lunes, 2 de septiembre de 2013

Pintado en la Pared No. 90



LA SABIDURÍA CAMPESINA Y NUESTRA POBREZA INTELECTUAL

Las protestas campesinas de los últimos días han movilizado a las clases medias urbanas y todas esas minorías convulsivas, sinceras y violentas que merodean en las ciudades colombianas. Y, también, han inspirado a algunas plumas afiladas de los intelectuales colombianos. Se va a poner de moda, qué bueno (o qué malo), hablar de los campesinos, de esos hombres de ruanas mugrientas, de manos encallecidas y de palabras escasas pero certeras que nos han dicho: “Les hemos dado de comer y ahora nos condenan a morir de hambre”. Los campesinos colombianos han sido la carne de cañón preferida de todas las organizaciones políticas y armadas que han existido en Colombia en los últimos sesenta años; han tenido que soportar las andanadas de desprecio de guerrilleros, de paramilitares, de narcotraficantes, del ejército oficial y de los funcionarios bisoños y corruptos del Estado. Han sobrevivido en medio del conflicto armado, han sido obligados a abastecer a tirios y a troyanos, les han obligado a sembrar lo que no se vende, los han hecho mutar de oficios, les ha tocado aceptar trabajos temporales mal remunerados, vivir sin servicios básicos de salud, sin acceso a agua potable ni a sistemas modernos de tratamiento de aguas residuales. Y, aun así, han cultivado y puesto en nuestras plazas de mercado la papa, la leche y el arroz de todos los días.

Ellos están armados de la simpleza del sentido común, de saberes ancestrales, del trabajo colectivo, del vínculo familiar para cuidar sus cosechas. Tienen la fuerza para dormir y comer poco y trabajar mucho. Todo ese acumulado de tradición y laboriosidad ha pretendido volverlo añicos los acuerdos de Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y la Unión Europea. Quienes pensaron en esos acuerdos sólo soñaban con el rápido enriquecimiento como intermediarios comerciales, como bodegueros en zonas francas. Nos atiborraron de tractomulas en medio de un sistema de carreteras obsoleto. Todavía, la travesía de un cargamento entre los puertos y las principales ciudades encumbradas en las cordilleras de Colombia debe hacerse por un estrecho carril. Este es un país sin aeropuertos, sin tren, sin tranvías, sin metro y, entregado al frenesí de la entrada de mercancías, ha terminado encerrado en su propio laberinto de cosas mal hechas y de problemas sin solución. La protesta de los campesinos y de los conductores de tractomulas nos ha hecho recordar que hemos crecido sin grandes proyectos de cohesión colectiva, sin soñarnos como una comunidad de iguales. Hemos construido para unos mientras aplastamos a otros; nos volvemos ricos mientras arruinamos a los demás. ¿Eso cómo queda explicado en una cátedra universitaria de economía? No sé, díganmelo Ustedes.

Queda, entre muchas, la anécdota de los estudiantes de economía de la prestigiosa Universidad de los Andes que decidieron ponerse la ruana, pieza representativa de la vestimenta de nuestros campesinos de tierras altas. Los enruanados universitarios se pararon frente al edificio de su facultad, de donde han salido nuestros ministros de Hacienda y los sabihondos de la Planeación Nacional que nos han condenado a vivir de colapso en colapso. Allí se reunieron y gritaron: “¡Esos son, esos son los que venden la nación!”. La sabiduría de la protesta campesina de estos últimos días nos ha puesto a pensar que en las universidades colombianas nos han estado enseñando a pensar en contra de nosotros mismos y con mucha eficacia. Hemos sido estudiantes muy aplicados.
   
GILBERTO LOAIZA CANO, septiembre de 2013



  

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