domingo, 1 de noviembre de 2015

Pintado en la Pared No. 129

El maestro Jaime Jaramillo Uribe, 1917-2015

El maestro Jaime Jaramillo Uribe fue pionero de la historiografía universitaria colombiana; abrió la senda de la investigación histórica nutrida de la formación metódica, multidisciplinar, en las universidades colombianas. Puso la primera piedra en la creación de una publicación académica de historiadores y para historiadores. Su libro, El pensamiento colombiano del siglo XIX, es hoy un clásico, lectura obligada para comprender a los políticos que participaron en el proceso de formación del Estado y la nación en Colombia. Y es además un libro clásico porque no ha sido superado; aunque sepamos decir cuáles son sus vacíos e inconsistencias, sigue siendo un libro muy difícil de superar como ejercicio sistemático de interpretación. Fue, entonces, pionero, en varios sentidos: como creador de formas de entender nuestro pasado; como fundador de institucionalidad académica que le dio cimiento al proceso formativo de varias generaciones de investigadores, incluso de aquellas que han intentado revaluar su obra.

Desde su primera edición, en 1964, El pensamiento colombiano en el siglo XIX ha sido obra inamovible. Todos aquellos que hemos pasado por el estudio de ese siglo fetiche de nuestra historiografía, y el número es multitud, hemos tenido al frente el modelo insuperable de ese libro. Es cierto que el corpus documental es pobre; es cierto que la caracterización de algunos dirigentes políticos, que también fueron pensadores, es raquítica o distorsionada; aun así, el libro dejó una senda que no fue apreciada del todo en sus primeros decenios de circulación y apenas ahora, según la moda de la nueva historia intelectual, balbucean algunas novedades de perspectiva y de rigor en el análisis de lo que fue el pensamiento de aquellos individuos que ocuparon, de un modo u otro, lugar central en el proceso de construcción del estado nacional en esa centuria.

Pero el maestro Jaramillo Uribe no será recordado solamente por su papel pionero en la Universidad Nacional de Colombia, por haber puesto allí los cimientos de la ciencia histórica cono disciplina arraigada en la institucionalidad universitaria. Tampoco será recordado solamente por sus escritos renovadores que abrieron mundos posibles de investigación monográfica para otros. Será recordado por su modo de ser; porque era una buena persona, un comunicador serio y humilde de su conocimiento. Y eso, la mezcla de seriedad y humildad hace mucha falta en cualquier oficio. La Historia no requiere solamente gente que sepa arrumar la documentación de un archivo y que escriba puntuales artículos para revistas especializadas y adquieran ostentosos títulos de doctores y post-doctores. Nuestra historiografía también requiere buenas personas, personas serias y humildes que sepan comunicar lo que saben y lo que están intentando saber.

No me atrevo a apelar a las anécdotas personales que asoman ahora en mi recuerdo. Pero basta decir que mientras él estuvo en la Universidad de los Andes, tuve allí a alguien con quien conversar; sus opiniones, sus consejos y hasta un par de llamadas en momentos cruciales fueron muestra de su vocación generosa.

Qué dirá ahora Colciencias de la trayectoria de quien fue, entre las ciencias humanas en Colombia, uno de los fundadores de una institucionalidad científica que nos ha permitido existir a tantos bajo el rótulo de historiadores profesionales. Yo creo que su bibliometría informe no le permite decir nada; quizás asome algún dato cuantitativo en que la obra del maestro equivalga a unos cuantos percentiles. Y no más.   









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