Hoja suelta de opinión del profesor Gilberto Loaiza Cano. Licenciado en Filología, Master en Historia y Doctor en Sociología. Profesor titular del Departamento de Filosofía, Universidad del Valle. Premio Ciencias Sociales y Humanas, Fundación Alejandro Ángel Escobar, 2012. Línea de investigación: Historia intelectual de Colombia.

martes, 10 de julio de 2018

La incertidumbre mexicana




Según la sabiduría popular, la esperanza es lo último que se pierde; millones de mexicanos le apuestan a esa ilusión con el triunfo de Andrés Manuel López Obrador. Su elección conjuga varios equívocos que han tenido su trayectoria en América latina relacionados con creer que estamos ante el triunfo de un genuino proyecto político de izquierda o ante el peligro de una avanzada socialista que va a arrinconar la libertad de empresa. Ni lo uno ni lo otro; el triunfo de López Obrador no es ni para asustarse en nombre de los sacrosantos principios conservadores ni para entusiasmarse en nombre de alguna hermosa utopía de la igualación social y económica. Ni el personaje ni las circunstancias son propicios.
La magnitud de la violencia pública en México no va a remediarse en pocos años, necesita una continuidad en la acción estatal, cambios sistemáticos y profundos en las instituciones militares, policiales y judiciales. Algo que no podrá suceder en uno o dos lustros. Tampoco tendrá solución a largo plazo la histórica simetría entre el centro y las regiones; las desigualdades entre la monstruosa capital mexicana y regiones sumidas en el abandono, expuestas a grupos delincuenciales organizados y protegidos por agentes estatales corruptos o intimidados, no podrán borrarse en unos cuantos años. Eso exige grandes reformas económicas, una redistribución de los recursos del Estado, cambios profundos que implican negociaciones entre múltiples agentes y organiza sociales con muy diversos intereses.
Ahora bien, el personaje no da para entusiasmarse. El izquierdismo de López Obrador es vaporoso. Su trayectoria política no es la de un disidente ni la de un resistente; al contrario, su experiencia política se ha ido forjando dentro del establishment. Durante su campaña electoral surgieron algunas dudas sobre sus vínculos con gente corrupta y es mucho más notorio que recibió apoyo de organizaciones de derecha. La obsesión por llegar al poder presidencial volvió a López Obrador un negociador sin pudores; eso explica, en parte, que haya tenido el apoyo del Partido Encuentro Social que reúne a la ultraconservadora derecha evangélica.
Por todo esto es completamente absurdo adjudicarle una identidad izquierdista a López Obrador. Lo más posible es que su gobierno sea un experimento populista y que el amplio apoyo electoral lo catapulte a la condición de un caudillo, algo que no es ajeno en la tradición política mexicana. El desespero de una democracia tan ensangrentada ha obligado a las gentes a buscar una alternativa que no encaje con los partidos políticos históricos. López Obrador se ofreció como una alternativa ante el desprestigio del PRI y sus mutaciones más recientes. Sin embargo, el personaje no es garantía para hacer grandes deslindes ni para grandes logros. México se ha inclinado por una contradicción que veremos cómo se resuelve en el camino.

Pintado en la Pared No. 177.

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