Pintado en la Pared No. 342

 El campus universitario

 

Una de las grandes riquezas de una universidad pública en cualquier parte del mundo es su campus, su ciudadela, esos terrenos dotados de infraestructura para el personal directivo, para los docentes, los investigadores y los estudiantes. El campus es la mejor metáfora de una polis para ser vivida según unas reglas de convivencia. Vivir el campus es gozarlo con entera libertad y, también, con plena responsabilidad y respeto por lo que significa para todos los que allí vivimos. Un campus universitario está hecho de edificios que sirven para oficinas, laboratorios y aulas de clase; está compuesto de bibliotecas, archivos, museos, auditorios, salas de lectura, salas de música, en fin. Sitios para vivir de modo universitario. La mejor parte de la vida estudiantil se vive en el campus; no es solamente la clase formalmente impartida en unos horarios y salones determinados durante unos lapsos llamados semestres académicos. Una ciudadela universitaria tiene jardines, estadios, coliseos para prácticas deportivas, para actividades lúdicas y, por qué no, hasta eróticas.

Ni los más amigos ni los más enemigos de la vida universitaria han entendido la dimensión existencial de ese hermoso e inolvidable paréntesis de vivir en la universidad durante cinco o más años. Los reformadores universitarios con sus propuestas curriculares se esfuerzan en acortar esa vivencia por razones económicas; suelen repetir la pregunta neoliberal: “¿cuánto le cuesta al Estado un estudiante en una universidad pública?”. Nunca se preguntan cuánto gana la sociedad con los jóvenes viviendo la vida universitaria. Los amigos de izquierda siempre han creído que el campus es un buen lugar de reclutamiento para sus filas, un lugar de entrenamiento para futuros guerrilleros. Los del lado derecho, mientras tanto, consideran la vida en el campus como un peligroso ejercicio cotidiano de una mal aplicada autonomía universitaria. Para ellos, allí debería haber vigilancia y represión policiales.

En lo que llevo de vida en las universidades, como estudiante y profesor, tengo que admitir que nadie ha sabido diseñar y aplicar las reglas de una vida universitaria en nuestras ciudadelas. Hubo alguna vez, sin duda, un ideal de campus al construir aquellas microciudades con residencias y restaurantes universitarios. Hubo una primigenia intención de acoger a estudiantes de muy diversos rincones del país; hubo el propósito de garantizar el acceso a aquellos con menos recursos. También hubo momentos pletóricos de agendas culturales intensas, de un variado menú de actividades que nos permitían decir que era posible y, sobre todo, maravilloso vivir la vida dentro de aquel campus. Quienes alcanzamos a vivir en las residencias estudiantiles de la Universidad Nacional, en Bogotá, al iniciar el decenio 1980, podíamos desayunar, almorzar, cenar, leer, estudiar, conversar, amar y militar en cualquier secta (política o religiosa) viviendo en la ciudadela universitaria. Pasábamos meses sin salir siquiera a los barrios aledaños de la universidad porque era innecesario. Todo eso era parte de la formación estudiantil. Podíamos escoger entre la enorme variedad de cineclubes, de conciertos y conferencias para los públicos más disímiles.  

Hoy, las universidades públicas nuestras (no hablo de la muy particular disposición del espacio en las universidades privadas) se desploman sobre nuestras cabezas; con mucho esfuerzo, la Universidad Nacional ha logrado construir nuevos edificios y dotarlos adecuadamente; ha recuperado el auditorio León de Greiff para que siga siendo la principal sede de las expresiones artísticas de la capital de Colombia. Otra vez puede irse cada sábado a ese lugar a escuchar los conciertos gratuitos. Sin embargo, en nuestra Universidad del Valle no puede hablarse ahora de grandes hitos arquitectónicos ni de lugares emblemáticos de encuentro colectivo. Mucho menos de una oferta simbólica generosa. Ni las direcciones universitarias, ni los grupos políticos, ni los partidos universitarios, ni los estudiantes y profesores en general nos hemos preocupado últimamente por hacer crecer el mercado cultural. Crecen otros mercados, otros negocios que nada tienen que ver con vivir la vida como estudiantes y profesores que leemos, escribimos, pensamos y conversamos. Esos últimos verbos se han ido volviendo exóticos, por no decir marginales, y eso es un pésimo indicio del camino que ha ido tomando nuestra Universidad del Valle.

Es posible que estemos experimentando un punto de quiebre de la institución universitaria en el mundo; un declive inevitable del modo de vivir la vida en las universidades. Paranoias y agendas ideológicas muy particulares han ido pulverizando nuestra ciudadela. Ya no es fácil caminar por sitios que parecían apacibles, tampoco es fácil sentarse a conversar con alguien y hasta oigo la recomendación de evitar hacerlo. Muy exiguamente, el limitado y cada vez más incierto momento de una clase impartida es la única oportunidad para intercambiar algunas ideas acerca de algo y eso depende de un personal estudiantil que cada vez lee menos, piensa menos y crea menos. Y las relaciones entre colegas también se deterioran fundadas en la desconfianza o en un régimen de rivalidades que conduce rápidamente a oficinas de control disciplinario o a la fiscalía.

No sé si estamos a tiempo de un auto examen y de una reconstitución de la vida en nuestra polis o, definitivamente, haremos parte de la última o las últimas generaciones que podremos decir que, alguna vez, fuimos miembros de una comunidad reunida en un campus universitario. 

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