viernes, 23 de diciembre de 2016

Pintado en la pared No. 151-La libre opinión en las universidades



En el Departamento de Historia de la Universidad del Valle un grupo mayoritario de profesores hemos estado laborando en una situación sub júdice; una profesora decidió presentar queja por acoso laboral contra once profesores y luego una denuncia penal por constreñimiento ilegal contra tres de sus colegas. La discusión provocada por una decisión de rectoría que era muy difícil de entender y aceptar expuso a la gran mayoría del Claustro de Historia  a esta situación tan complicada; el rector no acogió el resultado de una votación de esa unidad académica para la dirección de programas de pregrado (13 contra dos) y designó a la persona menos votada. El disentimiento público que expresamos muchos profesores se volvió motivo fundamental para las denuncias posteriores.
Que los funcionarios públicos estemos expuestos a investigaciones disciplinarias de nuestras conductas puede ser aceptable, pero convertir el ejercicio del disenso en un posible delito es inadmisible. La judicialización sin fundamento, la sevicia, convirtió en delincuentes a un grupo de colegas. ¿Cómo puede ser la vida cotidiana universitaria si unos colegas creen que otros son delincuentes; peor aún, que la mayoría de miembros de un Claustro –su Claustro- merece una pena de cárcel? ¿Qué naturaleza de delitos cometemos diariamente en nuestras actuaciones los profesores universitarios? Mejor aún: ¿cómo una discusión interna, “un bochinche”, puede terminar en forma de expediente en manos de la justicia penal? Sin duda, hay una degradación de los principios de discusión y deliberación en nuestras universidades cuando casi toda una unidad académica queda sometida al dictamen de una investigación penal.
Hoy, al finalizar 2016, hemos conocido el fallo de la Oficina de Control Disciplinario Interno Docente  (OCDID) que ordena el archivo del proceso disciplinario en contra del jefe del Departamento de Historia (el suscrito), en quien se concentró la diligencia disciplinaria que involucraba a once profesores más. Según el fallo, “los hechos atribuidos al profesor no constituyen falta disciplinaria”. Entre las consideraciones a favor de la terminación del proceso, el jefe de la OCDID destacó que la actuación del suscrito y sus colegas estuvo dentro de lo que dicta el derecho a la libre expresión; “la universidad es un campo o un espacio libre de cualquier presión que trate de impedir la sana controversia de cualquier naturaleza”. Este fallo es una lección que, ojalá, sirva para tratar futuros casos y es un precedente en medio de lo que sucede con otros colegas en otras universidades que se auto-proclaman libertarias y autónomas. La decisión de la OCDID enaltece a la Universidad del Valle y marca un derrotero para resolver asuntos que no deberían ir más allá de una reunión de cada Claustro; por eso el mismo documento hace una recomendación central: “solucionar las controversias o desavenencias que surjan” mediante mecanismos de conciliación propios de la institucionalidad universitaria.   
Resuelto a favor el proceso disciplinario, queda pendiente el proceso penal, la acusación por constreñimiento ilegal, términos muy fuertes para referirse a un inevitable disenso interno ante una decisión administrativa cuestionable. Por ahora, varios profesores de Historia seguimos siendo delincuentes para una colega y deberemos demostrar que somos simples profesores universitarios que opinamos libre y públicamente. Quizás, precisamente, una de las moralejas de este caso es que las decisiones de un Claustro deben respetarse. Los Claustros siguen siendo, a pesar de algunos, las unidades académicas fundamentales que reúnen a comunidades disciplinares que son el sustento de la investigación, la docencia y la extensión en cualquier universidad.
Luego de haber sido sometidos a semejante situación, llegará el momento de un necesario resarcimiento moral. Yo, en calidad de jefe del departamento de Historia, agradezco la solidaridad de mis colegas de esta y otras universidades. Exaltó la actitud ponderada que asumió la gran mayoría de miembros del departamento de Historia; esa actitud madura también fue destacada por el propio rector Varela (hemos tenido mucha paciencia). También pongo en evidencia el silencio de otros que debieron decir algo siquiera compasivo y nunca lo dijeron.    

Gilberto Loaiza Cano, jefe del departamento de Historia-Universidad del Valle

domingo, 4 de diciembre de 2016

Pintado en la Pared No.150



El Tercer Congreso de Historia Intelectual de
América latina

Entre el 8 y 11 de noviembre tuvo lugar el Tercer Congreso de Historia Intelectual de América latina; su sede fue el Colegio de México. Luego del primer congreso en Medellín (2012) y el siguiente en Buenos Aires (2014), podemos hablar de una comunidad relativamente acostumbrada a reunirse para compartir experiencias, tradiciones y novedades en la investigación. Y, si usamos cierto vocabulario en boga, hay redes de investigadores que comparten sus preocupaciones específicas con alguna frecuencia. Aunque me adelanto a pensar que aún faltan mecanismos institucionales y buen carácter (al menos humildad) para poder conversar entre colegas de diferentes países.  
La Historia Intelectual es una relativa novedad en el campo historiográfico latinoamericano, es una vieja preocupación por las élites intelectuales y sus ideas que ha intentado remozarse en conversación con los aportes de la historia conceptual, de la historia política en la versión de los historiadores de la llamada escuela de Cambridge y del análisis del discurso según las sugerencias de método de Michel Foucault. A eso se agrega alguna mirada sociologizante al incluir el estudio de grupos, generaciones, sociabilidades y redes de intelectuales. Además, el vínculo entre intelectuales, vida intelectual y poder político parecen cobrar fuerza en los análisis de los jóvenes investigadores que han nutrido con su vigor, y a veces con su ingenuidad, todas las tentativas de remozamiento que confluyen en esta denominada nueva historia intelectual.
Es cierto que esta tercera reunión fue quizás la menos vital de todas, la más desigual en la selección de las mesas temáticas. En este tercero hubo ausencias notorias, poco o nada de Ecuador, Perú, Chile, Uruguay, Paraguay; una muy débil presencia, en número, de Brasil y quizás demasiado por parte de Argentina, México y Colombia. Esas asimetrías merecerán, tal vez, las necesarias rectificaciones para un futuro congreso, si lo hay.    
Será muy difícil superar el generoso primer congreso de Medellín, cuya hospitalidad con los invitados será, además, imposible repetir. Para nosotros, en Colombia, sigue el desafío de lograr círculos de investigadores más sistemáticos y de mejorar la calidad editorial a la hora de publicar los resultados de nuestras investigaciones. Buscar acuerdos de colaboración más asidua con los colegas mexicanos, argentinos o brasileros parece tarea infructuosa; quizás vale más el empecinamiento individual o las excepcionales amistades entre algunos. Mejor leernos que tratar de encontrarnos en algún lugar. Cada comunidad de historiadores tiene sus ritmos de trabajo bien establecidos, sus tradiciones más o menos bien definidas; a nosotros, en Colombia, nos corresponde perseverar en nuestro propio camino; luego, si es posible, conversar con aquel u otro colega de otros países, aunque después caigamos fácilmente en mutuos olvidos o desprecios.

Cuando los intelectuales estudiamos a los intelectuales, nos volvemos fácilmente sujetos y objetos a la vez. Algún día se estudiará por qué los pretendidos historiadores intelectuales latinoamericanos contemporáneos teníamos ciertas dificultades de comunicación y comunión, sobre todo cuando hacíamos congresos de Historia Intelectual.

domingo, 20 de noviembre de 2016

Pintado en la Pared No. 149



Por un nuevo Congreso Nacional de Historia

En Colombia necesitamos dotar de otro sentido el Congreso Nacional de Historia; el formato que ha prevalecido merece un cambio drástico. Últimamente se ha convertido en una reunión multitudinaria de mini-congresos temáticos, con un alud de ponencias microscópicas, con poco tiempo para conversar y, sobre todo, con poco interés para tratar temas sustanciales y que deberían ser centrales en la comunidad, cada vez más grande, de historiadores profesionales en Colombia. Sí es importante que nos reunamos de modo periódico, pero no para hacer valer nuestros distintivos fronterizos según las especialidades en que nos hemos sumergido.  

Necesitamos encontrarnos para hablar, todos, de temas que nos afectan a todos y que hacen parte de nuestros dilemas cotidianos en cada universidad colombiana. Por ejemplo, todos necesitamos sintonizarnos con el imperativo restablecimiento de la enseñanza de la historia en los diversos niveles de escolaridad y, además, necesitamos hablar acerca de cómo puede o debe enseñarse la historia en un país adiestrado para el olvido. Necesitamos discutir, y muy francamente, acerca de la posición o las posiciones que debemos o podemos asumir ante un sistema nacional de investigación cada vez más alejado de las prioridades de las ciencias humanas. Un encuentro nacional de los historiadores colombianos debería servir, también, para tomar decisiones conjuntas sobre nuestras revistas especializadas y sobre los programas editoriales universitarios. Y otro asunto digno de tratar es el crecimiento de la profesionalización de los historiadores y las escasas oportunidades que ofrece el medio académico colombiano. Nuestros sistemas de posgrados son completamente hostiles para la formación no solamente de historiadores y a eso se agrega que quienes logran el título de doctorado comienzan a no obtener los empleos acordes con su nivel de formación.

Un Congreso Nacional de Historia debe concentrarse en otra cosa más que, en otras partes, ya es tradición, y de la buena. Hay que crear premios nacionales de historia en varios niveles; premios que sean un verdadero estímulo para jóvenes y veteranos investigadores. Acostumbrémonos a tener un fondo para premiar cada par de años a la mejor tesis de pregrado, a la mejor tesis de posgrado y al reconocimiento de la vida y obra de un historiador o una historiadora de nuestro país (premios en dinero y en publicación). En vez de embelesarnos con invitados internacionales (con uno basta para inaugurar alguna cosa importante), destinemos los recursos a crear nuestro propio sistema de estímulos para la investigación de los historiadores colombianos.

Ojalá el Congreso Nacional de Historia que se avecina en el 2017 sea el último según ese esquema que reproduce el individualismo hirsuto en que nos hemos malcriado. Pensemos en un evento que nos incite a ser una comunidad científica que discute y se decide por soluciones colectivas para afrontar los dilemas que rodean nuestro oficio en Colombia.




sábado, 8 de octubre de 2016

Pintado en la Pared No. 148

Entre la muerte rápida y la muerte lenta

Dicen los que saben de filosofía que el escepticismo es de aquellos que aman tanto la verdad que no pueden alcanzarla. Los escépticos saben que la verdad es inalcanzable y que lo único que podemos hacer es buscarla. Por eso su situación es de permanente duda; la credulidad para ellos es una condición imposible. En Colombia, país de extremos, que pasa tan fácilmente de la gloria al ridículo, de lo sublime a lo trágico, que disfruta tanto de pasiones y excesos, que le gusta aferrarse a dogmas, es bueno caminar con una buena dosis de dudas. Hoy nos debatimos entre el sí y el no; decirle sí o no a los acuerdos entre el gobierno de Juan Manuel Santos y las FARC-EP.
En un plebiscito convocado de manera innecesaria y que fue mal calculado por nuestro presidente –hoy con premio Nobel de paz- el sí y el no se debatieron; con un margen diminuto ganaron los opositores del acuerdo y hemos entrado en una dimensión aún más incierta de la que avizoramos con el triunfo del sí. La victoria del no ha prolongado el estancamiento de una situación que ofrecía un salto a un futuro que hacía ruptura con un cruento acumulado de conflicto armado interno. El no ha triunfado porque ha impuesto las lógicas del miedo: el miedo al cambio, a un nuevo paisaje político, a procesos de justicia y reparación, el miedo a perder poder territorial, en fin.
Esta encrucijada tendrá solución, posiblemente, en la puja de una renegociación en que está comprometida la campaña presidencial del 2018. La mezquindad de la clase política colombiana ha sido puesta en evidencia. Hay que reclamar coautoría y protagonismo en el proceso de negociación con la guerrilla para poder buscar dividendos en unas próximas elecciones; administrar, además, las bases de cualquier acuerdo es la perspectiva más inmediata. La posibilidad del engaño y la traición ante lo que se pacte también ha quedado en evidencia.
Diciendo sí o diciendo o no nos espera lo mismo: una tensa línea de futuro, un hilo delgadísimo que puede romperse. Caminaremos mucho tiempo por el filo de la navaja. Si logramos pasar al otro lado de los acuerdos, no veremos en el horizonte inmediato nada parecido a un paraíso; habrá triunfado un proyecto económico neoliberal de un gobierno de centro-derecha, vendrá inversión extranjera, destrucciones ambientales a nombre de la libre iniciativa empresarial, saqueo a gran escala de nuestros recursos. Si triunfa el no, tendremos negocios untados de mucha sangre. Con el la muerte es lenta, con el no la muerte es rápida.

Los acuerdos con la guerrilla nos aligeran el peso de la carga, ya no caminaremos con un conflicto armado tan degradado; lo que vendrá nos corresponde construirlo con mucho esfuerzo y muchas decepciones. Hará falta una izquierda muy amplia, muy organizada y muy activa que logre amortiguar los embates del saqueo global. Un acuerdo de paz no transforma ambiciones, no transforma seres humanos ni las costumbres de nuestra dirigencia política. Trataremos de vivir de otro modo; sólo eso, lo intentaremos. Y en ese intento también se muere.  

martes, 27 de septiembre de 2016

Pintado en la pared No. 147

Bienvenida la incertidumbre

En examen muy lúcido, el profesor de Filosofía de la Universidad del Valle, Delfín Grueso, dice que el acuerdo entre el gobierno Santos y las Farc-Ep fue el triunfo de la política. La letra menuda e ilegible de ese acuerdo es, ahora, lo menos importante. Lo importante es que dos enemigos largamente confrontados hayan acordado el fin del conflicto, la dejación de las armas y la entrada en una nueva etapa de la vida pública. Es cierto, será una etapa incierta, imprevisible, llena de novedosas tensiones, pero basada en la rara apuesta de hacer uso de las formas persuasivas de la política, con sus bondades y perversiones.
No ganó el gobierno, no ganó el Estado, no ganó la guerrilla, todos negociaron y concedieron algo para darle fin a un largo conflicto que ha dejado tanta muerte, tanta herida, tanto dolor. Nadie quedó completamente satisfecho, nadie ganó ni perdió del todo; aunque creo que la guerrilla fue la vencida. Viéndolo bien, su proyecto revolucionario estuvo basado en el dogma de la lucha armada como la forma superior de lucha, así que entregar las armas y tratar de adaptarse a la vida civil y a las prácticas de la democracia representativa me parece una gran claudicación.
Vamos a comenzar a vivir tiempos de transición; a los historiadores nos encanta narrar esos momentos. Pero esta vez, en vez de narrarlos, vamos a vivirlos. Son tiempos de mezclas, de mutaciones, de cosas inesperadas. Vamos a empezar a vivir la continuidad política de la guerra o, como dijo Michel Foucault, tenemos que dedicarnos a “descifrar la guerra” que habrá debajo de la paz. El escepticismo puede ser, en adelante, el mejor antídoto de cualquier desastre. No hay que ilusionarse con el porvenir, pero tampoco creer que se avecinan tiempos peores. Una cosa es cierta, un grupo armado se desmoviliza y eso es un alivio para muchas gentes de Colombia, pero muchos conflictos perviven y se agudizarán. No hay paraíso a la vuelta de la esquina, y menos una revolución como las que soñamos en nuestras militancias despreciadas.
Por ejemplo, las carencias estructurales del Estado colombiano quedarán al desnudo. Quizás se haga notorio, entonces, que la reconstrucción estatal sea una de las tareas prioritarias. En la búsqueda de las causas del conflicto armado colombiano, la condición históricamente precaria del Estado se ha impuesto como uno de los factores más evidentes. Desaparecida la excusa de la guerra contra un enemigo interno, queda expuesto el Estado colombiano con todas sus miserias: su escasa majestad, su limitado poder simbólico, su débil capacidad para servir de árbitro ante la sociedad, su carencia de proyectos a largo plazo, su dificultad para garantizar la soberanía territorial. No es la repetida idea del Estado fallido, porque algo se ha construido, porque algo hemos podido ser gracias a instituciones como las universidades públicas; se trata de una labor reconstructiva que no sabemos aún ni cómo ni quiénes podrán realizarla. Un Estado que haga cambiar la sociedad, pero también una sociedad que pueda cambiar el Estado.

Como lo supo decir el profesor Grueso, el acuerdo de La Habana pone término a algo y le da inicio a otra cosa. Sabemos más o menos bien qué terminó, la lección ha sido despiadada, como en los lúgubres relatos de Kafka; pero no sabemos mucho acerca de lo que vendrá. Entre todos haremos algo que no le gustará a nadie; esa es la bendita historia política de cualquier lugar del mundo.

sábado, 24 de septiembre de 2016

Pintado en la Pared No. 146

National Museum of African American History and Culture

Estados Unidos vive sus paradojas; el gobierno del racialmente híbrido Barack Obama parecía la mejor esperanza para la golpeada población afroamericana. Sin embargo, durante su lapso presidencial se incrementó el crimen policial contra la gente negra. En el exterior, el alicaído imperio norteamericano ha sido varias veces burlado por el cinismo de Vladimir Putin, todopoderoso en el este de Europa y con influjo perverso sobre zonas geoestratégicas de África y Asia. Obama se despide dejando la impronta de un gobierno internamente muy débil, a pesar de la voluntad risueña y democratizadora del presidente mulato.
En estos días pre-electorales se han juntado vida y muerte, eros y tanatos, en la convulsa vida pública de Estados Unidos. Los intelectuales afroamericanos se regocijan de un sueño hecho realidad institucional, acaba de inaugurarse el National Museum of African American History and Culture. La tierra de Franklin Frazier, Louis Armstrong, George Gershwin, Martin Luther King, Claude Colvin, Nina Simone, Angela Davies,  Aretha Flanklin y de tantos otros activistas, pensadores, artistas y deportistas con vínculos afrodescendientes que han dejado huella universal, esa tierra que ha expoliado, masacrado y discriminado la sociedad negra esclavizada celebra hoy la inauguración de un museo. No es solamente el triunfo de la perseverancia intelectual de las comunidades afrodescendientes y sus organizaciones, es cierto. También ha participado en este logro las demás diversidades étnicas, sociales y religiosas de ese país.
Buena parte de la historia cruenta, segregacionista y racista del Estados Unidos contemporáneo está encerrada en piezas, instrumentos, dispositivos que evocan los tiempos lúgubres del Ku Klux Klan o las confrontaciones callejeras en la lucha por los derechos civiles. Al lado de eso están aquellos elementos que informan de las tradiciones y legados africanos que le han dado colorido al continente americano: músicas, creencias, bailes, pinturas, palabras, todo ese inmenso repertorio de símbolos que han hecho, no sólo de Estados Unidos, un paisaje multi-étnico.
La historia larga y dolorosa que va desde la humillante esclavización, pasando por los hitos emancipadores, hasta la contradictoria consolidación de la población afro-descendiente en el esquema del capitalismo avanzado. Todo eso está relatado o, mejor, representado paso a paso en el naciente museo cuya construcción comenzó hace algo más de una década, en el gobierno de George W. Bush, y que hoy hace parte del corazón de Washington.

Sin embargo, esa celebración lleva su luto; otras muertes violentas de jóvenes negros perseguidos por agentes de la policía. Nuevos disturbios y las cifras de excesos policiales con la población negra se acrecienta como un dato vergonzoso de la historia reciente del país del norte. Regocijo y dolor, celebración y muerte. El museo de la historia y cultura afroamericanas tendrá que narrar, desde hoy, 24 de septiembre de 2016, el triste recuerdo del racismo institucional contemporáneo, a pesar de la buena voluntad del mulato Obama, el presidente que acaba de inaugurar el majestuoso edificio, “un sueño hecho realidad” para la gente negra de Estados Unidos. 

viernes, 9 de septiembre de 2016

Pintado en la pared No.145-La investigación en ciencias humanas (V)

El asedio externo

Hay un frecuente y a veces muy molesto asedio externo a la investigación en las ciencias humanas. En apariencia, es la sociedad, desde muy diversos flancos y con muy diversos intereses, que le pide a la institucionalidad científica que se ponga al día con las discusiones o dilemas de esa sociedad; esa es la apariencia, porque creo que, más bien, es una sociedad que quiere contar con la ciencia para dotar de sentido sus luchas cotidianas. Es decir, desea que la ciencia cumpla una función ancilar para determinados grupos organizados de la sociedad cuyos intereses van a un ritmo muy diferente de lo que las ciencias humanas hacen. La agenda del científico no puede ser la misma de la sociedad; puede coincidir parcial o generalmente, pero las ciencias humanas tienen su propia tradición, su propia discusión de objetos y problemas que no tienen por qué coincidir con la volubilidad de las coyunturas de discusión de una sociedad. Eso no es fácil de entender ni para los grupos sociales que invocan a cada rato una ciencia comprometida ni para los científicos que nos sentimos en muchas ocasiones arrastrados por el oleaje de las circunstancias.
Esa sincronía entre dilemas de la sociedad y dilemas de la ciencia no tiene por qué existir, no puede volverse una exigencia. Sin embargo, esa sincronía es cada vez una petición de varias partes que agobia la vida de las disciplinas científicas. ¿Las ciencias humanas tienen que estar prestas a resolver las encrucijadas del ahora? Digamos que no, de entrada. Digamos, más bien, que unas, más que otras, pueden tener esa disposición, pero en general la prioridad de las ciencias humanas no está en atender los llamados circunstanciales de la vida pública, del ahora. Para muchos, es cierto, esos llamados son cantos de sirena, momentos oportunos para hacer brillar un saber, para demostrar que aquello que sabemos es útil para la sociedad, entonces nos volvemos acuciosos consultores o asesores.
Sin embargo, el presente y sus dilemas no son la brújula de la investigación en las ciencias humanas, es una simple  derivación, una afortunada coincidencia que puede diluirse en la velocidad del instante. Luego hay que regresar y recluirse en el ritmo casi silencioso de nuestros sub-mundos disciplinares. Esto no es una oda a la hiper-especialización, pero es una advertencia para no distraernos y confundir lo urgente con lo prioritario. Las ciencias humanas no están hechas para resolver asuntos inmediatos que no están en la agenda de las experiencias y trayectorias disciplinares; están hechas para examinar y proponer soluciones a problemas estructurales de cualquier sociedad. Eso las hace más consistentes de lo que sus detractores creen. Las ciencias humanas y sociales son formas de conocimiento que han nacido y caminado con los procesos de formación de los Estados burocráticos modernos, han acompañado los complejos procesos de formación nacionales y en tal medida tienen un acumulado simbólico, unas tradiciones y unos legados que les permiten tener un horizonte de expectativa mucho más lejano que las meras coyunturas de debate público.
Hoy, por ejemplo, en la Colombia que pretende cerrar un ciclo de violencia política y comenzar una etapa nueva, las ciencias humanas y sociales emergen como una genuina alternativa en la preparación de agentes y acciones estatales para esa fase casi inédita de la historia pública colombiana. Eso obliga a acudir a los legados de cada ciencia, a lo que ellas han podido averiguar acerca de nuestra sociedad.

Es posible que las modulaciones del presente hagan exigencias dramáticas, pero no pueden llegar a sacudir lo que cada ciencia ha ido acumulando silenciosa y tranquilamente, porque ese legado es su consistencia, su fundamento, y eso no puede abandonarse fácilmente.  

martes, 2 de agosto de 2016

Pintado en la Pared No. 144

El tren

En Colombia hubo recientemente un largo paro de conductores de tractomulas. En los últimos veinte años, el paro de los transportadores de carga ha sido recurrente; mientras tanto, ese tipo de transporte ha tenido un crecimiento exorbitante, por no decir que descontrolado. Un país con pocas vías de comunicación terrestre, saturadas por camiones que han adquirido, de hecho, la exclusividad del uso de unas vías todavía precarias, necesita desde hace muchos años replantear sus prioridades sobre los medios de transporte más adecuados. Sin embargo, a pesar de una situación tan apremiante, no aparece en la agenda de nuestros economistas y dirigentes políticos una búsqueda de alternativas más racionales y eficientes para el transporte de carga. Es cierto que en los últimos años ha habido un gran esfuerzo por ampliar la red vial del país; pero sigue siendo ostensible la asimetría entre el volumen de vehículos de carga y la cantidad y calidad de nuestras carreteras.

Precisamente, durante el largo paro hubo debates y reflexiones por todos los medios de comunicación y los especialistas en economía invocaron, con insistencia, los principios de la racionalidad económica para persuadir a los dirigentes del paro camionero más largo que ha tenido el país. La racionalidad proviene, decían los economistas, de las leyes del mercado. La competitividad, por ejemplo, fue una invocación constante; hay que buscar soluciones competitivas para el transporte de carga en Colombia, afirmaron con frecuencia. Sin embargo, nunca invocaron o evocaron en sus exhortaciones a nombre de la racionalidad la importancia del tren como el medio quizás más eficiente (y racional) para el transporte rápido de altos volúmenes de carga.

La dirigencia política y técnica de Colombia olvidó la eficacia del tren que alguna vez atravesó amplias zonas de nuestro paisaje. La historia contemporánea de Colombia refiere que alguna vez el tren fue para ingenieros, economistas y políticos en general el gran símbolo del progreso. Alrededor del tren se construyó una épica de la inserción del país en la economía mundial. Su belleza metálica fue exaltada por poetas e inspiró crónicas sobre los nuevos hábitos colectivos. Gente reunida en estaciones, viajeros que podían leer sentados, la brisa que arrullaba aquellos rostros que contemplaban el paisaje. El país que vivió con el tren ha ido despareciendo y sólo quedan algunas edificaciones vetustas que hablan de un lejano esplendor.

Los análisis presuntamente racionales de nuestros economistas no alcanzan a evocar la importancia del tren, ni siquiera atisba un cálculo simulado al respecto; nuestra dirigencia política, que ha vivido o visitado tantos lugares del mundo, debería saber de los beneficios mercantiles del transporte por las vías férreas. Es cierto que hubo, en tiempos recientes, una tentativa fallida para recuperar viejas rutas del tren; pero la rápida muerte de esos proyectos (por ejemplo, entre Cali y Armenia) habla de las pocas convicciones de quienes inauguraron el hecho –recuerdo que hubo discurso entusiasta del presidente Santos- y de las pocas energías desplegadas para sacudirnos de algo tan irracional como el montón de camiones que aplasta el débil asfalto colombiano a un promedio de veinte kilómetros por hora.

La historia contemporánea de Colombia enseña que en el corazón del siglo XX, por intereses económicos poco racionales, el tren fue desahuciado; algo semejante sucedió con el tranvía. Y el metro sigue siendo para nosotros una quimera. Los vínculos comerciales con Estados Unidos privilegiaron la apertura de un mercado para llenar al país de automóviles y camiones que no caben ni en nuestras ciudades ni en nuestras carreteras. Si la racionalidad económica fuese una auténtica premisa para obrar en beneficio del bienestar colectivo, nuestras ciudades serían hoy menos feas y estarían menos atascadas. En ese país nuevo que estamos intentando soñar, en esa aún imaginaria nueva etapa de la vida colombiana, debe haber un lugar primordial para el tren y otros medios modernos de transporte masivo. Y sospecho que para lograr eso no contaremos con la presunta racionalidad de nuestros economistas y dirigentes políticos, al contrario.



Pintado en la Pared No. 143-La investigación en ciencias humanas (IV)

Más allá de un problema de investigación
Hallar un problema de investigación, saber formularlo y medianamente resolverlo suele ser parte de la rutina universitaria y deja como resultado un montón de monografías de pregrado de calidad muy desigual; unas merecen ser consultadas con alguna recurrencia, otras pasarán rápidamente a los anaqueles del olvido. Hasta el propio autor olvidará que alguna vez se interesó por un asunto más o menos minúsculo que le provocó algunas dificultades para graduarse en la universidad.
Uno puede hallar su problema de investigación como una actividad rutinaria y obligatoria que permite cumplir con algunas condiciones impuestas por las universidades; pero puede suceder que el problema de investigación lo halle a uno y se establezca una conversación que podrá prolongarse por mucho tiempo, más allá del cumplimiento de un trámite formal para obtener un título universitario.
A veces olvidamos que puede suceder que el investigador haga su problema de investigación  y que el problema haga al investigador. Este encuentro se vuelve crucial, aunque pocos lo perciban. Adoptar un problema de investigación puede entrañar una experiencia decisiva para buena parte del destino de un investigador. La adopción de un problema de investigación puede ser el inicio de una trayectoria definida y, por tanto, la construcción de la propia personalidad del investigador. En este mundo de la hiper-especialización, la elección de un problema de investigación es entrar en un microcosmos disciplinar, comenzar a hacer parte de una conversación en una comunidad científica muy particular.
Un problema de investigación escogido en un arduo proceso reflexivo puede significar, además, el inicio de un largo y sinuoso camino cuyos resultados y satisfacciones no se verán ni pronto ni todos los días. Un problema es una continua y prolongada conversación que forja la personalidad del investigador, lo somete a desafíos, a carencias, a debates, a derrotas y a pequeñas o grandes glorias, al reconocimiento momentáneo de sus hallazgos. Un problema es, muchas veces, la punta de un iceberg, un pretexto para agregar consecuentes y nuevas preguntas que necesitan alguna respuesta nuestra. Investigar, así, se vuelve un compromiso permanente en que cada día contiene una pequeña aventura.
Un verdadero investigador se descubre en esta situación. Si ha escogido un problema para salir del paso, para cumplir con un rito de la academia universitaria, para complacer las exigencias de un profesor, para no desentonar en un grupo, pronto abandonara su preocupación porque fue superflua. Una convicción débil está acompañada de una curiosidad muy superficial; allí no hallaremos nada sistemático ni permanente; estaremos ante alguien cuyas preocupaciones serán efímeras y sus aportes científicos muy discretos, por no decir que mediocres.
Un verdadero investigador se pule en las asperezas de cada día, quizás sin saber del todo en el lío que se ha metido. Llegará el momento en que comprenda que ha tomado una decisión definitiva para su vida, que cada avance lo ha comprometido y luego verá que su hoja de vida comienza a contener una personalidad; el investigador se ha vuelto especialista en algo muy determinado, está inmiscuido en una competencia entre amigos, enemigos y colegas. Varias veces habrá pensado en evadir su situación, en dedicarse a otros menesteres; sin embargo, su nombre propio ya es inseparable de un área de estudios y se sentirá irremediablemente atrapado.
Esas situaciones parecen muy raras, casos excepcionales que nutren muy de vez en cuando un microcosmos disciplinar; creo que no es así. Los casos son frecuentes y revelan personalidades jóvenes y talentosas; su impulso suele ser un reto para un sistema de investigación muy precario, como el nuestro. De modo que lo más posible es que muchas trayectorias investigativas queden truncas o forjadas en condiciones muy adversas. Todo ese entusiasmo de jóvenes investigadores se vuelve rápidamente amargura de decepción. Entonces del entusiasmo se tiene que pasar a la obstinación, a la pertinacia. Ese es otro aditamento, casi inesperado, en la formación de un investigador.    

domingo, 17 de julio de 2016

Pintado en la Pared No. 142-La investigación en ciencias humanas (III)

El misterio del problema

Parece claro que los problemas de investigación surgen en medio de una tensión y que el investigador es un sujeto situado en ese cruce de tensiones. Al formular su problema de investigación revela una decisión importante porque es una adhesión a algo, porque ha elegido situarse en algún lugar. Y decíamos que lo ideal es la búsqueda de  un punto de equilibrio, de una especie de síntesis. Sin embargo, hallar esa síntesis no es sencillo  porque exige auto-consciencia. Entre otras cosas, no es sencillo porque esa introspección no se enseña o practica de modo sistemático, pertenece a una órbita de formación individual o a una excepcional relación con uno o varios maestros. En los talleres o seminarios de investigación no debería hablarse de inmediato de métodos o prácticas o procedimientos; quizás sea mejor empezar por descifrar cuál lugar ocupamos y cuál pretendemos ocupar en nuestros campos de conocimiento.
La investigación no es un acumulado de técnicas de pesquisa; la investigación retrata actitudes nuestras ante la vida, delata adhesiones y hasta intransigencias. Múltiples fuerzas externas nos moldean. Los debates, las modas temáticas, los autores canónico son, en buena medida, sucesos disciplinares en que intervienen instituciones, grupos sociales, organizaciones políticas. Cada uno de esos agentes quiere tener algún control de los campos de saber, quiere imponer agendas y prioridades; además luchan por recursos para la investigación. Nuestras disciplinas no santuarios ni lugares asépticos; la pureza disciplinar no existe y, en consecuencia, los sujetos investigadores estamos hechos por nudos de interferencias. Eso sí, un sujeto investigador que sea reflexivo sabrá buscar una solución, así sea provisoria, en ese universo de tensiones e intereses.
Ser reflexivo significa saber situarse, saber decidir en cuál lugar ha decidido situarse según el problema de investigación que ha escogido. Visto así, un problema de investigación es toda una revelación, para sí mismo y para los demás. Pero llegar a ese momento crucial, tan determinante, merece un ejercicio de auto-análisis que, insisto, no suele ser el principal ejercicio formativo de los investigadores.
Pierre Bourdieu hablaba, al respecto, de la vigilancia epistemológica y le daba importancia a un ejercicio auto-biográfico. En todo caso, la reflexividad del sujeto que investiga es una premisa formativa. Aprender a situarse no es la búsqueda de una solución personal, casi íntima al modo de situarse en la vida de una u otra forma de conocimiento en las ciencias humanas; no se trata simplemente de eso. Se trata, mejor, de entender el pasado, el presente y el futuro de nuestras disciplinas y el lugar que nos ha correspondido en ese amplio paisaje; es el esfuerzo por entender cuál es el margen de maniobra que tenemos para movernos en un campo de saber. Situarnos significa saber, por ejemplo, cuáles han sido las corrientes y tendencias fundacionales de un saber; cuáles han sido los hallazgos y vacíos; cuáles han sido y son las agendas de investigación de las instituciones, los grupos sociales y organizaciones políticas que nos rodean y cuáles son los grados de interferencia de todo eso sobre nosotros.

Ese examen dilucida, pone ante nosotros un panorama de posibilidades, estrecheces y hasta mezquindades; nos informa acerca de rivalidades, obstáculos y aliados estratégicos. Y ese examen no puede ser solitario; es una conversación, como si fuese un acto terapéutico. Es un pensamiento en voz alta en que intervienen nuestros compañeros de generación, nuestros condiscípulos, nuestros tutores o maestros. Es una conversación con ese microcosmos reproductor de influencias y tendencias. Esa actividad debería ser premisa en el proceso de elección de un asunto de investigación; supone que ayuda a darle fundamento existencial a lo que va ser nuestro problema de investigación. Elegir un objeto de estudio es una elección que vincula algún grado de pasión, de amor por algo. Un objeto no se elige por un simple procedimiento atado a la letra menuda de un manual de investigación. Un objeto es nuestro objeto de estudio por una razón que hay que saber explicar. Ese objeto nos acompañará por un buen tiempo, ayudará a definirnos, nos pondrá en un lugar del universo disciplinar; así que no se trata de una elección baladí. Tiene el encanto de un misterio. 

martes, 14 de junio de 2016

Pintado en la Pared No. 141-La investigación en ciencias humanas (II)



Qué se investiga y cómo se investiga en las ciencias humanas son preguntas que nos hacemos con frecuencia en las universidades. ¿De dónde salen los problemas de investigación? Eso equivale a preguntarnos de dónde surgen nuestras preocupaciones o, quizás mejor, qué delatan esas preocupaciones. Lo que nos interesa investigar surge de muchas partes, pero procede principalmente de nuestras relaciones con la sociedad, con el mundo, con la vida. Alguien decía que investigar en las ciencias humanas proviene de un ejercicio de auto-psicoanálisis. Quienes investigamos y dirigimos investigaciones de nuestros pupilos sabemos del complejo proceso de definición de un problema de investigación o de un objeto de estudio; muchas veces es un auténtico parto de los montes. Decidir qué investigamos es una manera de situarnos en el mundo, es una manera de revelar cómo queremos situarnos en el mundo. Escoger tal o cual fragmento de la vida social para estudiarla nos define, dice mucho de nosotros como investigadores, como seres humanos; señala tendencias, afectos, militancias, gustos, opciones de existencia. Un resorte de motivación de nuestras prioridades en investigación es nuestras adhesiones; si pertenecemos a algo, esa pertenencia nos sitúa en un régimen de valoraciones, de expectativas.
Ese tipo de motivaciones es muy frecuente, por no decir que predominante, y es el que menos me agrada porque delata a un investigador que depende de la red de relaciones en que está inmerso. A eso lo pueden llamar otros “intelectual orgánico”, “intelectual comprometido”, yo creo que se trata, mejor, de un ser demasiado obediente, demasiado subordinado a lo que la pertenencia a algo le indique. Su agenda es una agenda que proviene de lo que el grupo al que pertenece le ha indicado; asume como su deber primordial responder por las aspiraciones de su grupo. Quiere satisfacer de modo inmediato al lugar social en que se ha situado. Si es militante en los asuntos reivindicativos del género, hacia allá conducirá todas sus intenciones de investigador; si es miembro de un activismo  que exalta tales especificidades en asuntos étnicos, hacia allá conducirá sus principales preguntas que desea satisfacer; si es una víctima de un grupo armado legal o ilegal, su vida tendrá una marca indeleble y volcará sus esfuerzos de investigador por escudriñar las causas de la violencia de su comunidad más cercana.
Hay otro espécimen cada vez más raro, pero aún existe; aquel ser curioso cuyas preocupaciones son casi obsesiones. Necesita satisfacer su curiosidad y desde muy joven se dedica con pasión a escudriñar. Son espíritus inquietos, casi monotemáticos, que construyen sus propias parábolas; sus vidas, sus comportamientos se han organizado de tal modo que corresponden plenamente con aquello que les obsede. Es gente talentosa y solitaria que se inventa sus problemas y sus propias soluciones. La academia universitaria les sirve de apoyo, pero son fundamentalmente autodidactas, desordenados, generosos en erudición. Algunos que conozco son especialmente fecundos en escritura; son proclives a escribir mamotretos que concuerdan con su espíritu barroco. Repito, no se hallan con frecuencia; son casos excepcionales que se nos atraviesan muy de vez en cuando. Pero existen, por fortuna.
Y están aquellos que privilegian el ritmo sistemático de la disciplina científica a la que se adhieren; son perfectamente institucionales. Absorben metódicamente la tradición disciplinar; trabajan al lado de sus profesores; leen ordenadamente en las bibliotecas, aceptan sugerencias de lecturas, dan informes juiciosos, escuchan y siguen con atención. Son aplicados hasta el servilismo; memorizan detalles biográficos, citan literalmente, ubican con facilidad escuelas, corrientes, tendencias, generaciones que han forjado su campo disciplinar. Sus intereses investigativos son previsibles, corresponden con el dictado de las modas; saben cuáles son los vacíos e intentan colmarlos. Son disciplinados porque siguen obedientemente el ritmo de su disciplina. Suelen ser los mejores estudiantes, diligencian con precisión y rapidez  cualquier formato, llegan puntualmente a cualquier evento, preparan muy bien sus exposiciones, reciben fácilmente financiación para sus proyectos. El éxito y el reconocimiento parece asegurado, salvo si no se les atraviesa el duende del desorden y se pierden en un amor desenfrenado o en las bocanadas de un alucinógeno que los deja extraviados en un paraíso artificial. Pero, en fin, están hechos para subir con paciencia los peldaños de la disciplina y agregarle a la ciencia unos cuantos adoquines sólidos.

Estas tres variantes del investigador en las ciencias humanas pueden darse completamente puras, ajenas a la mezcla. Pero las mezclas, además de ser posibles son necesarias. Lo ideal, a mi juicio, es el equilibrio entre ellas. Tener un poco de cada cosa: ser un individuo con relaciones en el mundo, con preocupaciones propias de un ciudadano activo; ser  un individuo con inquietudes propias, forjadas en la intimidad de sus dudas y obsesiones;  y ser un individuo dispuesto a conocer el capital simbólico de la disciplina para saber dónde están su carencias o sus excesos. 

sábado, 14 de mayo de 2016

Pintado en la Pared No. 140


La investigación en ciencias humanas y sociales

Parece drástico prometerle al científico social un mundo amargo de desprecio. Ni sus colegas ni el público general lo verán como un héroe; al contrario, será un elemento raro que crea disonancia, incomodidad. Su situación no habla mal de él, habla mal de dos cosas: de la índole de su universo disciplinar y de la índole de la sociedad en que es ciudadano. El universo disciplinar está hecho de legados, tradiciones, reglas, autoridades más o menos bien establecidas, más o menos respetables. Gracias a eso existe algún grado de institucionalidad, autores clásicos, premisas fundadoras; gracias eso existen las universidades y ciertas carreras universitarias con sus ritos y sus relativos honores; pero ese universo disciplinar también está sometido a fuerzas externas muy poderosas; a las prioridades del poder, a la competencia simbólica diaria que vuelve más importantes y distinguidos ciertos saberes. Un sociólogo o un filósofo o un historiador no pueden competir fácilmente con la autoridad del economista, del médico, del ingeniero. Aunque las experiencias contemporáneas señalan el derrumbe de muchos ídolos, unos todavía tienen el aura sagrada que les sirve para marcar la diferencia. En las mismas universidades, los médicos, los ingenieros, los abogados conservan mayor margen de poder y participan con mejores cuotas de la administración universitaria que otras profesiones. En casi todas partes, las ciencias humanas son incómodas, poco rentables y dependen de la compasión de los congéneres. Y cuando ni siquiera existe compasión, las cosas empeoran.
Ante esos desafíos, el científico social necesita construir su propio mundo, con hermetismo. Todos los días camina a la defensiva, intenta exhibir su importancia, negada hasta por los más cercanos. La autoestima está en continua negociación y se debate en una permanente e ineficaz feria de las vanidades. Pero muchas veces no percibe que toda esa gesticulación, además de fatigante, es la mejor prueba de su derrota en la vida social. Auditorios escasos, colegas envidiosos, oficinas precarias hacen parte de las precarias condiciones que ayudan a construir su trayectoria. Hundido en peleas mezquinas entre colegas, lo poco que puede producir se sitúa en un mercado cultural muy reducido, en una órbita de comunicación poco nutritiva.

Siendo así, ¿de dónde puede venir la fuerza que impulse a un científico social a llevar una vida intelectualmente productiva, a participar de procesos formativos de nuevas generaciones de investigadores, a construir una comunidad de saber? Volvamos a decirlo: de la capacidad para crear su propio mundo, de su capacidad de abstracción. Sustraerse de las hostilidades del entorno. Pero, ahora bien, qué significa construir su propio mundo hasta que podamos, decir, que ha construido un mundo propio.  

lunes, 25 de abril de 2016

Pintado en la Pared No. 139-La investigación en ciencias humanas y sociales (1)


Un libro, que puede ser imprescindible en cualquier curso introductorio para aquellos que se inician en las ciencias humanas y sociales o en las humanidades, dice que las ciencias sociales adolecen de varios defectos; uno de ellos es su heteronomía, lo que significa su vulnerabilidad ante factores externos a los del propio saber. En las ciencias humanas y sociales, múltiples factores y agentes externos inciden en la vida de las disciplinas que deambulan bajo el paraguas de las humanidades o las ciencias humanas y sociales.
El estatuto “legal” de las ciencias humanas y sociales es muy débil, deja penetrar fácilmente las presiones externas. Su agenda parece expuesta a motivaciones que no provienen de la vida propia de la disciplina. Su régimen de sanciones y de censura es muy débil: cualquiera puede entrar y salir de las ciencias humanas, decir y hacer algo sin ser advertido o rechazado o denunciado por sus inconsistencias. Las ciencias humanas y sociales, por tanto, no solamente se forman o deforman con las discusiones entre los pares científicos que han logrado alguna autoridad en el desarrollo de una u otra disciplina, su personalidad también depende de las injerencias externas, de los transeúntes que en nombre de algún retazo del mundo social se sienten autorizados para decir algo con presunción científica.
Son, en consecuencia, ciencias porosas cuyos científicos padecen un doble esfuerzo: persuadir a sus colegas y persuadir el mundo social que lo asedia. Pero a ese doble esfuerzo se agregan otras dificultades; el propio mundo interno de las disciplinas no es muy sólido, las inconsistencias, los fraudes, los defectos y los excesos pueden prosperar porque no hay una rígida censura. La autoridad científica se construye de modo muy relativo, muchas veces depende de los posibles consensos intersubjetivos. Puede haber acuerdos y aprobaciones sobre una falsedad y, al contrario, una verdad finamente construida puede sufrir de ostracismo.
El científico social puede sentirse encerrado en varios mundos hostiles; el del escaso reconocimiento dentro de su universo disciplinar y el de la escasa y hasta nula incidencia en la sociedad. Y puede suceder todo lo contrario, un dudoso científico puede haber conquistado con sus encantos a un auditorio incauto dentro de las ciencias humanas y, al tiempo, gozar de una audiencia solicita en el mundo exterior. Por eso es que muchísimas veces el silencio y la soledad son un buen indicio de algo importante. Claro, eso será percatado por alguien sensato en su soledad de otro tiempo. Habituarse a esa trayectoria en el mundo de las ciencias humanas y sociales debería hacer parte del proceso formativo; el fracaso social del científico humanista debería ser un sello de su identidad.    
El libro referido es: Pierre Bourdieu, El oficio de científico. Ciencia de la ciencia y reflexividad. Curso del Collège de France, 2000-2001, Barcelona, Anagrama, 2003 (2001)


martes, 12 de abril de 2016

Pintado en la Pared No. 138

Francisco José de Caldas
Es el año del bicentenario de la muerte de Francisco José de Caldas. Su nombre aparece en muchos lugares públicos del país queriendo recordarlo en relación con el origen trágico de la nación colombiana. Su nombre se asocia con un martirio, con un sacrificio, con un momento heroico; pertenece, dijo alguien, a una generación trágica. Colombia no se distingue por tener abundantes lugares de fijación de la memoria, pero entre lo poco que tenemos en los sitios públicos aparece, aquí y allá, el nombre de Francisco José de Caldas.
Los historiadores colombianos hemos hecho un esfuerzo, no el suficiente, para entender su vida. Hay algunos ejercicios biográficos y algunos exámenes monográficos de aspectos muy precisos de su trayectoria. Aun así, su vida truncada por el fusilamiento de 1816 alcanza a mostrar los dilemas que tuvo que enfrentar un hombre ilustrado criollo. Caldas intentó ser hombre de ciencia, hombre de acción política y, en últimas, hombre influyente en la organización de la sociedad. Primero creyó que por la vía de la ciencia podía tener injerencia en el control de la sociedad, que se volvería funcionario imprescindible en los propósitos reformistas de la Corona; luego se inclinó por la publicidad del cambio revolucionario y fue difusor de las virtudes de un nuevo orden político.
Como científico, se adhirió al principio ilustrado de la utilidad del conocimiento en el gobierno de los hombres. La ciencia tenía sentido si contribuía al dominio imperial, a la administración de los recursos naturales y de la población. Como criollo letrado padeció la lejanía con respecto a los lugares estratégicos europeos en la producción de novedades científicas; se sintió aislado de los circuitos de producción y circulación del libro científico e intentó sacudirse de su soledad con un esfuerzo inventivo que alcanzó a brindarle alguna notoriedad, pero no la suficiente para adquirir autoridad, ya fuese como funcionario o como hombre de ciencia.
Dirigió un periódico que reunía el pensamiento científico de la élite criolla neogranadina, el Semanario del Nuevo Reyno de Granada; allí fue vocero de un proyecto ilustrado de variado espectro. Bajo la dirección del “sabio” Francisco José de Caldas, varios escritores propusieron sus memorias científicas que incluyeron proyectos de reforma de la educación y en la administración de la Iglesia católica; la pretendida escritura “científica” estaba guiada por la intención de ser útil al gobierno y a la sociedad hablando de asuntos de “primera necesidad”, según el anuncio del prospecto de 1808. Al inicio, Caldas exhibió su interés por los conocimientos geográficos en estrecha conexión con su utilidad política: “La Geografía –decía- es la base fundamental de toda especulación política; ella da la extensión del país sobre que se quiere obrar” (F.J. de Caldas, “Estado de la Geografía del Virreinato de Santafé de Bogotá…”, Semanario del Nuevo Reyno de Granada No1, enero 3 de 1808, p. 1). La ciencia tuvo en el Semanario neogranadino un inmediato vínculo con expectativas políticas y presentaba un denso pensamiento criollo ilustrado, de funcionarios que estaban dispuestos para asumir labores tutelares en el conocimiento del territorio y de la población. Por eso no sorprende que el fundador de este periódico haya pasado, casi de inmediato, de la redacción de memorias científicas, bajo la vigilancia virreinal, a la responsabilidad de la publicidad política en el momento del tránsito revolucionario concretado en la existencia de una Junta Suprema en Santafé de Bogotá.

El nacimiento del Diario Político de Santafé de Bogotá obligó a Caldas a cumplir una función publicitaria central, algo que ya había hecho en su Semanario, pero esta vez el énfasis estaba en la auto-representación de un personal criollo. Caldas había pasado a una situación contigua, era el criollo exaltado que, por vía del prestigio de la ciencia o ante una transitoria situación política privilegiada, veía la oportunidad de ejercer una labor persuasora y de tutela sobre la sociedad. Los hombres ilustrados que, en el Semanario del Nuevo Reyno de Granada, habían hecho exhibición de conocimientos científicos sobre la naturaleza y la sociedad, y que se postulaban para ejercer funciones tutelares, se traslaparon en un nuevo periódico, cuyo fin primordial era informar de los eventos políticos y de promover una rápida y apremiante unidad en torno a la nueva forma de gobierno. En ese traslape, el científico, el sabio ilustrado, pasó a ser ciudadano, miembro activo de un cuerpo político en busca de consolidación que ya se sabía capacitado para tareas de gobierno.
La vida trunca del “sabio” Caldas, su paso de la ciencia a la política fueron el preludio histórico de lo que les sigue sucediendo a muchos científicos e intelectuales en Colombia. Ante el angosto y subordinado mundo de la ciencia, ante la mezquindad de un medio muy dependiente de la estructura del poder, los intelectuales nos deslizamos a la política en busca de la autoridad y el reconocimiento que no se consiguen fácilmente intentando crear algo en el frágil ámbito de la ciencia. Su tragedia es la tragedia institucional continua de la ciencia en Colombia, de ahí la ironía que una institución como Colciencias, hoy, haya adoptado su nombre como guía.


viernes, 18 de marzo de 2016

Pintado en la Pared No. 137-El Estado del post-acuerdo en Colombia


El proceso de paz en Colombia, no importa si su desenlace será feliz o desgraciado, puso de moda hablar sobre el Estado. Cuando ciudadanos y académicos tratamos de imaginar el futuro inmediato, vemos en toda su desnudez nuestro raquítico Estado; es decir, se pone en evidencia que uno de los factores que han provocado múltiples conflictos en Colombia es la debilidad histórica de nuestro Estado. La historia de un Estado precario es mucho más larga que el conflicto con las guerrillas; es decir, el Estado es un problema longevo que ha sido, sin duda, uno de los factores que explican el origen de diversas organizaciones armadas que le han disputado soberanía territorial. Y al mismo tiempo que es un factor explicativo también es, en perspectiva, uno de los retos que la sociedad colombiana tiene que afrontar. ¿Qué tanto Estado tenemos para garantizar el cumplimiento de lo acordado en La Habana? ¿El Estado colombiano estará en capacidad de imponer el monopolio legal de la fuerza y, además, de erigirse en el aparato regulador del proceso reorganizativo del país?

Pensar el Estado en este momento de transición y de incertidumbre es una exigencia intelectual impuesta, en muy buena medida, por las circunstancias nuevas y por tanto desconocidas en que vamos a vivir en Colombia. Acostumbrados a diagnosticar acerca de nuestra larga violencia nos queda muy difícil imaginar o preveer cómo será un futuro con un movimiento guerrillero desactivado. Precisamente, la desactivación y reconversión de una vieja guerrilla es uno de los desafíos de la negociación en La Habana y del Estado colombiano. ¿Cómo comprobar la entrega de las armas? ¿Cómo reinsertar en la vida civil a individuos acostumbrados a la vida militar? ¿Cómo evitar que la militancia de la guerrilla se difumine en bandas criminales o adhiera a otros movimientos guerrilleros?

Uno de los grandes temores es que la violencia, antes orientada por rótulos más o menos precisos, se difumine y se vuelva difusa. Eso entraña poner en duda, otra vez, la capacidad coercitiva de nuestro Estado. Aunque es cierto que hoy la fuerza pública es mucho más fuerte y mejor dotada, sigue siendo incapaz de ejercer control en las zonas limítrofes con países vecinos y en varias regiones no ha podido contener la formación de bandas criminales.

A esa debilidad de las fuerzas armadas del Estado hay que agregar la dificultad para erigir un aparato burocrático racional y moderno. El sistema de justicia, el personal diplomático, el servicio civil no son estructuras del Estado construidas según requerimientos técnicos y el reclutamiento de personal no está basado en los méritos. Esos cargos están corroídos por el clientelismo y formas de acceso y ascenso fraudulentos que atentan contra el funcionamiento eficaz del Estado.

Los poderes locales tienen en muchos lugares de Colombia una lógica mafiosa de distribución (eso incluye a varias universidades públicas) y eso dificulta que haya un Estado simbólica y materialmente fuerte, garantía de cohesión en torno a postulados organizativos en el control de recursos públicos. Los tiempos inciertos y tensos del post-acuerdo imponen el reto de la reconstrucción estatal que incluye todas las esferas de su funcionamiento.

Vamos hacia una encrucijada. La paz por venir no es un paisaje apacible; al contrario, entraña un reto enorme: rehacer el Estado para que pueda ser un aparato que convoque y lidere una reconstrucción de la nación. Estamos acostumbrados a vivir en un mal Estado; una estructura que funciona mal, que administra mal, que no produce confianza en la ciudadanía. Pensar en un nuevo  Estado es, ahora, un reto intelectual colectivo. Por eso un grupo de investigación de la Universidad del Valle ha optado por su estudio sistemático e iniciar una reconstrucción histórica en múltiples sentidos. El seminario permanente que comenzará el 30 de marzo es la primera puntada de un enjundioso proceso de estudio colectivo. 
   



  

domingo, 14 de febrero de 2016

Pintado en la Pared No. 136

Las universidades de provincia
El acumulado de escándalos ha ido demostrando que, en Colombia, el sistema universitario es una cosa muy vulnerable, fácil de ser permeado por los intereses privados, los afanes de lucro, mafias locales. El sistema universitario colombiano retrata la precariedad del Estado; universidades que funcionan sin cumplir las mínimas condiciones de calidad; universidades que pagan muy mal al personal docente; universidades sin tradición y sin horizonte investigativos; universidades sin sedes dignas. Y a eso se añade la arbitrariedad de los poderes locales en que, incluso, participan  grupos armados de muy variada procedencia.
Una primera mentira que rodea al sistema universitario en Colombia es que es público; por lo menos aquellas universidades que tienen al lado el adjetivo de públicas, están controladas por grupos de poder que reparten la torta burocrática en cuotas. Unas universidades están dominadas por ciertos partidos políticos o por organizaciones religiosas; en otras interfieren esa mezcla cada vez más ostensible de delincuencia del narcotráfico, dirigencia política local y un testaferrato seudo-académico (profesores con vínculos externos cuestionables y peligrosos).
Otra mentira,  consecuencia de lo anterior, es aquella según la cual hay autonomía universitaria. En las universidades “públicas” colombianas suele funcionar un calendario electoral que muchas veces sincroniza con las elecciones generales en el país. En el mismo año que se elige un gobernador,  también es el año de elección de rector y muy cerca vienen otras jornadas electorales para cargos de mediana importancia en las universidades. A eso se añade que la elección de gobernadores en los departamentos de Colombia tiene implicaciones en las decisiones que luego tomará el consejo superior de cada universidad; no puede haber autonomía universitaria mientras los resultados electorales, en nuestras regiones, inciden en la vida universitaria.
Las mismas universidades tienen un agitado ritmo electoral propio para elegir o al menos postular desde las más básicas hasta las más altas dignidades. Ese ejercicio de la democracia representativa en las universidades es un agregado compulsivo al trajín universitario; profesores que piensan más en un voto o en un cargo que en investigar o escribir o, al menos, preparar bien una clase. A eso se añade que la ambición electoral suele desplazar los atributos del mérito acumulado y pone a funcionar otras destrezas poco académicas, pero eficaces. Las buenas relaciones del candidato con las élites locales, incluso los tradicionales lazos de parentesco, amistad o vecindad; la capacidad para conseguir aliados electorales mediante acuerdos clientelistas; compra y venta de favores. Las universidades se vuelven micro-cosmos del debate electoral, con pequeños profesionales de la política lugareña que han tergiversado los propósitos originales del lugar institucional en que existen.

En provincia, la vida electorera de las universidades es más acentuada; las arbitrariedades de los poderes locales se revuelcan con insistencia para no dejar escapar contratos, cargos, prebendas, honores. El post-acuerdo de paz en Colombia deberá aprovecharse para tratar de enmendar la condición de esas universidades de provincia cuya misión y cuyas funciones han sido alteradas por esos micro-poderes. Ellas también deberán entrar en un proceso de transición de su organización interna, en una redefinición de sus prioridades y de sus métodos de trabajo.          

lunes, 25 de enero de 2016

Pintado en la Pared No. 135


El Parque Nacional del Café y el desastre quindiano

Extranjeros y nacionales conocen, en Colombia, la región del Quindío, otrora región insignia en la producción de café y privilegiada con uno de los suelos más feraces del país, apto para muchos tipos de cultivo. En uno de los municipios más tradicionales de la hoy llamada cultura cafetera, Montenegro, fue instalado el Parque Nacional del Café, un atractivo turístico que mueve miles de millones de pesos anuales y que le ha dejado enormes ganancias…¿A quiénes? A los propietarios del parque, por supuesto, porque ni a los habitantes de ese municipio ni a la región les ha generado beneficios importantes.
La creación del Parque Nacional del Café, en 1995, fue una inteligente alternativa de algunos empresarios que vislumbraron el derrumbe de lo que había sido uno de los principales productos de agro-exportación para Colombia; el nacimiento del parque en el corazón de la economía cafetera demostraba que el café se había vuelto asunto de museo y de historia, que se quedaba como un adorno en el bello paisaje de tonalidades verdes de esa región. Desde entonces ha habido un drástico cambio de ese paisaje; donde hubo plantaciones de café ahora hay piscinas, cabañas de hospedaje, hoteles y polución de ruido sobre todo en los días de temporada alta del turismo. A eso se agregó la intensificación del comercio sexual, una sección paralela y perversa que nació con el señuelo del turismo.
Después de veinte años de existencia de ese parque que concita a tantos turistas de diversos lugares de Colombia y del mundo es bueno hacer balances; ¿de qué les han servido a las gentes del Quindío los cambios que sobrevinieron con esa atracción turística? Sin duda, hubo generación de empleo, hubo alternativas para aquellos parceleros que ya no podían vivir de solamente cultivar café y plátano. Pero, en términos generales, unas cuantas cifras demuestran que las dichas del agro-turismo caminan por un lado y la realidad áspera de la gente del común va por otro camino.
Hoy, el Quindío y su capital, Armenia, encabezan sistemáticamente, desde hace más  de un lustro, las listas de desempleo en el país. Hoy, Montenegro, la sede del parque, tiene la cifra más alta de Colombia en embarazos de mujeres adolescentes y es el municipio colombiano más violento, con la mayor tasa de homicidios. Y no hablemos del alto nivel de corrupción de su clase dirigente; de los niveles que ha alcanzado el micro-tráfico de drogas que ha llevado a la tugurización de la capital quindiana.
No vamos a culpar al Parque Nacional del Café por el preocupante retroceso de una región que parecía el paraíso; de hecho, una parte del paisaje que se inclina desde Armenia hacia el Valle del Cauca se le conoce como El Edén. Pero sí podemos decir que el turismo en la antigua región cafetera no ha sido la panacea; le ha servido a algunos pocos y no ha producido cifras generosas de bienestar social. El Quindío acumula problemas sin resolver y el turismo está lejos de ser una de las soluciones.
La clase dirigente es una de las grandes responsables del atraso de la región; su ubicación estratégica en la comunicación del occidente y el centro del país, la ha vuelto un lugar esencial para el comercio interno de drogas ilícitas, para la especulación con la propiedad de la tierra, para las disputas territoriales de grupos de narcotraficantes. Esa clase dirigente se ha lucrado con negocios turbios y lo que es, todavía, una reserva natural para el país, comienza a volverse una zona de deterioro ambiental, de ruindad para el pequeño propietario del campo, de peligro para los habitantes de la capital quindiana. 
Mientras tanto, el Parque Nacional del Café sigue funcionando como un mundo aparte en que la superficial visita del turista no alcanza a sospechar las dificultades con que se sobrevive en la que fue una de las regiones más bellas, más ricas y apacibles de Colombia.



viernes, 15 de enero de 2016

Pintado en la Pared No. 134


El país del post-acuerdo

Cuando comenzamos cada año, ensayamos a ser adivinos o profetas. Ni el Estado con sus estadísticas y sus técnicos ni el Destino con sus fatalidades ni Dios con sus designios nos parecen suficientes. Total, ni el Estado ni el Destino ni Dios nos dicen grandes cosas, por eso no merecen tanta mayúscula. Quizás el fluido de la historia con sus recurrencias, con sus momentos semejantes que pueden compararse, nos permite tener algún punto de referencia para no ser completamente arbitrarios con nuestros presentimientos.

Colombia se acerca a un momento que muchos llaman el del post-conflicto, luego de una inminente firma de un acuerdo de paz entre la guerrilla denominada Farc y el gobierno del presidente Juan Manuel Santos. Con la pretensión de ser más precisos, y también escépticos, otros preferimos hablar de un post-acuerdo. Hablar del fin de un conflicto con la firma de un acuerdo en La Habana entre dos poderes que emplearon sus armas para enfrentarse por más de medio siglo es una ilusión mal formulada. Un pensador de estos asuntos advirtió en alguna parte que estamos ante la aplicación de un principio de la política en que los poderes enfrentados han decidido continuar la guerra por otros medios. “Hay que descifrar la guerra debajo de la paz” (Michel Foucault, Defender la sociedad, p. 53). Las Farc y el Estado colombiano seguirán enfrentados por las mismas razones de los orígenes de ese movimiento armado. Es posible que el país haya cambiado lo suficiente como para seguir enfrentados con otros recursos; pero no tanto como para que caigamos en la molicie de un edén en que todo es música angelical y armonía de niños bulliciosos en un parque.

El país seguirá siendo muy desigual; seguirá siendo violento, con poderes y micro-poderes locales muy arbitrarios. La clase política seguirá siendo superficial e irresponsable; por tanto, nuestras ciudades serán cada vez más feas y peligrosas. Habrá una transición muy difusa, con una institucionalidad ambivalente que no logrará fácilmente afirmar lo pactado en La Habana. La tierra no será devuelta a quienes la habían perdido en forma cruenta, bajo la arbitrariedad de grupos armados. Viviremos en medio de situaciones volátiles alimentadas por odios difíciles de desterrar. Ni víctimas del conflicto armado ni la derecha recalcitrante ni los más crédulos con el proceso de negociación se sentirán tranquilos. Todos habremos perdido algo y conquistado una calma tensa que disparará sus rencores por aquí y por allá. El país seguirá creciendo, llenándose de gente, carros, asfalto y mascotas, pero seguirá siendo un país desordenado, irresponsable, acostumbrado a caminar por el filo de la navaja. 

La idea de revolución, quizás la más afectada en el horizonte inmediato, tanto en Colombia como en América latina, necesitará un lento relevo generacional que le asigne nuevos significados. La revolución política está huérfana de líderes y de programas. Estamos en un momento vacío de pensamiento y de acción en que el principal factor de movilización es la conquista del poder para satisfacer sin piedad los intereses particulares. Nada ha terminado, no hay final feliz de nada. Al contrario, hay que empezar a andar con esta frase elemental: “echando a perder también se aprende”.   

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