación de los seres humanos de los preceptos generales del cristianismo difuminado en credos con matices interpretativos de la Biblia. Secularización debería ser, en tiempos contemporáneos, una separación de la matriz cultural cristiana en que las sociedades latinoamericanas han estado atrapadas desde la llegada de los europeos con su cruz en 1492.

Toda religión es una percepción, de muy mala calidad, de lo que son el mundo, la vida, la sociedad y la naturaleza; hace parte de las fantasías colectivas de las comunidades humanas. Fantasías movilizadoras de amores y odios, de identidades y rivalidades. Esas fantasías suelen ser muy atractivas para quienes quieren escribir ficción o para quienes estudian las mentalidades colectivas, las formas inconscientes del comportamiento de una sociedad, sus miedos, sus amores y sus odios. Ante el arraigo de esas percepciones y concepciones religiosas de la vida, muy poco han podido hacer la escuela, la universidad, la ciencia, la filosofía, las ciencias sociales. Y hasta podemos aseverar que ni los mismos científicos han podido sacudirse, en sus vidas privadas, de las fantasías de interpretación provenientes de uno u otro credo religioso.

Las formas de religiosidad contemporáneas son parásitos culturales que se alimentan de la pobreza espiritual de la gente. Se aprovechan del vacío de trascendencia, de la carencia de afectos y solidaridades; le sacan provecho a la desolación de cada ser humano que busca ilusiones y refugios emocionales en algún dogma que le haga sentirse menos solo, menos triste, menos miserable en todo sentido. Mucho de este fenómeno tiene que ver con los pobres niveles de lectura extensiva en la sociedad, con la poca pluralidad de valores en la vida cotidiana, con el escaso influjo persuasor o informativo del conocimiento científico; las religiones se alimentan del analfabetismo generalizado que encuentra en alguna práctica religiosa un lenguaje llano y simple sobre la salvación del alma, la felicidad y el bienestar terrenal. Quienes han tenido el control, en los últimos decenios, del espacio político-religioso, saben muy bien de las carencias culturales de nuestra sociedad y se han beneficiado política y económicamente de esa situación.

Podríamos preguntarles al diverso espacio religioso contemporáneo, a los pastores y profetas que han patrocinado la eclosión de sectas e iglesias, qué contribución han hecho para que en nuestra sociedad haya menos violencia de género, para que haya menos odio a las diferencias de pensamiento político, cómo han formado a sus feligreses en el amor al prójimo. Me atrevo a afirmar que en esas sectas e iglesias ni siquiera les han enseñado a sus feligreses a separar las basuras en la casa, a recogerles la caca a sus mascotas en los parques, a responder normalmente un saludo matutino en la calle. Ninguna de las nuevas religiones, al menos en Colombia, es síntoma cultural de diferenciación, de racionalización y mundanización, como lo exige el recetario de una secularización plena. Al contrario, son reactivaciones de las ilusiones mágicas de una sociedad desesperada que sigue buscando soluciones milagrosas para sus vidas miserables.



Sugerencia de lectura para el tema:
William Mauricio Beltrán, Del monopolio católico a la explosión pentecostal. Pluralización religiosa, secularización y cambio social en Colombia, Universidad Nacional de Colombia, 2013.

   

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