lunes, 2 de marzo de 2015

Pintado en la pared No. 119-Reseña de: Los años sesenta. Una revolución en la cultura.



Los años sesenta. Una revolución en la cultura. Álvaro Tirado Mejía. Penguin Random House, Bogotá, 2014, 395 pags.
Por: Juan Guillermo Gómez García
(última parte)

Lo que experimentó Colombia en esas décadas –la reducción a la década del sesenta es inaceptable- fue un proceso complejo de modernización periférica, acelerado y profundo que comprometió una imagen del mismo desarrollo económico social en confrontación irresoluble. Esa irracionalidad dogmática de los términos va de Hernando Agudelo Villa, como portavoz de la Alianza para el Progreso (fue llamado como uno de los “nueve sabios” del continente), a las soluciones últimas de Camilo Torres, heredero de una mezcla de estalinismos (maoísmo y castrismo), de Lovaina y teología de la revolución. Estas visiones encontradas, y que se repelen mutuamente, solapan las transformaciones en el orden demográfico, la natalidad, la educación, la estratificación social, las relaciones internacionales; y, sobre todo, solapan y oscurecen las condiciones institucionales-intelectuales para que esas imágenes del mundo en cambio acelerado pudieran definirse convenientemente.
En ese mundo convulsionado, que va del decenio 1950 al de 1970, se inicia políticamente con la muerte de Gaitán y socialmente con la masiva migración del campo a la ciudad; todo esto aparece en el libro de Tirado Mejía como capítulos apartados, sin articulación argumental. El autor no nota los desvaríos, no pone una cosa al lado de la otra, las hace rechinar.  Todo quedó a medio hacer en esas décadas decisivas del siglo XX, y Tirado Mejía no da respuesta a la deshilvanada inconsistencia de los factores fundamentales que se involucran.
(…)
Los esfuerzos exitosos de los gobiernos del Frente Nacional por reducir las tasas desbordadas de crecimiento de la población, contra las críticas de la Iglesia católica y de los grupos de izquierda marxista-leninista, se presentan en Tirado Mejía deslindados de los esfuerzos de estos gobiernos, también amparados por agencias norteamericanas, por modernizar los estudios universitarios. Tirado Mejía no relaciona íntimamente las directrices del control de la natalidad con los postulados de Rudolph Atcon. Pero ellos se corresponden, así el autor omita la relación. No solo la política de reducción de la natalidad del 3,2% anual es trazada por la Asociación Panamericana de Población, acogida por Alberto Lleras y llevada a la práctica por su ministro de salud Antonio Ordoñez Plaja y por la Asociación Colombiana de Facultades de Medicina. También los “Estudios generales”, trazados por Atcon, son acogidos con comparable entusiasmo por los rectores Mario Laserna (hacendado conservador tolimense fundador de la Universidad de los Andes) y Félix Patiño, en la Universidad Nacional, o Jaime Sanín Echeverri (autor de Una mujer en cuatro en conducta y fundador de la Universidad de la Sabana del Opus Dei) e Ignacio Vélez Escobar, en la Universidad de Antioquia (olvida Tirado Mejía al empresario, ferviente mariano y biógrafo de Isaacs, Mario Carvajal, quien cumplió comparativa tarea en la Universidad del Valle).
Las dos políticas gubernamentales responden de forma estrecha a otra exigencia de más largo plazo (algo no insinuado por Tirado Mejía), a saber: corresponden a un mismo modelo del desarrollo económico y cambio social de cuño modernizador. Las políticas de control de la natalidad y la adopción de los “Estudios generales” de Atcon responden, pues, al modelo implícito de las condiciones social-culturales del desarrollo económico. Este modelo procede de una mezcla hábil de weberianismo y funcionalismo de corte parsoniano. Este modelo exige cambios esenciales en tres valores culturales, con que se asocia la modernización occidental. El primero tiene que ver con la acción social. El paso de acciones prescriptivas o tradicionales a acciones deliberativas o de elección, es decir, la libertad del sujeto por decidir en su destino social se vuelve prioritaria. El segundo, con la institucionalización de ese cambio. Eso significa que hay instituciones sociales que revierten o deben revertir los valores tradicionales y fomentan la modernización, el marco institucional para que opere la libre elección y desarrollo satisfactorio de personalidad. El tercero tiene que ver con la naturaleza de esas instituciones para la modernización, cuya dinámica debe propender por la especialidad y el control creciente de la diferenciación de los roles sociales.
Se entiende, así, que cuando los gobiernos del Frente Nacional precisan controlar el crecimiento de la población, reduciendo la familia, es decir, cambiando el paradigma cultural tradicional, de la familia extensa a la familia nuclear burguesa, se atiende no a un mandato humanitario (que los pobres no se mueran de hambre, que es algo que poco importa), sino a un modelo de occidentalización para el desarrollo económico capitalista. Esta es una revolución cultural inducida, de un modo institucional (que recuerda el despotismo ilustrado: “todo para el pueblo, pero todo sin el pueblo”). La familia extensa, que es, con la religión católica y los partidos políticos, la base de la tradición cultural, sufre así una transformación estructural; está la “revolución en la cultura”. No es el rock el que la propicia propiamente, sino más bien el cambio estructural de la familia que habilita el conflicto generacional, que toma el rock como la expresión más visible y llamativa del cambio de valores de lo tradicional hacendario o patriarcal a lo utópico de un mundo por construir.
No comparto, por lo demás, la impresión de Tirado Mejía que los movimientos estudiantiles fue estéril en la formulación de una nueva universidad, porque al haberse volcado a los barrios periféricos, hacían vivo el postulado de la extensión universitaria  que tenía otra raíz histórica-cultural. Provenía del Movimiento de Córdoba de 1918. El sectarismo marxista-leninista fue una epidemia dogmática, otra cara de la “revolución en la cultura” que cabe discutir a fondo. Ese sectarismo marxista-leninista dominó el movimiento estudiantil, el sindical (del que no hay en este libro mayor consideración), el guerrillero, el campesino… y que no ha podido romper el nudo gordiano de su cartilla (como lo revela el lenguaje del senador Jorge Robledo).
El libro de Tirado Mejía carece de una teoría o una versión, así sea esquemática, pero explícita, del cambio o transición social que pretende revisar. Sin esa teoría u ordenamiento básico de los componentes en juego, los elementos analizados resultan confusamente entremezclados. No logra el lector sacar provecho de ellos y disponerlos ordenadamente para establecer qué fue primero, si el grito valenciano o las FARC, o fue simultáneo, o uno era el tambor mayor y el otro el flautista de la comparsa. Porque al gritar Valencia “¡Viva España!”, lo que quería decir era “¡Mueran las FARC”, vale decir, él encarnaba una versión de la Regeneración financiada por la administración Kennedy.
La transición social del campo a  la ciudad, o de una sociedad predominantemente rural a una sociedad predominantemente urbana, por esquemático que se considere, implica un cambio de valoraciones culturales. La vida rural o el mundo tradicional acuñado por la hacienda, o en general por los valores de dominio tradicional, consolidaron valores culturales de ese tipo (…) La rápida transición social o la acelerada, traumática e irreversible de la masificación urbana, que en Colombia se produce entre las décadas del cincuenta al setenta, constituyen una unidad periódica o un periodo de análisis histórico. Una década no es, por sí misma, repetimos, una unidad de análisis histórico, por más que en ellas se den cita miles y miles de acontecimientos, eventos y figuras de gran interés. Una década de 1960 a 1970 es solo una línea temporal o cronológica que no constituye un corte temporal justificado por sí mismo.  
El proceso de transición social que la envuelve -que cubre más bien tres décadas-, por el contrario, forma esa unidad de análisis histórico-social. En estas tres décadas (1950, 1960 y 1970) se da un vuelco en la composición social del país; el país deja de ser rural para ser un país urbano. Esto no implica solo un desplazamiento geográfico. La descomposición del antiguo régimen rural, acuñado por el sistema de dominio colonial, fue el decisivo. Durante más de tres siglos, este mundo había gravitado sobre la vida del colombiano, y el mundo rural, el mundo de la hacienda, el mundo del patrón de su cultura tradicional, patriarcal, predominantemente católica, en una palabra, su sistema de mundo prescriptivo, se estremece bajo el impacto de las convulsivas y violentas trasformaciones que se suceden en todos los órdenes de la vida.

(…)

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