lunes, 14 de marzo de 2011

Pintado en la Pared No. 49-Saber de archivo (segunda parte)

Por: Humberto Quiceno C.

Profesor del IEP- Univalle

El hecho de que no nos inquietemos por cómo aparece el lenguaje, en forma de documento, sea libro, manual, cartilla, reglamento, norma, ley, se debe a que ha sido aceptado, validado, y funciona como una práctica institucional. Nos inquietamos ante las palabras, los signos, las frases y las proposiciones, pero no ante los enunciados presentes, existentes, activos, en el lenguaje y que son los que nos llevan a establecer, con las frases y proposiciones, una relación de intérprete o de sistematizador, relación de lector, de escritor y de descifrador. Foucault señala que el saber del documento, el trabajo del archivo, requiere una nueva relación, la de arqueólogo, genealogista e historiador de archivos. Es decir, de aquel sujeto que se preocupa de los enunciados, de lo que se dice pero que no es una frase o una proposición. Lo que se dice es una verdad: metáforas, metonimias, figuras, símbolos, que al ser descifrados, son aceptados.

El arqueólogo o genealogista describe los documentos como superficies, espacios, relaciones entre espacios, sujetos, cosas y prácticas. Parte de frases y proposiciones, y no se queda allí, busca los enunciados raros, extraños e inciertos que se depositan en los archivos. En lugar de leer en forma lineal, frase por frase, lee buscando salir de la frase, como estableciendo una especie de curva. No olvidemos que la curva es el camino más recto para pasar de un punto a otro. Si la lectura hace una curva, encontramos los espacios que circundan los enunciados. Los espacios que salen fuera del lenguaje.

Los enunciados, lo que se dice en el “se habla”, conforman el archivo de una cultura o de una sociedad. No porque acumulen documentos, sino porque esos documentos ya no son la actualidad, el presente, lo nuevo. Se dice archivo no por el valor del documento, sino porque el archivo se refiere a la historia y ésta al pasado, a lo que ya no somos. Foucault nos indica que los archivos son estratificaciones discursivas, es decir, sedimentaciones, capas de discursos, que ya no pertenecen a nuestro tiempo presente, porque lo actual es lo que no tiene discurso, como dice Nietzsche, lo intempestivo, el acontecimiento. El archivo se puede analizar, el presente no, el presente sólo permite diagnósticos.

Analizar archivos y diagnosticar el presente son dos cosas diferentes. El objeto del archivo son los enunciados, pero los enunciados de lo que pasó. El objeto del presente no es los enunciados, sino las subjetividades, pues la subjetividad produce un desgarro en el archivo al pasar a otra cosa. La lectura de la subjetividad no puede hacerse sobre archivos, desde documentos, pues queda presa del documento y del pasado. La subjetividad es la novedad, la creatividad, lo que no se deja atrapar por los estratos y las capas de discursos y, si eso pasa, la subjetividad busca maneras de escapar. La subjetividad es lo nuevo, lo creador, el pensamiento que veíamos en la figura del escritor, en el cuaderno de apuntes, en el escritor que pasea. Esto explica por qué muchos escritores, pensadores, investigadores se han inventado una forma de ser creadores, novedosos y críticos, cuestión que tiene que ver con una obra que no es la obra expresada en libros, en archivos, sino una obra menos regular, más literaria, más cercana a una experiencia, más personal, como son las conversaciones, las entrevistas, las notas, los apuntes. Nietzsche eligió el fragmento para escribir (aforismos) y no la sistematización, el aforismo es una especie de escritura de diagnóstico del presente. Escritura que no se dirige a la historia, al archivo, al documento, sino a los acontecimientos, a lo actual, a lo que pasa.

No sólo el historiador se olvida del presente, de lo actual, de lo nuevo, también lo hace cualquier lector de documentos que no lee el documento como archivo y no diferencia entre lo que pasa (en el documento) y lo que está a punto de pasar, fuera del documento, en la realidad. Leer es ver el estado del documento (análisis) y es leer el estado de la realidad (diagnóstico). No se puede concluir que lo que dice el documento es lo real, porque lo que dice el documento es un discurso, que se organiza por la sociedad, el régimen de poder y de saber. Lo real no se lee, lo real se adivina, se predice, se advierte. El archivo se lee para ver cómo el documento se separa de lo real, para encontrar las diferencias con lo real, para establecer la discontinuidad entre el documento y nosotros y la sociedad que lo organizó.

La obra de Foucault esta dividida en dos mitades, una es la obra de archivos y la otra es una obra de entrevistas. Una es analítica, la otra es diagnóstica. Es la obra analítica la que ha entrado a la academia y a la investigación. La otra obra…

Archivo, diagnóstico y subjetividad

A lo largo de su obra, Foucault, construyó cinco archivos: el archivo de las ideas, de las cosas, de las ciencias, del poder y de la subjetividad. Un sexto archivo, no puede denominarse archivo, sino diagnóstico, que es la lectura del presente. Analicemos cada uno de estos archivos.

El archivo de la ideas, de las cosas y de las ciencias

En sus dos primeras obras se refiere a estos archivos, sobre todo en Las Palabras y las cosas. Allí nos habla de que en toda cultura existe un orden que pertenece al campo de las ideas, es un orden de las reflexiones, los esquemas, las percepciones. Un segundo orden es aquel de las ciencias o disciplinas, que no son ideas sino conceptos, tal y como los conocemos funcionando en las disciplinas. Por un lado tenemos ideas y por el otro ciencias o conceptos. Esto puede dar a lugar a miradas hechas desde la historia de las ciencias y la historia de las ideas. Existe un tercer orden, que es el de las cosas. Este es un orden sin una organización conceptual o perceptual, es un orden empírico, un orden en bruto, salvaje, que se da en la inmediatez.

En Las palabras y las cosas estudia tres de estos archivos. La tesis que ilumina el conjunto de problemas es que el orden de las cosas es el que hace posible los otros dos órdenes, el de las ideas y el de las ciencias. A primera vista, el orden de las ideas y el de las ciencias, es el que se nos aparece a la mirada, para formar lo que Foucault, llama la episteme de una época. El orden de las cosas es poco visible, porque se oculta en los dos órdenes anteriores, el de las ideas y el de las ciencias. El estudio de este orden corresponde a la Arqueología, un saber que inaugura Foucault, distinto al de la historia, sea de las ideas o de las ciencias. La arqueología estudia el saber de las cosas, que al decir de Foucault es el saber de una época. El saber de las cosas no se confunde con las ideas o con las ciencias. Este saber es previo, es un a priori histórico, tanto como unidad de lenguaje como unidad de historia. Un saber de las multiplicidades o de los enunciados como multiplicidades, prácticas o formaciones de saber.

El saber de las cosas o la cosa como saber, no es una institución, un hecho, un acontecimiento concreto. Este saber de la cosa es un enunciado o una practica enunciativa. Es el tratar el lenguaje no como una estructura o como una formalización, sino como una función que se enuncia, una multiplicidad: umbrales. Que no se localizan en las ideas, ni en las ciencias, toman sentidos de unas y de otras. Son prácticas discursivas para relacionar ciencia con poesía, con cuadros pictóricos, con reglamentos, con inscripciones. Todo ocurre en el espacio. El espacio es el saber de la intersección entre ideas y ciencias.

Arqueología es el estudio o investigación del saber de las cosas en relación con las ideas y las ciencias. Las cosas funcionan como prácticas empíricas, estratos, cortes y localizaciones para las ideas y las ciencias. Es pues el análisis institucional y el saber que se produce en torno de las instituciones.

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