domingo, 2 de septiembre de 2012

PINTADO EN LA PARED No. 74



NUESTROS TIEMPOS (2)

Hemos dicho en nuestro No. 73 que situábamos entre 1920 y 1950 una larga mutación en todos los órdenes de la vida en la historia colombiana. Precisemos: un conjunto de mutaciones que condujeron a cambios drásticos en las condiciones de la creación intelectual, en las condiciones del consumo de esas creaciones. El país atrozmente moderno, violentamente moderno, en que hemos nacido y sobrevivido (porque muchos de nuestros compañeros de viaje han muerto) arrancó en el decenio de 1950 y más exactamente, para colocar un mojón de orientación, con la instauración del pacto bipartidista llamado Frente Nacional (24 de julio de 1956) y cuyo primer gobierno fue el de Alberto Lleras Camargo, entre 1958 y 1962. Situemos ahí el despegue de la porquería de país moderno, peligroso y seductor, doloroso y excitante que hemos tenido el privilegio y la desgracia de gozar y padecer. Muchos más autorizados e informados que yo pueden ayudarme en el inventario de acontecimientos que han ido sumándose, imbricándose hasta dotar de personalidad ese enorme monstruo colectivo de nuestra historia reciente: nadaistas, hippies, movimientos guerrilleros, autodefensas, mafias del narcotráfico, ejércitos para-estatales, instituciones estatales corruptas. Abogados que no saben de Derecho; médicos forenses sin título que dirigen institutos de medicina legal; ingenieros que no saben hacer ni puentes ni túneles; sacerdotes católicos que no creen en el más allá; izquierdistas tan peligrosos o más que sus rivales de la derecha. Añadamos una colección de masacres y magnicidios; los logros y también los desastres culturales de la radio y la televisión, en menor escala el cine, que volvieron añicos la cultura del libro. Pero también mujeres organizadas para conquistar derechos básicos en la vida pública; artistas autónomos en sus ejercicios de creación; comunidades indígenas y afrodescendientes que han sacudido el monólogo del blanco ilustrado y católico; un sistema universitario (medio fraudulento y todo, pero tenemos algunas universidades serias); organizaciones de teatro; las diversas tendencias de las artes plásticas; un premio Nobel de literatura surgido de las entrañas de una vigorosa cultura oral. En fin, como ven, un amasijo de virtudes y perversiones que constituyen nuestra modernidad última.

Para llegar a esa modernidad tenebrosa y a la vez liberadora, fue necesario caminar un largo pasaje en que hubo un cambio de sensibilidad y, dándole la vuelta, una sensibilidad del cambio. Ese fue un proceso lento, con sus pequeñas y grandes heroicidades, en que algunas figuras individuales dotaron de sentido esa transición. Sin los héroes de esa transición no habríamos acumulado los elementos del cambio desatado después. Ellas y ellos enfrentaron casi en solitario un sistema de valores y creencias que se había prolongado, que se había naturalizado y que se creía dueño de los cánones acerca de lo bello, lo bueno y lo verdadero. Entre los decenios de 1920 y 1950 fue cuestionado el orden literario mediante géneros menores como la poesía y la crónica periodística, en las plumas de León de Greiff, Luis Vidales y Luis Tejada. La mujer irrumpió en la política de masas gracias al ejemplo de María Cano. La condición de la mujer artista y del arte pictórico cambio con las irreverencias, no exentas de sentimientos católicos de culpa, de la pintora Débora Arango (les pedía perdón a los curas por pintar mujeres desnudas). Quintín Lame recorrió valiente y orgulloso el duro camino sinuoso de defensa de los derechos ancestrales de las comunidades indígenas. Los afrodescendientes presentaron sus propios intelectuales y políticos. Jorge Eliécer Gaitán, oscilante y ambiguo, situado entre la tradición ilustrada del siglo XIX y el innovador en la política multitudinaria del XX, desafió las aristocracias de los partidos liberal y conservador. Los directores de la refinada revista Mito pusieron a discutir temas y autores escabrosos para una sociedad pacata y gris y enseguida llegaron los artistas plebeyos con su escándalo nadaísta. Y luego los cuerpos comenzaron a moverse y a juntarse con desenfado al ritmo de orquestas como las de Lucho Bermúdez. Después nos iríamos acostumbrando al lema del muerto al hueco y el vivo al baile, lo que nos recuerda una modernidad zurcida con hilos de sangre; con desigualdades sociales; con exclusiones políticas. Hasta llegar hoy a este país asimétrico, mezcla de atrasos inexplicables con adelantos indescifrables.

Gilberto LOAIZA CANO, septiembre de 2012  

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