domingo, 30 de septiembre de 2012

Pintado en la Pared No. 77


La nación inventada

(Entre Manuela y María, la novela de la nación).
 
 PARTE I
INTRODUCCIÓN


Nadie pone en duda hoy que María (1867) se impuso como el canon de la novela nacional en la Colombia de la segunda mitad del siglo XIX; tampoco cuestionamos la relativa calidad intrínseca del relato ni el éxito editorial que tuvo en América latina. Fue una novela bella y popular, dos adjetivos que, en apariencia, son incuestionables. Sin embargo, se ha hecho poco examen de las condiciones políticas y culturales que hicieron posible que María existiera y se impusiera sobre otras novelas. Las condiciones que propiciaron su éxito y evitaron que otras novelas gozaran de los mismos honores publicitarios son poco conocidas y, en consecuencia, parecen excluidas o innecesarias para cualquier valoración acerca de cómo una obra y un autor adquirieron una notoriedad y, sobre todo, cómo logró imponerse como el modelo de literatura de ficción que podía condensar un ideal de orden republicano en Colombia. Y al mismo tiempo que ignoramos las condiciones de enunciación que hicieron posible María, desconocemos las condiciones que impidieron que la novela Manuela (1858), escrita y parcialmente publicada una década antes que María, no hubiese gozado de los privilegios de circulación masiva que tuvo la novela de Jorge Isaacs. La novela de Eugenio Díaz Castro fue recibida, al inicio, con entusiasmo por quienes ostentaban la calidad de “jueces en materia literaria” y hasta sirvió de buen pretexto para fundar el primer gran periódico literario del siglo XIX, en 1858, El Mosaico; pero pronto la novela dejó de ser publicada por entregas, llegó hasta el octavo capítulo, y quedó guardada por tres décadas hasta que por fin, en 1889, fue publicada como libro en París por la Librería Garnier.

El propósito de este ensayo se vuelve, entonces, evidente y quizás simple: explicar por qué María sí y Manuela no. Examinar las condiciones del mundo político y letrado de parte de la segunda mitad del siglo XIX, en Colombia, que hicieron posible el triunfo de María y el relativo desprecio de Manuela. Para ese examen voy a partir de varias tesis; la primera tiene que ver con la necesidad de situar esas novelas y otras formas de escritura en un momento discursivo que nos permitiría entender su génesis, su emergencia. Y esa génesis, creemos, está relacionada con el despliegue de formas de escritura en que el pueblo y la nación fueron las categorías centrales del ejercicio de representación; en otras palabras, esas novelas y otras tentativas de relatos aparentemente literarios hicieron parte de una producción escrituraria en diversos géneros que tenía como premisa la necesidad de inventar una nación, de imaginarla, proponerla o imponerla como el ideal de orden en la vida republicana. Ese momento discursivo fue pletórico puesto que tuvo cierta saturación discursiva, si se compara con el momento discursivo precedente, y el catalizador de ese torrente escriturario fue la irrupción en la vida pública del pueblo como agente social y político inquietante, peligroso pero fatalmente indispensable; un sujeto político incómodo pero necesario. Ese momento lo hemos de llamar el de la nación inventada, porque es cuando se acumularon esfuerzos y resultados de agentes políticos y culturales que, con variados dispositivos, concentraron sus esfuerzos en dotar al Estado de la capacidad de decir algo acerca de la sociedad que pretendía gobernar; porque es el momento en que grupos de letrados, aun sin vínculo directo con las tareas del Estado, se organizaron para construir un ideal de orden político que pasó por ampliar un mercado lector –el público de la opinión- capaz de consumir con cierta frecuencia variados productos de escritura; porque se ampliaba el universo de los escritores, porque algunos artesanos autodidactas habían adquirido alguna notoriedad escribiendo en periódicos y como autores de libros y panfletos. Porque, en fin, se trataba de una democratización en el acceso a la cultura letrada que correspondía con una expansión política que, a pesar de guerras y revoluciones, hizo que la política fuera asunto de más gentes y se superara en definitiva lo que hasta entonces había sido lo que hemos denominado, como momento discursivo antecedente, la república de los ilustrados.      


La tesis siguiente es que en ese nuevo momento discursivo, que arranca desde la expansión asociativa de mitad de siglo, y más exactamente desde 1846 y se cierra en 1851 para tener un primer trágico desenlace en el golpe artesano-militar del 17 de abril de 1854, ese nuevo momento discursivo –decimos- se va a caracterizar por una contienda entre tres agentes de producción de discursos acerca de lo que debió ser el orden republicano: los dirigentes liberales, los dirigentes conservadores en alianza orgánica con la Iglesia católica y el pueblo republicano hecho visible principalmente por grupos organizados de artesanos con alguna experiencia en los asuntos públicos. Tres fuerzas históricas en competencia que hicieron esporádicas y problemáticas alianzas, por ejemplo la equívoca alianza de los artesanos que anhelaban medidas proteccionistas con el notablato liberal que auspiciaba el librecambismo económico. Esa competencia hegemónica la fueron ganando los dirigentes conservadores, los principales beneficiarios de la ruptura entre artesanos y partido liberal; fueron los conservadores quienes impusieron sus tácticas publicitarias y sus cánones acerca de lo verdadero, lo bello y lo bueno hasta lograr erigirse en autoridades del proceso de producción de escritura acerca de la nación. Sus círculos letrados, sus periódicos y un público disponible hicieron parte de las condiciones que hicieron posible la aparición (e interrupción) de las dos novelas que vamos a examinar en este ensayo. Interesante retener el fenómeno que intentamos describir: una elite político-letrada que, en aquel momento, decenios de 1850 y 1860, estaba por fuera de cargos públicos –por designación y por representación- había logrado convertirse en detentadora del control del campo de producción de las escrituras acerca de la nación. De modo que mientras el liberalismo colombiano se concentraba en su utopía educativa y en formas de sociabilidad elitista (verbi gracia la masonería y la asociaciones de institutores), corría en simultáneo y con mayor fuerza persuasora una utopía conservadora que, como veremos, se basó en la consistencia ideológica de un grupo de escritores que escribieron las obras fundamentales del pensamiento conservador en Colombia. Fue en los códigos de esa utopía conservadora –he ahí otro postulado nuestro- en que emergió y se impuso y María

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