viernes, 20 de marzo de 2015

Pintado en la pared No. 120-Nuestro conocimiento, nuestro liderazgo


¿Qué hacemos ante Colciencias y los pocos incentivos a la investigación y creación en las ciencias sociales y humanas en Colombia? Creo que en Colombia no hemos asumido con la debida seriedad la discusión acerca de la importancia, o no, de participar en las frecuentes y erráticas convocatorias de evaluación y medición a las que nos ha sometido Colciencias; y me refiero en particular a lo que nos concierne a quienes estamos situados en la franja de las humanidades y de las ciencias humanas y sociales. Ya debería existir nuestro propio balance o al menos una discusión más intensa (y extensa) sobre las implicaciones de una adhesión o de un rechazo a lo que esa institución intenta hacer a expensas del esfuerzo, la paciencia y hasta las necesidades de una comunidad científica muy diversa y que posee una rica tradición en la construcción de formas de conocimiento de los muy complejos  aspectos de la sociedad colombiana.

Varias razones hacen pensar que esa participación en esta seguidilla de convocatorias ha sido más perjudicial que benéfica para la construcción de una necesaria confianza entre la comunidad de investigadores y una entidad que debería ser la genuina representante de las necesidades de esa comunidad y no simplemente la constante molestia institucional que interrumpe nuestras prioridades; una tecnocracia atravesada que, en vez de servir, nos estorba.

Empiezo por preguntarles a mis colegas miembros de otros grupos si podemos considerar como un logro o un fracaso obtener alguna clasificación en el arbitrario y poco consolidado sistema de evaluación que Colciencias intenta afinar a costillas nuestras. Es fácil demostrar que lograr la categoría A o hundirse en el sótano con la categoría D (o desaparecer de los listados) no se debe, en muchísimos casos, a la trayectoria o a la calidad investigativa de los grupos. Algo semejante puede decirse para la asignación de categorías individuales a los investigadores. Muchas veces, la máxima nota es el resultado de la habilidad para obtener e ingresar información en la áspera base de datos que se ha vuelto en la más trascendental tarea de todos nosotros; algo que tiene poca relación, insisto, con lo que es en realidad la historia investigativa de muchos grupos y colegas en el país. Y, también, muchas veces el descenso en el intrincado escalafón es el resultado de asuntos baladíes como oprimir la tecla equivocada o no tener a la mano certificados que las universidades no otorgan fácilmente.

Pero creo que hay implicaciones más peligrosas cuando aceptamos, de buena o mala gana, someternos a la reglamentación de Colciencias. Tanto en las convocatorias de medición de grupos como de evaluación de las publicaciones especializadas hemos caído en la trampa de aceptar unos cánones de escritura, de encierro en unos formatos de difusión de las ciencias humanas que no concuerdan con lo que ha sido la constitución de las ciencias sociales y humanas como un campo autónomo de producción de conocimiento con sus propias autoridades, sus propias reglas, sus propios procedimientos. La simple aceptación de determinadas formas de presentar una referencia bibliográfica; la importancia concedida a los artículos en revistas especializadas en desmedro del libro de un solo autor o del libro colectivo es una bofetada a lo que ha sido hasta ahora la forma predilecta, y necesaria, de producción y difusión de las ciencias sociales y humanas.

Está en juego la autonomía institucional de las ciencias sociales y humanas cuando nuestra producción de conocimiento no está sometida a convenciones, valores, reglas inherentes a los universos disciplinares. En las convocatorias de medición de Colciencias no se aplican los criterios construidos por nuestras propias disciplinas; no intervienen sus autoridades ni sus formas de examen acerca de lo que puede considerarse original, nuevo, pertinente, o acerca de quién puede considerarse un investigador en formación o un investigador consolidado. Tampoco han definido, con base en nuestras experiencias, qué puede considerarse como una nota a pie de página suficientemente exhaustiva o la citación precisa de una autoridad académica con la que se dialoga. Esa enajenación en la evaluación de nuestras prácticas cotidianas, en la producción y difusión de conocimiento, me parece la pérdida más terrible y peligrosa.  

¿Qué solución puede tener esto? Sin duda, crear un organismo propio de evaluación y estímulo de la investigación en las humanidades, ciencias humanas y sociales. Difícil, sí, pero necesario. Hay que empezar por reunirse, conversar y ponernos de acuerdo. Asumir el liderazgo de nosotros mismos.

  







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