Hoja suelta de opinión del profesor Gilberto Loaiza Cano. Licenciado en Filología, Master en Historia y Doctor en Sociología. Profesor titular del Departamento de Filosofía, Universidad del Valle. Premio Ciencias Sociales y Humanas, Fundación Alejandro Ángel Escobar, 2012. Línea de investigación: Historia intelectual de Colombia.

domingo, 12 de octubre de 2014

Pintado en la Pared No. 111




Prioridades
Hoy es más o menos sencillo para la clase media colombiana salir del país y conocer otros mundos posibles, cercanos o lejanos. Antes, salir de Colombia era un asunto más elitista. La clase política colombiana ha tenido la buena o mala costumbre no solamente de viajar sino de vivir largas temporadas en otros países. Eso, de algún modo, ha nutrido una inevitable visión comparada. Es posible que esa comparación haya servido de acicate para hacer o tratar de hacer algunas cosas que hemos visto funcionar más o menos bien en otros lares. Es posible que la intención de ser modernos, en algún sentido, nos haya animado a promover o a hacer algunos cambios en nuestras vidas. Si seguimos saliendo del país, nos daremos cuenta, eso sí, de que en lugares con tantas o peores dificultades que las nuestras han hecho cosas importantes que son signos de algún grado de bienestar o de capacidad de cohesión colectiva para cumplir con tareas prioritarias para la sociedad.
Miremos el asunto de este modo; mientras en La Habana, con o sin nuestro gusto, dos agentes históricos del poder en Colombia discuten una posible solución negociada a un largo conflicto armado; mientras en el Congreso de la república, los mal llamados “padres de la patria” siguen empantanados en discusiones acerca de quiénes merecen ser reconocidos como víctimas y victimarios de ese largo enfrentamiento entre el Estado y la guerrilla, el país real de todos los días, el país de la vida pueblerina sigue atascado. El suroccidente colombiano es una mezcla de desastre social y natural, las comunidades negras siguen siendo expoliadas como en los tiempos pretéritos de la trata de esclavos. Todavía no existe una vía que comunique fluida y cómodamente a la costa pacífica con la capital del país anclada en el altiplano. Nuestro país alguna vez tuvo tren y tranvía, y de eso sólo quedan algunas ruinas. Casi todas las ciudades principales de Colombia tienen serios problemas en la construcción de sistemas de transporte masivo; la corrupción, la falta de miras, las incapacidades técnicas agobian a las dirigencias políticas regionales.
Quienes hayan dado una vuelta por el vecindario latinoamericano, habrán notado que países con problemas sociales y políticos tan serios como los nuestros, han logrado construir, hace tiempo, formas colectivas de transporte o tienen una infraestructura vial más moderna. En Santiago de Chile, en Caracas, en Buenos Aires, en ciudad de México, en Sao Paulo, en Rio de Janeiro, en Lima. En Colombia, sólo Medellín puede decir que tiene un metro que resultó ser, además, oneroso para la nación. Mientras tanto, Bogotá, la capital, sigue discutiendo de modo bizantino si debe o no construirse un metro o un tranvía o un tren de cercanías o un bus articulado. El sentido común dice que la pobre capital colombiana necesita todo eso junto y que ha debido tener todos esos sistemas de transporte funcionando hace cincuenta o más años.
Ir a otros países de América latina y volver a Colombia debería servir para moralejas despiadadas. Debería servir para darnos cuenta de que hemos tenido una clase política, de izquierda a derecha, muy corrupta y muy incapaz, cuyos mejores esfuerzos los invierte en saquear los recursos públicos y en debates lengüilargos que exacerban odios. También debería servir para percatarnos que, como sociedad, nos hemos dejado aplastar como cucarachas. Una clase política que roba y mata sin freno (insisto, de izquierda a derecha); una sociedad acostumbrada a vivir mal, humillada, incapacitada para la crítica. Colombia necesita sacudirse de un conflicto armado y deshacerse de una clase política corrupta para enderezar su agenda de prioridades. Al menos para ponerse al día en una agenda atrasada desde el siglo XIX.        

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