domingo, 17 de noviembre de 2013

Pintado en la Pared No. 96




NUESTRO DÉBIL LIBERALISMO

Este año se ha conmemorado, en algunas partes e instituciones de Colombia, los 150 años de la Constitución de Rionegro (1863), considerada como uno de los hitos discursivos más imponentes de lo que fue, en el siglo XIX colombiano, el liberalismo radical. La constitución política de 1863 refrendó, es cierto, un momento triunfante del liberalismo pero también fue expresión de sus enfrentamientos internos y de sus dificultades para convertirse en paradigma del proyecto de construcción de nación. Enfrentó a los elementos civiles y militares de ese partido; enfrentó a la élite concentrada en el llamado Olimpo radical, temerosa de cualquier contacto con los sectores populares, y los caudillos regionales acostumbrados a negociar en sus comarcas con grupos plebeyos.
Colombia ha sido un país más conservador que liberal, no solamente por sus filiaciones partidistas, sino por sus actitudes ante la vida, por su modo de situarse en la vida pública en temas sustanciales como la separación entre la Iglesia y Estado, como las libertades de expresión, asociación y movilización, como el lugar otorgado al Estado en el sistema de educación en todos sus niveles. Lo han dicho varios con fundamento: Colombia es un país con una modernidad muy endeble y muy reciente, ciertos rasgos de racionalidad y secularización apenas han ido apareciendo en la vida colectiva, y con dificultad, desde la segunda mitad del siglo XX hasta nuestros días. Es un país que apenas ahora se está sacudiendo del monopolio religioso católico en todas las esferas de la existencia.
El liberalismo y el conservatismo colombianos discutieron en el siglo XIX en torno al lugar de la tradición en el naciente sistema político republicano. Discutieron acerca de la preponderancia pública de la Iglesia católica, acerca de la importancia que se les debía conceder o no a la religión, la lengua y la moral. Los conservadores estuvieron  a favor del lugar central de la Iglesia católica en el nuevo orden, por imponer las normas de una lengua, que era uno de los vínculos más ostensibles con el legado cultural español, y por hacer prevalecer una moral proveniente del sistema de creencias y valores del catolicismo. Los liberales -y sólo algunos de ellos- mientras tanto, intentaron relativizar la importancia pública de la Iglesia católica, promovieron algunas innovaciones en las normas y usos de la lengua y hasta quisieron minimizar el legado cultural proveniente España y, también, promovieron una moral universal; pero todo esto lo hicieron muy tímidamente.
Los liberales, principalmente la facción radical, prefirieron replegarse en un reformismo por lo alto y depositaron todos sus esfuerzos en la creación de un sistema de instrucción pública. Así pretendieron fabricar una ciudadanía moderna que, probablemente, fuera el cimiento de un electorado afín al partido liberal. Pero esos liberales radicales fueron voceros de unas reformas que ellos mismos, en el ámbito privado, nunca practicaron. El radicalismo de la élite liberal colombiana fue más bien verbal, pero muy pocos de ellos tuvieron  comportamientos de hombres laicos.
El radicalismo del liberalismo colombiano tampoco produjo obras fundamentales del pensamiento colombiano. La segunda mitad del siglo XIX colombiano estuvo dominada, intelectualmente, por la creación y consolidación de un consistente pensamiento conservador; entre 1849 y 1864 nacieron los principales periódicos conservadores, entre ellos algunos muy exitosos en sus ventas y con buen número de abonados anuales: El Catolicismo (1849), El Mosaico (1857), La Caridad (1864). En los decenios de 1860 y 1870 tuvo génesis las obras fundamentales del conservatismo colombiano escritas por los principales publicistas del catolicismo: Manuel Maria Madiedo, La ciencia social o el socialismo filosófico. Derivación de las grandes armonías morales del cristianismo, 1863;  José Manuel Groot, Historia eclesiástica y civil de la Nueva Granada, 1869; José María Vergara y Vergara, Historia de la literatura de la Nueva Granada, 1867; Sergio Arboleda, La república en la América española, 1869; Miguel Antonio Caro, Estudio sobre el utilitarismo, 1869; José Joaquín Borda, Historia de la Compañía de Jesús, 1872. Y, claro, en 1867, la novela María, emblema del catolicismo triunfante y escrita por un supuesto radical, Jorge Isaacs.
Ante un vigoroso conservatismo tuvimos un raquítico liberalismo. Para el decenio de 1870, muchas de las figuras del radicalismo estaban preparando sus retractaciones públicas, preludio del triunfo del proyecto de nación católica que luego fue refrendado por la Constitución de 1886. El liberalismo radical tuvo mejores expresiones en los medios populares y aldeanos, en prácticas cotidianas del matrimonio civil, en luchas frontales con la autoridad de los curas párrocos. Por lo alto, nuestro liberalismo fue poco radical y poco democrático. Por eso no sorprende que un triste corolario de la historia del radicalismo colombiano fuera el asesinato de Rafael Uribe Uribe, en 1914, a manos de dos artesanos decepcionados con su dirigencia política.  
En la conmemoración organizada por la Universidad Externado de Colombia, nacida del espíritu radical de fines del siglo XIX, se percibe una equívoca comprensión de lo que fue el radicalismo colombiano. En el listado de nombres que evocaba el actual rector de esa universidad, en una entrevista reciente, olvidó, por ejemplo, a Manuel Ancízar, quizás uno de los pocos exponentes de un genuino radicalismo, de los pocos que pasó de su lecho de muerte a la tumba sin ceremonial religioso alguno. Y, en cambio, recordaba un grupo de nombres que poca huella dejaron de lo que era y sigue siendo en esencia ser liberal: ser laico.
Este es un país tan conservador que hasta nuestro poco y débil liberalismo nos parece demasiado. Por eso somos lo que somos en estos inicios del siglo XXI, un país con una modernidad muy frágil.  

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