viernes, 8 de octubre de 2010

Pintado en la Pared no.39 (bis) - Mamotreto biográfico de político conservador

Parte final de la reseña del libro de César Augusto Ayala Diago, El porvenir del pasado: Gilberto Alzate Avendaño, sensibilidad leoparda y democracia. La derecha colombiana de los años treinta. Bogotá, Fundación Gilberto Alzate Avendaño-Gobernación de Caldas-Universidad Nacional de Colombia, 2007, 559 pags.
Por: Gilberto Loaiza Cano.
PARTE FINAL
Este libro de Ayala Diago y otro también reciente de Ricardo Arias han puesto a circular una postergada historiografía del conservatismo en Colombia. Ese esfuerzo ha implicado ponernos a pensar cómo una ideología fundada en la tradición y el pasado intentó adaptarse a procesos modernos; cómo una ideología autoritaria, surgida de un ideal de sociedad jerarquizada, podía y debía pensar en los retos de la sociedad moderna de masas, de una sociedad que se urbanizaba y que de algún modo escapaba de la sempiterna influencia de la Iglesia católica. ¿Cómo sincronizar el reloj del pasado con una revaluación de la idea de democracia que no podía ser la misma del liberalismo ni la del socialismo? ¿Cómo actualizar el conservatismo y cómo convertirlo, además, en ideología del porvenir? Creo que esta obra se ha concentrado en describirnos minuciosamente de qué se nutrió la juventud conservadora que nació con el siglo veinte para competir con el inquietante comunismo y con el cada vez más consolidado liberalismo.

Ayala Diago comparte con otros autores en América latina el uso, no bien anunciado, de la palabra sensibilidad cuyos antecedentes más genuinos parecen hallarse en la obra de José Luis Romero. Vaya uno a saber qué otros antecedentes sibilinos amparan estas modas en la terminología; el caso es que puede haber mayor deuda con la historiografía argentina; por ejemplo, Ricardo Pasolini acaba de publicar en Argentina un libro acerca la cultura antifascista en ese país y en el comienzo del título de su obra dice El nacimiento de una sensibilidad política. En nuestro autor se va entendiendo, a medida que desbrozamos los densos párrafos, que la sensibilidad leoparda era una particular percepción del ejercicio de la política, una particular percepción del sentido de la democracia, una particular auto-representación pública de un grupo muy caracterizado de hombres de la vida intelectual y política colombiana. Pero esa sensibilidad de los denominados Leopardos fue, en buena medida, el modo de sentir, de vivir la política (no estamos lejos de entender el ejercicio de la política como una virtud o como una pasión) de quienes en su proceso de formación intelectual se enfrentaron a problemas afines y coincidieron en la manera de afrontarlos. En todo caso, la palabra sensibilidad no deja de ser arriesgada, a no ser que se trate de admitir que nuestra vida pública ha estado regida por el desorden de los afectos y pasiones, que nuestros líderes se han dejado arrastrar más por sentimientos que por razones. En ese sentido, la palabra puede ser muy exacta.

A pesar de lo intimidante y frondoso, el libro de Ayala Diago es apasionante. Creo que sale bien librado, en términos generales, en la reconstrucción de un proceso de transición de la cultura política colombiana. El historiador nos ha ofrecido un vasto panorama de la evolución en el ejercicio de la política en Colombia; el establecimiento de nuevos paradigmas ideológicos, entre ellos principalmente el fascismo y el socialismo. La complejidad y la intensidad de la vida pública que acaparó la vida cotidiana de las gentes. Los ritos o rituales –los términos no están bien discernidos en esta obra- de exhibición del conservatismo guardan una similitud con las costumbres cívicas y demostrativas del catolicismo ultramontano de la segunda mitad del diecinueve. Aunque Ayala ignore o desestime eso, su libro tiene la virtud de mostrarnos cómo los hombres de la política fueron apelando a otras formas, digamos modernas, de persuasión política; otras formas de representarse y exhibirse que tenían que sincronizar con las innovaciones tecnológicas. El político de sensibilidad leoparda compartía con los de otras sensibilidades de la época su apego a la palabra, su afán por construir un edificio retórico. Todos ellos habían estudiado en sus años de colegiales retórica argumentativa y habían recibido lecciones de lógica y gramática. La escritura diaria de la política, cuyo escenario básico fue el periódico, fue una de las principales ocupaciones y preocupaciones de quienes eran, al fin y al cabo, herederos de los políticos letrados del siglo precedente.

El autor acierta a medias cuando advierte que una de las preocupaciones fundamentales de los jóvenes políticos que nacieron con el siglo veinte fue la búsqueda de un héroe, de un líder, de un guía, de un apóstol. Esa fue una obsesión que invadió de manera indistinta a la juventud liberal y conservadora; fue algo así como la enunciación del trauma de una generación escéptica y huérfana de ideales que, tratando de hallar una utopía, apelaba a la búsqueda de un ideal político y religioso de alguien que pudiera ser el hombre que los sacara de la incertidumbre, del vacío de ideales que los distinguió en una etapa juvenil de sus vidas. Los liberales parece que hallaron el hombre portador del carisma aglutinador de una multitud pluriclasista en Jorge Eliécer Gaitan. La parábola conservadora parece, en contraste, más complicada. La perplejidad de la derrota y el afán de exhibición política de los nuevos oficiantes del conservatismo hicieron muy difícil la aparición de un líder incontrovertible. Además, era una generación que se encontró al frente con la literal monstruosidad de Laureano Gómez. Pero, en fin, el mesianismo, elemento religioso en esencia, estuvo presente en la voluntad movilizadora de los políticos leopardos. Mis dudas al respecto tienen que ver con la influencia que le adjudica al pensamiento reaccionario de Carl Schmitt; pienso que con o sin él, la generación leoparda participaba de un malestar general de la cultura (no es gratuito este parafraseo de una obra de Freud) que sólo podía encontrar solución en la figura de un guía. A esto lo llamaría el joven y lúcido Luis Tejada, “derrumbe de los altares”; Emilio Durkheim lo denominaría “crisis de la conciencia religiosa” que, en Europa, tuvo un sello más finisecular.

El historiador Ayala Diago nos ha mostrado cómo la política colombiana tuvo trascendencia desde la provincia; desde una ciudad incipiente y a la vez enigmática como Manizales. Sin embargo, el autor nos debe una explicación que nos permita entender qué hubo en esa ciudad en la primera mitad del siglo XX para que le diera origen a una pléyade de líderes políticos con figuración nacional. Bastión católico, prolongación del ultramontanismo antioqueño; una ciudad producto de una colonización reciente cuya élite se obsesionó por inventar una tradición. ¿Qué pudo haber, me pregunto, de afín entre el ascenso de la burguesía cafetera y la consolidación de una élite del pensamiento y la acción fascistas en Colombia? Creo que la reconstrucción de la biografía de Alzate Avendaño es buen pretexto para ocuparse de estos interrogantes. Hay otras deudas visibles en esta incursión en el género biográfico; nos preguntamos por qué el autor no se detuvo en recrearnos los antecedentes familiares de Alzate Avendaño, por qué despreció el peso de la tradición política de la familia, de los vínculos de sus padres con tal o cual tendencia política y, en últimas, con tal o cual cultura política que estaba indefectiblemente atada al siglo XIX. Alzate Avendaño -ni nadie- no puede salir de la nada, sale de una cultura política, la prolonga o la transgrede. Esa ausencia es deplorable en esta parte de su obra. Es posible que Ayala Diago sólo haya querido concentrarse en la biografía de un hombre público, arrancado de cualquier determinación proveniente de su esfera privada, pero aun así no deja de ser una omisión difícil de entender. También flotan entre la ambigüedad y la contradicción afirmaciones como el supuesto afrancesamiento intelectual de los leopardos, pero que el mismo autor desvirtúa con el ejemplo de la influencia de la obra del filósofo español José Ortega y Gasset.

Estamos ante innovaciones y propuestas de la escritura de la historia que no pueden pasar inadvertidas en la evolución de una disciplina cuya profesionalización en Colombia es desigual. Esta solitaria aventura colosal contrasta con las propensiones minimalistas de lo que podemos llamar la investigación histórica en Colombia hoy en día. Estamos ante una forma de historia total, totalizante -en el mejor sentido braudeliano- en el universo de la política. Esta biografía es un signo de varias rupturas y tiene mucho de innovador tanto en la evolución individual de un historiador como en lo que conocemos hasta ahora como ejercicio general de la escritura de la historia – y sobre todo de la historia política- en Colombia. Ya decíamos que en este caso el historiador ha abandonado su concentración excesiva y obsesiva en los movimientos de oposición del Frente Nacional, materia de sus tres libros previos. Aquí se ha dedicado a reconstruir, mediante el seguimiento de la vida de un político, el funcionamiento, la geografía política e intelectual de la derecha colombiana y, quizás más, nos ha ido reconstruyendo una historia de la cultura política colombiana de la primera mitad del siglo veinte. Estaríamos, como lo hizo Marcel Proust de manera memorable en la novela, ante una catedral en construcción. No olvidemos que se trata de una trilogía anunciada, algo que también es ruptura con la costumbre; si, no es costumbre escribir trilogías –menos de carácter biográfico- ni anunciarlas sin haberlas escrito. Arriesgada apuesta por parte del autor. Como toda innovación o ruptura, habrá un amplio margen para la polémica, para la incomprensión e incluso para el desprecio. En la trayectoria del historiador Ayala Diago nada de eso le ha sido ajeno.

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