viernes, 18 de marzo de 2016

Pintado en la Pared No. 137-El Estado del post-acuerdo en Colombia


El proceso de paz en Colombia, no importa si su desenlace será feliz o desgraciado, puso de moda hablar sobre el Estado. Cuando ciudadanos y académicos tratamos de imaginar el futuro inmediato, vemos en toda su desnudez nuestro raquítico Estado; es decir, se pone en evidencia que uno de los factores que han provocado múltiples conflictos en Colombia es la debilidad histórica de nuestro Estado. La historia de un Estado precario es mucho más larga que el conflicto con las guerrillas; es decir, el Estado es un problema longevo que ha sido, sin duda, uno de los factores que explican el origen de diversas organizaciones armadas que le han disputado soberanía territorial. Y al mismo tiempo que es un factor explicativo también es, en perspectiva, uno de los retos que la sociedad colombiana tiene que afrontar. ¿Qué tanto Estado tenemos para garantizar el cumplimiento de lo acordado en La Habana? ¿El Estado colombiano estará en capacidad de imponer el monopolio legal de la fuerza y, además, de erigirse en el aparato regulador del proceso reorganizativo del país?

Pensar el Estado en este momento de transición y de incertidumbre es una exigencia intelectual impuesta, en muy buena medida, por las circunstancias nuevas y por tanto desconocidas en que vamos a vivir en Colombia. Acostumbrados a diagnosticar acerca de nuestra larga violencia nos queda muy difícil imaginar o preveer cómo será un futuro con un movimiento guerrillero desactivado. Precisamente, la desactivación y reconversión de una vieja guerrilla es uno de los desafíos de la negociación en La Habana y del Estado colombiano. ¿Cómo comprobar la entrega de las armas? ¿Cómo reinsertar en la vida civil a individuos acostumbrados a la vida militar? ¿Cómo evitar que la militancia de la guerrilla se difumine en bandas criminales o adhiera a otros movimientos guerrilleros?

Uno de los grandes temores es que la violencia, antes orientada por rótulos más o menos precisos, se difumine y se vuelva difusa. Eso entraña poner en duda, otra vez, la capacidad coercitiva de nuestro Estado. Aunque es cierto que hoy la fuerza pública es mucho más fuerte y mejor dotada, sigue siendo incapaz de ejercer control en las zonas limítrofes con países vecinos y en varias regiones no ha podido contener la formación de bandas criminales.

A esa debilidad de las fuerzas armadas del Estado hay que agregar la dificultad para erigir un aparato burocrático racional y moderno. El sistema de justicia, el personal diplomático, el servicio civil no son estructuras del Estado construidas según requerimientos técnicos y el reclutamiento de personal no está basado en los méritos. Esos cargos están corroídos por el clientelismo y formas de acceso y ascenso fraudulentos que atentan contra el funcionamiento eficaz del Estado.

Los poderes locales tienen en muchos lugares de Colombia una lógica mafiosa de distribución (eso incluye a varias universidades públicas) y eso dificulta que haya un Estado simbólica y materialmente fuerte, garantía de cohesión en torno a postulados organizativos en el control de recursos públicos. Los tiempos inciertos y tensos del post-acuerdo imponen el reto de la reconstrucción estatal que incluye todas las esferas de su funcionamiento.

Vamos hacia una encrucijada. La paz por venir no es un paisaje apacible; al contrario, entraña un reto enorme: rehacer el Estado para que pueda ser un aparato que convoque y lidere una reconstrucción de la nación. Estamos acostumbrados a vivir en un mal Estado; una estructura que funciona mal, que administra mal, que no produce confianza en la ciudadanía. Pensar en un nuevo  Estado es, ahora, un reto intelectual colectivo. Por eso un grupo de investigación de la Universidad del Valle ha optado por su estudio sistemático e iniciar una reconstrucción histórica en múltiples sentidos. El seminario permanente que comenzará el 30 de marzo es la primera puntada de un enjundioso proceso de estudio colectivo. 
   



  

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