domingo, 27 de febrero de 2011

Pintado en la Pared No. 48-Saber de archivo


Por: Humberto Quiceno C.

Profesor del IEP- Univalle

Partamos de la noción de archivo tal y como es usada en el lenguaje común. El archivo son los documentos en que nos apoyamos para organizar un pensamiento. Ante una pregunta, un problema, una experiencia, nos damos a la tarea de buscar documentos, libros, investigaciones, tesis, monografías. Establecemos una relación directa entre los documentos y nuestra investigación. Los documentos sitúan, congelan y encierran el objeto que queremos pensar y someter a investigación. Sobre esos documentos lanzamos una pregunta, un pensamiento, un método. El pensamiento se dirige al archivo, su objetivo es abrirlo para buscar sus secretos documentales, que son los signos, aquellos que abriremos con nuestra llave maestra, que son las palabras y las significaciones.

Si modificamos esta situación y llamamos experiencia, y sentido, a la relación entre el documento y el pensamiento, podríamos ver las cosas de otro modo. La experiencia debería estar en nosotros, en nuestras vivencias, en nuestras intuiciones y visiones. El sentido debería ubicarse del otro lado de la experiencia, en los documentos, en los textos, en el archivo. Si los documentos desprenden su secreto es porque nuestra experiencia lo activa, los hace parlantes. Vistas así las cosas, el pensamiento no estaría en abrir el documento, sino en experimentar el documento, en volver el documento un acontecimiento de saber y no una montaña de signos que haya que interpretar.

Una segunda situación tal vez nos aclare el asunto. Un escritor es aquel que situado frente a la página en blanco experimenta la sensación del abismo, del horror, de lo infranqueable. El escritor no es aquel que escribe, que descifra los signos, que pule una idea, que le da color a un pensamiento. Ese escritor, visto así, es el retórico, el dramaturgo, el poeta, el artista. Un escritor es aquel que todavía no escribe, y que ante ese todavía no, se paraliza. La escena ideal de un escritor, la que lo define, es el que pasea por la tarde antes de ponerse a escribir.

Antes de ponerse a escribir, el escritor toma nota en su pequeña libreta de apuntes. La experiencia que establece es con sus propias sensaciones, con su visión e intuiciones. Todavía no escribe la escritura que se espera, una escritura organizada, formalizada e institucional. La escritura que todos pueden leer y entender. Porque esa escritura expuesta en sus notas y consignada en sus libretas de apuntes son sólo eso, un apunte, un estallido de luz, un hueco que se abre en la noche. Es la escritura de la experiencia verdadera, la experiencia del lenguaje, de un lenguaje que todavía no decide su sentido y solo se expresa en signos puros.

El archivo como documento

Este preámbulo nos pone en el camino de nuestro tema. El archivo, el documento, los signos se nos presentan del otro lado de nosotros, de nuestro pensamiento, de nuestro saber. Se pone el documento de un lado y, en el otro, el pensar o saber. La universidad, la ciencia y la filosofía han insistido suficientemente en esta diferencia entre el archivo y el saber: el saber abre el archivo, el saber se aplica al archivo. Antes de nosotros o ante nosotros, están los documentos; y nosotros, haciendo alarde de nuestro saber, hacemos hablar esos documentos y producimos sentido, significación, verdad, extraídos de estos documentos, como si los documentos fueran cosa muerta, hechos sin vida, cuerpos inertes. Puestos allí de una vez y para siempre.

Foucault fue uno de los filósofos que nos advirtió este error. Nos planteó que el documento, el archivo, los signos, están en la historia, en el tiempo, y en una sociedad. Si están ante nosotros es porque algo los ha puesto, los ha hecho circular, funcionar y colocar en esa posición. En lugar de aceptar el documento sin preguntarle nada de su existencia, de su vida y de su régimen, hay que volver los ojos a esos documentos y verlos como su fuera la primera vez que lo hacemos, como una experiencia. Experiencia de ver el documento y de preguntarle qué es y quién le dio existencia. Antes de que nos pongamos a escribir, como si fuera la cosa más natural del mundo, debemos, dice Foucault, preguntarle al documento por su verdad.

Saber no está antes del documento, saber es saber del documento. Saber es saber qué es un documento, un archivo, un signo. Pensar de este modo, es entender que el documento es lenguaje y así como el lenguaje es social, arbitrario, institucional y obedece a una práctica, así también es el documento. El documento nos pone en camino de pensar la historia, si pensamos en su existencia y de cómo fue construido y puesto en su lugar y espacio. El archivo es el pensamiento de la historia como documento. En otro sentido también es válida la fórmula, el archivo es la historia si pensamos el documento. Si partimos del documento y vemos no detrás del documento, sino el documento. Ver detrás, más allá, antes o cerca, es no ver el documento, es hacer del saber un saber metafísico, o sea, un saber que no le interesa las cosas físicas, las superficies, los espacios, las prácticas.

Saber es preguntarse por el documento, el archivo y los signos, en su inmediatez, en su expresión directa, en su existencia, en su impulso directo. Dado un documento le preguntamos ¿por qué está ahí y no en otro lugar? Es esa pregunta la que indaga por su verdad, por su experiencia de ser documento y no otra cosa, por su sentido. El sentido está en donde está el documento y no fuera de él o en otra parte.

Saber y técnicas de saber

Foucault es muy crítico con la interpretación, la sistematización y la significación, porque no sólo desconocen el documento, sino el lenguaje. Interpretar es ir al lenguaje y tratarlo como un signo que esconde otra cosa, vamos a lo dicho para ver lo no dicho. La tarea consiste en descifrar, en buscar algo de luz en la noche. Sistematizar es ordenar y organizar el material encontrado en los documentos. Una vez hallada la verdad, le damos forma y la pulimos. Significar es buscar el sentido que creemos encontrar en las frases y proporciones. Es leer los signos para dejar otros signos, quizás oscuros y más complejos.

Al no ver el documento o el archivo, se le da vuelta al signo por el lado de atrás. No se pregunta por su materialidad, sino por su representación, no se inquieta por su existencia sino por su significación. La propuesta filosófica de Foucault, todos sabemos, parte del enunciado y la función enunciativa. Considera que partir de las frases o de los actos lógicos, no es ver el documento o el archivo. El documento sólo se logra analizar si se leen los enunciados. Un enunciado es lo que se dice en un documento sin comprometer la frase o la proposición lógica, es algo más. El lenguaje se expresa por medio de frases, de proposiciones y de enunciados. “Algo se dice” que no tiene sentido, significación o connotación. Eso algo más, es la existencia del documento lo que define el archivo. Para que ese algo más aparezca se requiere de procedimientos, conocimientos, tecnologías, instituciones y prácticas que llevan a que el documento sea aceptado, validado, reconocido, en un momento, en un campo y para cierta institución. Todo pasa como si el sentido del documento pasara del documento a lo real, y en su búsqueda tuviéramos que salir a encontrarlo en las prácticas. Para que exista enunciado alguien tiene que enunciarlo, aunque no sea un autor, una cosa, una causa. Este otro ser, este ser extraño, son las prácticas de poder y de saber. Nietzsche ya lo había dicho: cuando se habla, “alguien habla”. Ese alguien no es un sujeto, es una posición.

El enunciado es la construcción que hacemos de lo que dice un documento sobre lo que pasa. El documento como archivo nos dice: lo que pasó todavía pasa, todavía está pasando. El archivo intenta ocupar el lugar del presente, lo que está pasando, nos deja sin lugar y en su lugar pone la interpretación, el sentido y la significación. Foucault nos plantea que hay que diferenciar lo que se enuncia como archivo, respecto de lo que pasa actualmente, en un presente. Establecer ese corte y esa discontinuidad sólo es posible si separamos el archivo de lo actual, el enunciado de lo real y si usamos una técnica para dar cuenta del archivo y otra para dar cuenta de lo real o del presente. El pasado se enuncia de una forma distinta a como se enuncia el presente.

(Sigue en próxima entrega).

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