martes, 27 de septiembre de 2016

Pintado en la pared No. 147

Bienvenida la incertidumbre

En examen muy lúcido, el profesor de Filosofía de la Universidad del Valle, Delfín Grueso, dice que el acuerdo entre el gobierno Santos y las Farc-Ep fue el triunfo de la política. La letra menuda e ilegible de ese acuerdo es, ahora, lo menos importante. Lo importante es que dos enemigos largamente confrontados hayan acordado el fin del conflicto, la dejación de las armas y la entrada en una nueva etapa de la vida pública. Es cierto, será una etapa incierta, imprevisible, llena de novedosas tensiones, pero basada en la rara apuesta de hacer uso de las formas persuasivas de la política, con sus bondades y perversiones.
No ganó el gobierno, no ganó el Estado, no ganó la guerrilla, todos negociaron y concedieron algo para darle fin a un largo conflicto que ha dejado tanta muerte, tanta herida, tanto dolor. Nadie quedó completamente satisfecho, nadie ganó ni perdió del todo; aunque creo que la guerrilla fue la vencida. Viéndolo bien, su proyecto revolucionario estuvo basado en el dogma de la lucha armada como la forma superior de lucha, así que entregar las armas y tratar de adaptarse a la vida civil y a las prácticas de la democracia representativa me parece una gran claudicación.
Vamos a comenzar a vivir tiempos de transición; a los historiadores nos encanta narrar esos momentos. Pero esta vez, en vez de narrarlos, vamos a vivirlos. Son tiempos de mezclas, de mutaciones, de cosas inesperadas. Vamos a empezar a vivir la continuidad política de la guerra o, como dijo Michel Foucault, tenemos que dedicarnos a “descifrar la guerra” que habrá debajo de la paz. El escepticismo puede ser, en adelante, el mejor antídoto de cualquier desastre. No hay que ilusionarse con el porvenir, pero tampoco creer que se avecinan tiempos peores. Una cosa es cierta, un grupo armado se desmoviliza y eso es un alivio para muchas gentes de Colombia, pero muchos conflictos perviven y se agudizarán. No hay paraíso a la vuelta de la esquina, y menos una revolución como las que soñamos en nuestras militancias despreciadas.
Por ejemplo, las carencias estructurales del Estado colombiano quedarán al desnudo. Quizás se haga notorio, entonces, que la reconstrucción estatal sea una de las tareas prioritarias. En la búsqueda de las causas del conflicto armado colombiano, la condición históricamente precaria del Estado se ha impuesto como uno de los factores más evidentes. Desaparecida la excusa de la guerra contra un enemigo interno, queda expuesto el Estado colombiano con todas sus miserias: su escasa majestad, su limitado poder simbólico, su débil capacidad para servir de árbitro ante la sociedad, su carencia de proyectos a largo plazo, su dificultad para garantizar la soberanía territorial. No es la repetida idea del Estado fallido, porque algo se ha construido, porque algo hemos podido ser gracias a instituciones como las universidades públicas; se trata de una labor reconstructiva que no sabemos aún ni cómo ni quiénes podrán realizarla. Un Estado que haga cambiar la sociedad, pero también una sociedad que pueda cambiar el Estado.

Como lo supo decir el profesor Grueso, el acuerdo de La Habana pone término a algo y le da inicio a otra cosa. Sabemos más o menos bien qué terminó, la lección ha sido despiadada, como en los lúgubres relatos de Kafka; pero no sabemos mucho acerca de lo que vendrá. Entre todos haremos algo que no le gustará a nadie; esa es la bendita historia política de cualquier lugar del mundo.

2 comentarios:

  1. Muy buen enfoque profe aunque difiero en algo con la claudicación de las Farc

    ResponderEliminar
  2. Desgraciadamente premonitorio el título de la entrada.

    ResponderEliminar

Seguidores