martes, 14 de agosto de 2012

PINTADO EN LA PARED No. 73




NUESTROS TIEMPOS


A los historiadores nos interesa, por supuesto, discutir acerca del tiempo histórico. A los historiadores colombianos nos debe interesar, suponemos, discernir acerca de las fronteras temporales según determinados criterios de orientación en la reconstitución del pasado. No vemos una gran unidad amorfa sino que distinguimos variaciones y reiteraciones, rupturas y permanencias. Podemos preguntarnos, por ejemplo: ¿Cuándo y por qué terminó nuestro siglo XIX? En consecuencia, ¿cuándo y por qué comenzó nuestro siglo XX? ¿Qué nos permite distinguir un siglo del otro? Estos son dilemas obvios que merecen digna respuesta de los historiadores colombianos. Las conmemoraciones bicentenarias han hecho posible un despertar de nuestra historiografía y un sacudimiento de lugares comunes. Y aunque no tuviésemos encima ese pretexto conmemorativo, delante nuestro hay de todas maneras un panorama de redefiniciones de la disciplina histórica tanto en su horizonte epistemológico como en sus derivaciones didácticas.   

Precisamente, el hecho de discutir el carácter de una revolución política nos permite hoy pensar que es muy posible que desde entonces estamos inmersos en una gran unidad temporal marcada al menos por una gran constante definitoria. La revolución de independencia implicó la instauración de un sistema político fundado en un principio de representación basado en la soberanía del pueblo. Desde las primeras constituciones políticas y desde los primeros ejercicios de representación de la soberanía popular hemos estado inmersos en una lógica de funcionamiento de la vida pública; con sus degradaciones, decepciones y perversiones, hemos estado bajo las coordenadas de una democracia representativa que, es muy probable, haya derivado en una democracia delegataria. En todo caso, llevamos doscientos años insertos en una dinámica de la representación política que ha intentado fundamentarse en un cuestionable pero regular y persistente procedimiento electoral. En muchos ámbitos de la vida pública, el sistema representativo se ha adoptado casi como una práctica natural, confiable, como si fuese el sistema menos engañoso o menos insatisfactorio de organización de las relaciones entre grupos de individuos. 

En esa gran unidad temporal signada por el principio de la representación política cómo podemos discernir y encontrar momentos fundamentales plenamente diferenciados; sobre todo, qué criterios podemos adoptar para establecer esas etapas. Una posibilidad de solución se sitúa en el examen de cuándo y cómo hubo cambios en las formas de deliberación política; cuándo, cómo y por qué la política basada en la representación política dejó de ser regulada por unos elementos de deliberación y aparecieron y se impusieron otros. ¿Cuándo y por qué un tipo de personal político fue desplazado por otro? Algo que entrañaba un desplazamiento de las condiciones de la organización del poder, entre otras cosas. Dicho de otro modo, cuándo las condiciones de funcionamiento del sistema político representativo tuvieron un cambio rotundo.

Lancemos nuestra hipótesis. El cambio puede situarse en aquellos momentos en que las condiciones originales en que emergió el sistema político representativo fueron desplazadas por otras; o mejor, cuando unas reglas originales de la deliberación política, que nacieron con el sistema político mismo, sufrieron un cambio cualitativo que hizo posible que la deliberación política cambiara tanto como para dar paso a otros agentes y otras formas de deliberación política, aun dentro del mismo esquema de la representación. En consecuencia, preguntémonos cuándo y por qué la política dejó de expresarse y regularse exclusiva o principalmente mediante la producción de impresos; y cuándo y por qué el principal o exclusivo agente de enunciación política dejó de ser el político letrado que emergió triunfante de la revolución de independencia. Hallar ese momento de desplazamiento nos sitúa en la frontera entre un siglo y otro, es allí donde tenemos un elemento significativo de diferenciación dentro de la gran unidad temporal regida por el principio político de la representación.   

Un cambio de regulación del sistema político representativo es un cambio en las formas de deliberación que contiene una multiplicación de los agentes, una relativización de las instituciones que habían regulado esa deliberación, una variación drástica en los medios de enunciación de la política. La mutación no es, por tanto, solamente en el orden político sino una transformación en todos los niveles de la cultura: de agentes, de instituciones, de medios de comunicación, de producción de símbolos.

De agentes, puesto que el político letrado comienza a ser relativizado por la presencia muy activa de otros agentes sociales que inciden en la vida pública; por ejemplo, la presencia de la mujer tanto en la acción política y en la creación intelectual. Cuándo la acción política y la creación intelectual de la mujer pusieron en entredicho una tradición, cuestionaron unas instituciones y unas creencias. Los indígenas, los afrodescendientes, una emergente clase media urbana fueron minando, en sus diversos ámbitos, el lugar prominente que había ocupado una figura central de lo político. Esa mutación y multiplicación de los agentes incluye, claro, los cambios en el campo artístico con la aparición de creadores intelectuales de orígenes plebeyos que contribuyeron a una democratización de lo que antes había estado fundado en unas reglas de exclusividad.

De instituciones, porque hay que captar cuándo y por qué la Iglesia católica comenzó a perder el control canónico acerca de lo bello, lo bueno y lo verdadero, cuándo dejó de ser la institución reguladora de la vida pública, la principal institución que buscaba reglamentar lo estético y lo moral; cuándo la erosión de su autoridad estuvo acompañada de la aparición de instituciones específicas que expresaron la autonomía relativa de lo artístico.     

De medios de comunicación, puesto que no es dato anecdótico el hecho de que el universo de los impresos, gran dispositivo de regulación de las deliberaciones en la sociedad republicana, haya perdido su tradicional preminencia y comenzara a ser desplazado por otros que terminaron ocupando lugar central en la relación de una elite productora de símbolos y un consumo masivo; se trata de las impactantes llegadas del cine, la radio y la televisión. Su aparición y expansión signaron, sin duda, las condiciones de enunciación de cualquier forma discursiva; cambió de manera protuberante lo que se decía, quiénes, cómo y por qué. Y, por tanto, el régimen de producción simbólica pasó a otra dimensión.

Esta sumatoria de cambios que, entre otras cosas, no son sucesos aislados sino más bien hechos relacionados entre sí tuvieron su momento de acumulación, hallar ese momento diferenciador es hallar una gran transición que conduce a una nueva etapa histórica. En esa gran unidad temporal de doscientos años de vida republicana es posible hallar, por tanto y en resumen, por lo menos tres grandes etapas: la primera basada en el ritmo del universo de producción y circulación de impresos en la que se impuso la figura del político-letrado, allí hubo un lenguaje público predominante y en momentos exclusivo; luego, una etapa de transición, de acumulación de mutaciones en varios órdenes de la vida que la podemos situar entre los decenios 1920 y 1950; por último, la que estamos viviendo, muy cercana a nosotros por lo reciente pero al mismo tiempo muy desconocida porque aún no comprendemos la magnitud de su impacto.   

Gilberto Loaiza Cano, Cali, agosto de 2012.   




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