miércoles, 27 de mayo de 2015

Pintado en la Pared No. 124-El próximo Congreso Colombiano de Historia



En la semana del 5 de octubre próximo tendrá lugar la decimoséptima versión del Congreso Colombiano de Historia. Suele ser un evento multitudinario que reconforta, porque es una demostración de la importancia que ha adquirido en la sociedad colombiana el conocimiento histórico. Es el momento de encuentro con invitados internacionales y en que una comunidad académica muy diversa y esparcida por las regiones colombianas puede reunirse para hablar de los dilemas del oficio. La Historia en Colombia es una disciplina que ha alcanzado un alto grado de profesionalización, sustentado en la existencia de una veintena (o más) de programas académicos de pregrado repartidos por el país. Es posible que no hayamos logrado la consistencia de otras tradiciones historiográficas latinoamericanas ni contemos con los recursos que sí poseen otras comunidades de historiadores en nuestro continente, pero aun así ya hay un capital simbólico considerable, problemático y, sobre todo, muy necesario para darle fundamento a cualquier discusión sobre el pasado, el presente y el futuro de Colombia.

Temáticamente es un evento disperso y multitudinario en que se apretujan todas las tendencias investigativas posibles; en una semana funciona algo más de una centena de mesas que reúnen casi un millar de ponentes que exponen sus grandes o pequeños avances en complejos o simples retos investigativos. Precisamente, quizás sea hora de darle un giro más enfático al Congreso y rescatarlo de tanta dispersión en que hasta los mismos asistentes terminamos perdidos sin poder sacar el suficiente provecho de una reunión tan excepcional.

Hay que recordar que la disciplina histórica ha logrado un nivel de institucionalización a pesar de la mediocre política educativa colombiana, a pesar de los pocos recursos y estímulos para la investigación en las ciencias humanas y a pesar de las limitaciones en nuestros archivos, bibliotecas y centros de documentación. El historiador colombiano se ha ido forjando en medio de dificultades, sin las generosidades estatales que pueden hallarse en otros países latinoamericanos. Creo que en el examen de esas dificultades debería estar el temario central que pudiese ocupar a los asistentes de este y próximos congresos.

Me atrevo a proponer que los Congresos de Historia en Colombia se concentren en un temario bien delimitado, en vez de ser el escenario de ocupaciones plurales que bien podrían ser motivo de encuentros, coloquios y otros eventos propios de la dinámica de existencia de cada área de investigación. Por ejemplo, quienes hacen historia política pueden organizar su momento de reflexión y reunión; igual puede decirse para quienes hacen historia social, historia intelectual y un largo etcétera.

No puede ser posible que mientras los historiadores ganamos algún grado de institucionalización en las universidades colombianas, la Historia no sea una asignatura obligatoria en las escuelas y colegios. Mientras discutimos acerca de las responsabilidades históricas de lo que ha sucedido en los últimos cincuenta años, en Colombia no se enseña nada o casi nada sobre los orígenes de la vida republicana; sobre las comunidades precolombinas; sobre los regímenes presidenciales; sobre los procesos y conflictos sociales que han ido moldeando a la sociedad colombiana; sobre hechos, lugares y nombres que pertenecen a alguna tradición que debamos respetar, prolongar o discutir. La enseñanza de la historia no va a resolver los graves problemas de la vida pública en Colombia, pero es un buen principio en el camino de las soluciones. En una sociedad que necesita sentidos de pertenencia, la enseñanza de la historia puede cumplir una labor formadora.

También deberíamos reunirnos prioritariamente para discutir qué hacer con y ante Colciencias, un organismo que no ha servido para promover la investigación en las ciencias humanas; todo lo contrario, esa entidad ha tomado un rumbo funesto y nos ha estado aconsejando que dejemos de escribir libros de historia, porque lo importante y rentable, aunque socialmente intrascendente, es publicar artículos herméticos en revistas especializadas; y ni siquiera nos recomienda que escribamos en las revistas especializadas colombianas, sino que lo hagamos, para poder ascender en el arbitrario escalafón de ese organismo, en revistas extranjeras. Además, su débil presupuesto se desperdicia en mantener una burocracia que le halla destino a sus vidas dificultando la existencia de los demás y proponiendo una competencia de ratas para reunir los requisitos que hacen que un grupo de investigación llegue a una cumbre que no le garantiza absolutamente nada, puesto que no hay ni premios ni becas ni convocatorias de financiación que correspondan con tanto despliegue de esfuerzos y trámites.

Finalmente, los historiadores estamos ante un inexistente sistema de archivos oficiales. Muchos de ellos, en las regiones, funcionan en la informalidad y dependen de la buena o mala voluntad de funcionarios (si acaso lo son) que abren o cierran las puertas según los caprichos reinantes en cada comarca. El Archivo General de la Nación está acéfalo de dirección desde hace rato; sus catálogos son incompletos y desconcertantes, en su mayoría están mal hechos y sólo sirven para ayudar a perderse en la selva documental. Aun así sabe mirar la paja en el rabo ajeno y le dicta principios de organización de archivos a todo el mundo cuando, más bien, necesita concentrarse en la clasificación y disposición de sus documentos para que garantice la consulta fluida y expedita a los investigadores y ciudadanos que requieren sus servicios y lo visitan de todos los rincones del país.

Esos son temas acuciantes dignos de dos o tres días de sesiones, son asuntos propios de la formación de una comunidad de investigación en Historia y sobre los cuales los historiadores colombianos deberíamos fijar posición colectiva en eventos multitudinarios, visibles, en que podemos decirle algo a la sociedad colombiana.   



  

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