Hoja suelta de opinión del profesor Gilberto Loaiza Cano. Licenciado en Filología, Master en Historia y Doctor en Sociología. Profesor titular del Departamento de Filosofía, Universidad del Valle. Premio Ciencias Sociales y Humanas, Fundación Alejandro Ángel Escobar, 2012. Línea de investigación: Historia intelectual de Colombia.

lunes, 1 de abril de 2013

Pintado en la pared no. 84




EPÍLOGO ACERCA DE MANUELA y MARíA
(FRAGMENTO)


Bien, creo que hemos reunido suficientes argumentos en el examen de las dos novelas que nos permiten responder a las preguntas que han motivado este ensayo: ¿por qué Manuela no pudo ser la novela difundida como el canon de la novela nacional durante el siglo XIX en Colombia y por qué, en cambio, María fue aupada, recibida y aclamada como la novela que correspondía plenamente a un ideal de nación?

Una parte de la respuesta está en la condición intrínseca de cada obra; Manuela fue una novela escrita en un tono requisitorio que ponía en cuestión el funcionamiento del sistema republicano y ese tono fue vertido en una narración sostenida por la polifonía, por la presencia de múltiples voces que representaban a individuos de la vida aldeana; en consecuencia, su lenguaje era rústico, plagado de provincialismos y coloquialismos difíciles aún de asimilar y, sobre todo, de aceptar por el círculo letrado que podía, en ese entonces, legitimar la obra. Podría pensarse que, para 1858, la novela de Eugenia Díaz Castro no tenía un público preparado para leerla y, también, que la novela no estaba escrita en un registro aceptable para los criterios o normas de buen uso que empezaban a imponerse en el canon del buen gusto de los letrados que trataban de darle alguna estabilidad institucional a la creación y el consumo literarios en la Colombia de entonces (...) Es decir, aún en 1866, la comunidad exclusiva de los letrados (o literatos, según uso frecuente en la época), no había logrado acordar cómo relatar costumbres, describir lugares y “figuras humanas”. Preocupado por lograr ajustarse a “los preceptos de la Academia”, refiriéndose por supuesto a la Academia de la Lengua de Madrid, a Vergara y Vergara le inquietaba que los escritores tuviesen que “batallar con el uso del país” que podía ser, con frecuencia, muy diferente al uso peninsular que quería imponerse. Las preocupaciones por la forma correcta de escritura afloraron desde la publicación de los primeros capítulos de Manuela en el periódico El Mosaico y la interrupción de la publicación por entregas de los capítulos de la obra obedeció a la necesidad de obtener, como premisa, criterios o normas de uso de la lengua.

En suma, la élite letrada apenas estaba edificando sus propios criterios de creación y consumo literarios cuando apareció Díaz Castro con su Manuela y puso en debate cómo esa elite letrada podía construir el relato acerca de la nación, como podía poner en relación sus gustos, usos y normas de escritura con los gustos y usos de las formas populares de expresión. La novela en mientes, en vez de ofrecer una propuesta de canon de expresión de una elite letrada en su relación con los sectores populares, dejaba hablar descarnada y descaradamente a esos sectores populares y desdibujaba o ponía en un plano muy secundario la voz narrativa de esa elite. De manera que Manuela no contribuía en aquel momento a cimentar la identidad de una elite de la riqueza, de la política y de la cultura, sino que se adelantaba en la emergencia de las aspiraciones políticas de sectores populares que se sentían abandonados por el Estado y que no encontraban satisfacción en las coordenadas del sistema republicano.

María, en contraste, era novela precedida de un proceso de depuración formal; los manuscritos de la novela contaron con varios ojos de notables correctores, entre ellos su hermano Alcides, profesor conocedor de gramática, y Miguel Antonio Caro, quien iba a ser el más importante dirigente conservador del último cuarto del siglo XIX y exponente del saber filológico en Colombia al lado de Rufino José Cuervo. Además de eso, la novela de Isaacs lograba proponer la presencia narrativa dominante de una elite que podía, al tiempo, conversar con las gentes del pueblo, reproducir el registro popular y expresar los sentimientos amorosos en el código de afectos del cristianismo. Su escritura proponía una solución expresiva para una elite que venía buscando cómo representar la nación en la ficción literaria y, al tiempo, cómo representar sus propias necesidades expresivas. Dicho en otras palabras, María condensaba la construcción del mundo expresivo de una élite que le sirviese de herramienta para entender su situación en el mundo y para entender ese mundo. La amalgama de romanticismo y costumbrismo ponía a dialogar el yo de una élite preocupada por distinguirse como la dueña de la forma de la escritura acerca de la nación. María se ofreció como paradigma de escritura de una élite que luchaba por fijar normas de uso; por distinguirse y distanciarse del pueblo para poder asumir, en la escritura, su superioridad social, política y cultural. La novela proponía la síntesis en la forma de representar y relatar la sensibilidad, los sentimientos, el paisaje, los seres humanos en su diversidad social.

Para el momento de la aparición de María, ya existía un mercado lector femenino bien formado en los preceptos publicitarios católicos, gracias a la popularidad de algunos periódicos guiados por letrados conservadores. La importancia de la mujer en la expansión del ideal caritativo católico estuvo estrechamente asociada con la iniciativa católica de conquistarla como destinataria regular de su mensaje. Eso significó, por ejemplo, su reclutamiento en un sistema de enseñanza privado, sobre todo en Bogotá. Desde 1855, los colegios y los periódicos católicos manifestaron claramente la intención de contribuir a la formación de la mujer de la elite, mientras que los liberales sólo a partir de la década de 1870 ofrecieron una alternativa laica para su educación. Pero, a pesar de los esfuerzos liberales, el discurso católico permaneció como la matriz fundamental de la formación de mujeres lectoras e incluso de las escritoras a lo largo del siglo XIX.

Los periódicos dedicados al « gracioso sexo » o al « bello sexo » comenzaron a aparecer en Bogotá, hacia 1855, con la fundación de La Esperanza, bajo la dirección de José Joaquín Ortiz, quien luego iba a ser el fundador y director del influyente periódico La Caridad. En 1858, también en Bogotá, la voluntad de conquistar a las mujeres fue aún más evidente con la publicación simultánea de La Biblioteca de señoritas y de El Mosaico. Una década después, en 1868, José Joaquín Borda fundó El Hogar. Ese mismo año nació, en Medellín, La Aurora. Otra contribución al periodismo femenino con intención católica fue la de Manuel María Madiedo quien publicó, en 1871, el semanario El Museo literario. En 1872, en Cartagena, fue publicada La Lira; en 1874, en Barranquilla, fue fundado El Iris. La década de 1870 conoció también algunos periódicos escritos exclusiva o mayoritariamente por mujeres. Por ejemplo, la congregación del Sagrado Corazón de Jesús de Cartagena tuvo su periódico La Fe, entre 1878 y 1884. En 1878, apareció en Bogotá la revista La Mujer, dirigida por Soledad Acosta de Samper, órgano oficial de la Sociedad protectora de los niños desamparados. Ahora bien, algunos grandes periódicos católicos, como La Caridad, pretendían dirigirse “en primer lugar, a las mujeres sensibles, buenas y generosas de la Nueva Granada”.1

La prensa católica, consciente del gusto femenino por ciertos géneros literarios, se ocupó de aconsejar acerca del tipo de lecturas más adecuado para las mujeres y recomendó a los padres que ejercieran tenaz vigilancia en el hogar. En 1857, según El Catolicismo, las madres debían evitar que sus hijas leyeran novelas, principalmente las de Eugène Sue, e imponer como única lectura los textos de instrucción cristiana: « La lectura de novelas y relatos amorosos es uno de los medios utilizados por las madres para corromper a sus propias hijas. Lo mejor es que ellas lean lecciones de historia sagrada, historia universal, historia eclesiastica (…) Hay que desconfiar de las novelas de Sue, principalmente Les mystères de Paris y Le juif errant ».2 Todas estas publicaciones se proclamaban, al mismo tiempo, católicas, femeninas y literarias. Todas cumplían funciones educativas y moralizantes; preconizaban una presencia pública discreta para las mujeres, siempre en las actividades cotidianas de difusión del mensaje cristiano en sus hogares y de expansión del frente de caridad. La mujer de las elites era la destinataria principal que, además, disponía del tiempo suficiente para la lectura y podía hacer gastos suntuarios, como la suscripción a los periódicos. La importancia que se le concedió al público femenino condujo a ciertos cambios en la prensa como, por ejemplo, la aparición de secciones consagradas a las novedades de la moda. La Biblioteca de señoritas se jactaba de contar con la exclusiva colaboración de una corresponsal en Paris y La Caridad creó una “revista de moda con el fin de tener informadas a nuestras lectoras de las novedades parisinas”. La mayoría de esos periódicos circulaba el sábado en la tarde porque, principalmente en Bogotá, ese era el momento habitual del ocio y las tertulias. En 1865, la presencia de mujeres suscriptoras en las listas de los periódicos no era despreciable. Entre los 1479 suscriptores de La Caridad, 420 (28.3%) eran mujeres. Ellas podían, por tanto, constituir, en esa ciudad, un tercio de la población lectora o, al menos, consumidora de periódicos. En fin, desde 1857 fue evidente un ciclo ascendente de sociabilidad católica y de esfuerzos publicitarios que tuvieron a las mujeres – a las devotas mujeres de la élite- en su centro de atención.

De tal manera que la novela María no apareció en un terreno yermo. Para entonces ya se habían acumulado factores que la hacían posible y que la hacían familiar, por no decir que compatible con un público, especialmente femenino, que había recibido una laboriosa educación sentimental mediante los publicistas conservadores de la época. La mujer católica adquirió preponderancia pública estimulada por los movimientos de expansión del catolicismo en su lucha contra las tentativas laicizantes del liberalismo y se consolido como agente de difusión de la fe católica. María, en un siglo de sacralización de la mujer y en un momento de expansión hegemónica de mecanismos asociativos, quedaba inserta en un proceso publicitario de afirmación de la utopía de un orden político conservador. No era obra solitaria y extraña, sino que sintonizaba con un momento discursivo muy prolífico entre los escritores defensores del ideal de una republica católica en Colombia. Fue precisamente en el popular periódico La Caridad donde José María Vergara y Vergara saludó, el 5 de julio de 1867, la novela de Isaacs, y la saludó como una obra escrita casi estrictamente para complacer un mercado lector femenino, cuando afirmó: “María hará largos viajes por el mundo, no en las balijas del correo, sino en las manos de las mujeres, que son las que popularizan los libros bellos. Las mujeres la han recibido con emoción profunda, han llorado sobre sus páginas, y el llanto de la mujer es verdaderamente el laurel de la gloria”.3 María nació, pues, para un público a la expectativa que la presentía y que la iba a disfrutar, compuesto primordialmente de mujeres rezanderas y adineradas, mujeres que constituían el pilar de la movilización del catolicismo ultramontano en Colombia (...)
1 La Caridad, Bogotá, n° 1, 24 de septiembre, p. 1.
2 El Catolicismo, Bogotá, n° 291, 10 de noviembre de 1857, p. 361
3 J.M. Vergara y Vergara, “María”, La Caridad, Bogotá, No. 41, 5 de julio de 1867, p. 649-651.

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