Pintado en la Pared No. 341
José María Vargas Vila, Prosas laudes (1907)
Prosas laudes puede ser el primer libro de Vargas Vila dedicado
exclusivamente a la reflexión estética. Incluso puede ser algo más que eso, es
la revelación de sus ideas de ruptura con la tradición en torno a la creación
artística. Especialmente la primera parte de su libro -antes de iniciar sus
ejercicios de crítica literaria dedicados a un grupo específico de autores- está
consagrada a exponer unos postulados que abren la puerta de reflexiones que
hará en obras posteriores. Por tanto, para entender el universo estético de
este escritor parece indispensable comenzar por este libro de 1907.
Antes de concentrarnos en lo que postula, detengámonos en la forma de su
escritura que, por sí sola, ya nos advierte algo. Su prosa sugiere un nuevo
lenguaje y parece una manera de poner en aplicación su credo estético. Vargas
Vila presenta un estilo que corresponde con aquello que reivindica. En su
época, los adversarios juzgaron su estilo como algo decadente o deforme;
juzgaron que allí había defectos, incorrecciones, maltrato de las normas de la
lengua. Otros, más recientemente, sugieren que hay unas elecciones estilísticas
bien fundamentadas, una apuesta por la “escritura fragmentada”, ruptura con las
reglas de puntuación. Aún más, hay “mutilaciones de la sintaxis”. Todo aquello que
dicen de su escritura concuerda al menos en algo: es una forma de escritura que
no pasa inadvertida; se separa de lo tradicional, de lo acostumbrado y de lo
reconocidamente correcto. Vargas Vila no se apegó al dictado de las normas. Puede
parecernos una escritura descoyuntada, con signos de puntuación atravesados en
lugares inesperados; sin embargo, no es una escritura improvisada. Todo lo
contrario, creemos que es el resultado de una meditada elección de la forma.
Y si es así, qué ha elegido el escritor. Ha elegido desafiar el canon que
separa la poesía de la prosa. La frase no parece simple frase de un párrafo; el
párrafo no parece un párrafo. Vargas Vila parece inclinarse por un híbrido entre
la poesía y la prosa; entre el verso y la frase. Ha intentado poetizar la
prosa. Aquellas comas atravesadas implican un ritmo, unas pausas que pueden
resultar enfáticas. Por tanto, explora una música o al menos una atmósfera que
haga corresponder aquello que quiere decir con el tono en que quiere
expresarlo. Versificación y, claro, fragmentación del párrafo. El inicio de sus
Prosas laudes parece un canto que le
da mayor sentido a su exhortación:
“Reproduce tu
corazón;
Pinta tu
corazón;
Vuelto hacia
el lado del alba canta tu corazón…
En el gesto
negro de la angustia di las cosas de
Tu corazón…”
No me atrevo a dictaminar un simple juego tipográfico. Estoy de acuerdo,
más bien, con la búsqueda de una sonoridad; una intencionada repetición de palabras,
una intencionada repartición de las frases hasta dejarnos con un mensaje dicho
en forma de poema. Algo semejante podemos decir de su elección del punto y coma
y de los puntos suspensivos. Todo su texto tiene esta disposición escrituraria
que nos va entregando frases sentenciosas, afirmaciones categóricas y breves.
Vargas Vila estaba mostrándonos una forma de argumentar, de presentar unas
tesis fundamentales de su credo estético en que el párrafo convencional ha sido
disuelto. Una ambigüedad meditada en la forma para afirmar un pensamiento
grueso en el plano estético. Vargas Vila nos ha ido mostrando aquí el camino de
la escritura aforística. Sentencioso, breve, contundente. La mezcla de poesía y
prosa de nuestro escritor es un signo de liberación de las ataduras
gramaticales, de las pesadas convenciones de la escritura ensayística del siglo
XIX. Dicho esto, concentrémonos en los principales postulados de aquel libro de
1907.
Aferrados al orden de su exposición, considero que estos son los principales
postulados de su pensamiento estético en aquel entonces. Primero, Vargas Vila
reivindica el sentimiento y la subjetividad como principio creador; la razón y
la supuesta realidad objetiva han dejado de ser el fundamento de la actividad
creadora en el arte. Luego tenemos una definición y exaltación de la
superioridad del artista y, en particular, del poeta. Esa superioridad parte de
la comprensión de su actividad creadora como la prolongación de su subjetividad.
Enseguida defiende la libertad creadora del artista; lo considera emancipado de
instituciones y convenciones que juzguen moralmente sus creaciones. Por último,
y casi como corolario, sitúa a este tipo de arte y de artista en la órbita de
una “liberación filosófica”, en una renovación de los contenidos y de las
formas en literatura. El artista original participa de una rebelión o, mejor,
de una revolución que el propio Vargas Vila ha venido percibiendo en la última
década. Examinemos, ahora, con mayor detalle cada uno de esos postulados.
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