domingo, 16 de diciembre de 2012

Pintado en la Pared, No. 80





Parte 4-
La nación inventada
(Entre Manuela y María, la novela de la nación) 

LA DISTOPÍA DE LA REPÚBLICA
[EL ALEGATO POPULAR DE “NUESTRA REPÚBLICA PERFEUTA”].

Manuela está impregnada, de principio a fin, de alusiones históricas. No disimula referirse a hechos pasados inmediatos o a situaciones políticas presentes o futuras: guerras civiles, revoluciones políticas, golpes de estado, elecciones. El nombre de la villa o distrito –el narrador prefiere delatarse usando “el grato nombre de parroquia”- que sirve de escenario principal es de las pocas elisiones significativas, pero aun así no es difícil suponer el lugar posible, cercano al río Magdalena, en descenso más o menos directo desde la alta y fría Bogotá.[1] El personaje masculino principal, Demóstenes, es caracterizado como un “gólgota” y “radical” que ha salido de Bogotá a conocer las villas o distritos próximos de tierra caliente, que ha conocido Estados Unidos y “la vida civilizada”, que leía las novelas anti-jesuitas de Eugene de Sue, que era lector asiduo de El Tiempo y El Neogranadino (periódicos cuasi-oficiales del radicalismo bogotano) y que había sido miembro de un club político de la elite liberal. Todo lo que acontece en la novela está situado en la mitad de 1856, año de elecciones presidenciales, de las primeras y únicas por mucho tiempo en Colombia en que se puso en ejercicio el sufragio universal masculino que los mismos liberales radicales habían hecho aprobar en la Constitución de 1853. En ese año de 1856 se enfrentaron las candidaturas de Manuel Murillo Toro, por los liberales, y el conservador Mariano Ospina Rodríguez, a la postre ganador; precisamente, el triunfo conservador hizo que los liberales radicales fueran, en adelante, los principales enemigos del sufragio universal puesto que favorecía ampliamente a sus rivales.

Capítulo a capítulo va quedando claro que Demóstenes es “ un viajero”, “un forastero” liberal de la antigua facción gólgota, que ya comenzaba a denominarse radical, y que ha salido de la capital a conocer la vida aldeana; el viaje a las provincias ya era en ese entonces una práctica asidua de una elite ilustrada cuyo método había quedado plasmado en la publicación por entregas, en la prensa de la época, a partir de 1851, de los informes de la Comisión Corográfica, y reunidos en una primera edición publicada en 1853 con el título Peregrinación de Alpha, hoy célebre en la literatura proto-científica del siglo XIX y considerado texto pionero de la literatura costumbrista en Colombia. El viajero con su libreta de apuntes, su morral de libros e instrumentos, su criado y su mula, cuadro repetido en muchas ocasiones entre el personal político que salía a conocer su potencial dominio. Casi todos los capítulos hacen parte del itinerario de Demóstenes o, mejor, casi todos los capítulos son escenas que corresponden al periplo del viajero por la aldea. De tal manera que, en cada capítulo, el forastero liberal establece conversación con alguno o algunos de los habitantes de la parroquia. Cada conversación es una lección despiadada que va a quedar consignada en su diario de viaje. Desde antes de llegar a la parroquia, Demóstenes ha ido encontrando gentes que comienzan a informarlo de la situación en aquella región. Primero va a encontrar, en una humilde choza a la vera del camino, a Rosa “la trapichera”; pronto, en el capítulo tres, tendrá el encuentro con el cura de la parroquia. El contraste entre ambos es objeto de detenida descripción: un cura buen lector, instruido en leyes, interesado en elecciones, animador de la medicina homeopática, “algo que para las pobres es excelente”.[2] En el diálogo, Demóstenes hizo rápido la pregunta:
“-Y de elecciones, ¿cómo andamos, señor cura? ¿Usted no votará, no?”.[3]

El cura le responde sin titubeos que, por supuesto, va a votar. Entonces la conversación se anima entre quien se auto-considera miembro de la “escuela socialista” y quien defiende los principios de la caridad cristiana. El cura aprovecha para advertirle acerca de la superioridad tradicional de la iglesia católica, de la autoridad ganada en su feligresía y afirma contundente:

“-A nosotros nos oyen cada ocho días y, se lo diré sin vanidad, nos creen (…) ¿Le queda a usted duda de que nosotros hemos tomado la iniciativa, y de que hemos conseguido mucho?”.[4]

El cura párroco ha buscado a Demóstenes no solamente por el deseo de conocer al forastero; también porque necesita a alguien con quien conversar en un distrito donde casi nadie lee. A pesar de quedar claramente ubicados en orillas políticas opuestas, los une la cultura letrada a la que pertenecen: “Yo no tengo con quién conversar entre semana, sino con mis libros”. El cura sabía, además, que tenía que estudiar para, entre otras cosas, luchar contra el protestantismo y el liberalismo, y que además necesitaba demostrar la superioridad de la caridad sobre la divisa “libertad, igualdad, fraternidad”.

“Lo raro es ver a una persona como usted por aquí”, le dice en el segundo capítulo don Blas, propietario de un trapiche.[5] La observación es buen anuncio de lo que irá acumulándose en la novela. Cada encuentro de Demóstenes pone en evidencia el contraste entre alguien que es emblema de “civilidad”, “buenas maneras” y la gente común de la parroquia. En el capítulo cuatro, conoce a Manuela, mientras ella lavaba ropas en el río. La conversación se concentra en el contraste de las costumbres y normas de etiqueta bogotanas y lo que es costumbre en aquella aldea; lo que puede hacerse en un pequeño distrito pero es imposible hacer en público en las calles bogotanas; el viajero liberal termina por admitir la distancia impuesta entre grupos sociales que parece desvanecerse cuando se vive en la provincia:
“-La sociedad, Manuela, la sociedad nos impone sus duras leyes; el alto tono que con una línea separa dos partidos distintos por sus códigos aristocráticos”.[6]

Manuela lanza un sostenido reproche al visitante; le increpa que existan gentes de “alto tono” y “nosotras las de bajo tono”. La discusión se va concentrando en las diferencias de clase y educación que sellan el lugar de cada grupo de individuos en la sociedad, por eso la lavandera remata así la discusión: “Lo que creo es que la plata es la que hace que ustedes puedan rozarse con todas nosotras cuando nos necesitan, y que nosotras las pobres sólo cuando ustedes nos lo permitan y se les dé la gana”.[7]

Manuela es una muchacha mestiza de diecisiete años que camina casi siempre descalza; el personaje condensa los rasgos y comportamientos de mujeres trabajadoras en el campo, asediadas por el gamonal del lugar, el enigmático “don Tadeo”; sometidas a las exacciones de los propietarios de los trapiches; condenadas algunas a ser madres solteras, como sucede con Rosa; respetuosas de la autoridad del cura de la parroquia –“¿Luego no sabe que es él quien nos dirige?”, advierte más adelante Manuela acerca de la autoridad que ejerce el sacerdote católico. La novela tiene personajes femeninos inquietantes que nos refieren un mundo de inusitado activismo político, existe por ejemplo el “partido manuelista”; también hay mujeres enigmáticas que leen libros prohibidos; en el capítulo séptimo hay una lectora de novelas que además vendía libros y que derivó en el indiferentismo religioso, menudo hallazgo en aquella aldea; Marta, prima de Manuela, “sabía retazos de las cartas de Eloisa a Abelardo”[8]. A veces ellas conversan acerca de sus derechos; las “mujeres pobres” eran, según el relato, “desdichadas arrendatarias”. El reclamo de dignidad en el trabajo y hasta de derechos políticos cruza en diversas voces femeninas la novela: Rosa, Marta, Juana, Clotilde, Melchora; pero la principal portadora de esos reclamos desde el punto de vista de las mujeres trabajadoras es el personaje que brinda el título de la novela. Es Manuela, por ejemplo, quien en Las lecciones de baile, capítulo con tintes alegóricos, mueve la discusión sobre igualdad entre los individuos y sobre la variedad de gustos musicales en una sociedad escindida entre la supuesta gran cultura de la elite y el atraso estético, según la perspectiva del notable liberal, de los sectores populares. El narrador se ha ocupado, en este episodio, de otorgarle realce a las palabras de Manuela, por ella hablan las gentes sencillas que “expresan mejor una idea que los estudiantes de retórica de los colegios”. Mientras aplanchaba encima de una gran mesa, la muchacha le inquiere a Demóstenes acerca de cómo entiende la igualdad de derechos en la sociedad y, principalmente, pone de presente la diferencia entre una igualdad en abstracto y las desigualdades de la vida concreta:
“-Entonces diga usted que una cosa es cacarear y otra poner el huevo; una cosa es hablar de igualdad y otra sujetarse a ella”.[9]   

En otra conversación, Manuela y el huésped liberal discuten acerca del funcionamiento del sistema electoral; otra vez se enfrentan la sabiduría popular de quien ha vivido la movilización disputa lugareña por ganar las elecciones y las consignas del liberalismo generico de alguien que ignora el trasunto de los procedimientos fraudulentos que trastorna con frecuencia lo que considera la médula del sistema político representativo. La república ideal ateniense o romana es evocada por el letrado liberal en contraste con el áspero testimonio de la mujer aldeana. Mientras Demóstenes defendía la frecuente convocación a elecciones, porque según él servían para “que se civilicen los ciudadanos, que se instruyan en sus derechos con el roce de las cuestiones populares de la República, como los atenienses que vivían en la plaza haciendo leyes (…)”; mientras esto argüía el notable radical, Manuela insistía en convencerlo de que “en todo este distrito parroquial nadie sabe qué cosa son las elecciones, ni para qué sirven, ni nadie vota si no le pagan o le ruegan o le mandan por medio de la autoridad de los dueños de tierras o del gobierno”.[10]    



[1] Los posibles distritos evocados son Quipile, Guaduas o San Juan de Rioseco, distritos con producción de cana de azúcar en la época y próximos al distrito de Ambalema, que por entonces, 1857, cerraba un ciclo de auge en el cultivo y exportación de tabaco. La quiebra de ciertas compañías exportadoras con intereses en esa zona es examinada por José Antonio Ocampo, “El sector externo de la economía colombiana del siglo XIX”, en: Adolfo Meisel, María Teresa Ramírez (eds.), Economía colombiana del siglo XIX, Banco de la Republica-Fondo de Cultura Económica, 2010, pp. 199-243.
[2] No es detalle de sobra destacar que el discurso a favor de la homeopatia es patrimonio exclusivo de los conservadores colombianos; Manuel Mariia Madiedo es el maas destacado difusor de las bondades de la homeopatía. No olvidemos que Madiedo es el pensador conservador que mejor adaptó un utopismo socialista en la segunda mitad del siglo XIX, ampliamente leído entre grupos de artesanos. Con las conferencias de San Vicente de Paúl, la distribución de botiquines homeopáticos hizo parte de las actividades caritativas recurrentes; al respecto, Gilberto Loaiza Cano, Sociabilidad, religión y política en la definición de la nación, Bogotá, Universidad Externado de Colombia, pp. 265-288.  
[3] La novela ha tenido múltiples ediciones; hemos preferido utilizar la edición de lujo de la colección, muy bien ilustrada, que alguna vez preparó la Fundación Carvajal, en Cali, cuando la dirigencia política y económica del Valle del Cauca, una de las regiones más ricas en recursos del suroccidente de Colombia, tenía ánimo, dinero y buen gusto para invertir en asuntos culturales. Uso esa edición para rememorar buenos tiempos, que se van yendo, de la producción de impresos en Colombia. Eugenio Díaz Castro, Manuela, Fundación Carvajal, Cali, 1967, p. 27.
[4] Ibidem, p. 29.
[5] Ibidem, p. 19.
[6] Ibidem, p. 37.
[7] Ibidem, p. 38.
[8] Ibid, cap. 11.
[9] Ibidem, p. 85.
[10] Ibidem, pp. 270 y 271. 

lunes, 5 de noviembre de 2012

Pintado en la pared No. 79




La nación inventada 
(Entre Manuela y María, la novela de la nación)

Parte 3
UN ESCRITOR DE RUANA: UN ESCRITOR DE OTRO MUNDO

Según relato, que es testimonio de parte, el 21 de diciembre de 1858, en Bogotá, llegó hasta el cuarto de un prestigioso escritor un hombre vestido con ruana, con “pantalones de algodón, alpargatas i camisa limpia, pero sin corbata i sin chaqueta”.[1] Aquel hombre, que vestía como los “hijos del pueblo”, llevaba “unos veinte cuadernillos de papel escritos” que constituían los borradores de una novela, venía de alguna hacienda de tierra caliente y buscaba en la gris capital un “juez en materia literaria” que examinara sus manuscritos. El perplejo escritor bogotano tenía ante sí la visión poco convencional de un hombre pobremente vestido pero instruido; parece que sintió alivio cuando notó que aquel recién llegado tenía “su piel blanca, sus manos finas, sus modales corteses, sus palabras discretas” que le anunciaban que estaba ante un “hombre educado”. Era un excepcional escritor de ruana al frente de un distinguido escritor de levita; un sobrio campechano, que se había dedicado a escribir confinado en alguna hacienda cercana al caluroso valle del río Magdalena, buscaba en Bogotá el reconocimiento de un trasegado publicista. Ignoraba las finas normas de etiqueta, las sutilezas formales de la apariencia, del buen vestir y buen decir; su perplejo anfitrión era un reconocido exponente de la cultura letrada bogotana, representante de los círculos de la gente de buen tono, conocedor y practicante de las normas de recepción, legitimación y consagración en los exclusivos recintos letrados. El inesperado visitante era Eugenio Díaz Castro y sus manuscritos eran los borradores de Manuela; el otro era José Maria Vergara y Vergara, a quienes sus compañeros de cenáculo lo habían señalado como la persona más adecuada para atender al escritor provinciano.

Díaz Castro había pasado la primera parte del examen de legitimación. Luego de revisarle su indumentaria y sus modales, Vergara y Vergara siguió con las letras de la novela y la vida del autor. “Dijimos que se le disculparían las faltas de su estilo desde que conociera su vida”, había advertido el examinador.[2] Las faltas de estilo estaban provisionalmente perdonadas, pero el humilde escritor tenía que someterse a un proceso de rehabilitación en asuntos de forma; su juez consideró conveniente que se uniera a las reuniones de la asociación de literatos de Bogota; una prolongación de lo que había sido, un par de años antes, el Liceo Granadino; con ese auxilio letrado estaba garantizado el ascenso literario de aquel escritor silvestre: “ligado íntimamente con los muy estimables escritores Carrasquilla y Borda, estimado por nuestros literatos renombrados los señores Ortiz, y animado sin cesar por la obligante y bondadosa cortesía con que el señor J. Arboleda lo distingue, el señor Díaz irá bien lejos”. Todos aquellos nombres evocaban un círculo de escritores netamente conservador, filo-hispánico y pro-jesuita. El procedimiento del grupo letrado reunido en Bogotá fue admitir al raro escritor de ruana recién llegado; había que enderezar sus faltas de Forma (con mayúscula), “la diosa de este siglo literario”, ese era el propósito de un grupo de escritores que, por entonces, ya se insinuaban como los principales propagandistas de la verdad católica.

El relato de ese encuentro entre los dos escritores lo hizo el mismo José María Vergara y Vergara y es revelador de un encuentro entre dos mundos separados. El uno era el escritor trasegado y reconocido, cuya trayectoria le adjudicaba alguna autoridad, a eso le agregaba ser un dirigente político del partido conservador que ostentaba el poder presidencial en cabeza de Mariano Ospina Rodríguez, desde 1857. Para 1858, los dirigentes conservadores, principales beneficiarios de la ruptura entre liberales y artesanos, ya concentraban sus esfuerzos en promover formas asociativas que contribuyeran al arraigo de la institucionalidad católica y, principalmente, a mitigar los conflictos sociales mediante la difusión de las actividades de caridad. Un año antes había sido fundada en Bogotá la conferencia de la Sociedad de San Vicente de Paúl, toda una innovación en los métodos de acercamiento de la Iglesia católica y sus aliados a los sectores populares, porque se trataba del contacto directo con la pobreza. Ese mismo año había retornado al país la Compañía de Jesús, expulsada por los liberales en 1851.

Eugenio Díaz Castro estuvo alguna vez en los claustros universitarios, pero tuvo que interrumpir sus estudios para dedicarse a sobrevivir en las tareas rudas del campo en haciendas de la sabana de cundinamarquesa y luego en aldeas de tierra caliente. Había vivido en las zonas marginales de la república, donde según el determinismo geográfico de los políticos letrados de la época predominaba la barbarie y el desorden, donde era imposible cumplir a cabalidad con cualquier actividad intelectual. A Vergara y Vergara le sorprendió, de inmediato, que un hombre de ruana –vestimenta distintiva de los sectores populares- pudiese ser un escritor. Díaz Castro venia de vivir y escribir inmerso en ese otro mundo; pero, lo que nos interesa, venia con un relato que representaba la vida pública de esos lugares; que contaba lo qué decían, sentían, gozaban y padecían las gentes no letradas que habitaban en ese otro mundo donde no parecían haber llegado las pretendidas virtudes del orden republicano; donde todavía el cura párroco ejercía una autoridad inconmovible, donde no había escuelas de primeras letras ni periódicos ni talleres de imprenta. Era un mundo variopinto que estaba lejos de lo que podían ver los círculos de políticos y letrados anclados en la ensimismada Bogotá.

Los dos compartían, de modo desigual, el atributo de la escritura y ejercían, también de modo desigual, el acto de escribir como herramienta de representación de la realidad. Ahí asoma la diferencia ostensible que caracterizaba a Díaz Castro; en sus manuscritos, con todas las supuestas imperfecciones inherentes, el excepcional escritor de ruana traía la propuesta de cómo narrar ese universo abigarrado, ausente o al menos distante de las discusiones del círculo letrado capitalino. Traía las voces de afuera, describía gentes, costumbres e ideas que no habían estado incluidas todavía en el repertorio discursivo de las élites de la política y la cultura de aquel tiempo. Las incorrecciones, los desaliños de su lenguaje eran el resultado de un acercamiento fidedigno a esos modos de hablar que no estaban incluidos o aprobados en la reglamentación escrituraria de los literatos de Bogotá; su escritura se había cultivado en el contacto íntimo con las gentes de las aldeas polvorientas de una república todavía incipiente. Díaz Castro era, por tanto, poseedor de una perspectiva narrativa que no nos resulta despreciable; era el narrador que había puesto en relación el mundo de la escritura con el mundo todavía sin escritura. El entusiasmo inicial de Vergara y Vergara por la novela que traía aquel rudimentario escritor de tierra caliente debió responder a una doble curiosidad: la de aquello que era objeto del relato y la del método narrativo que había adoptado Díaz Castro. Para nosotros, ahora, el autor de Manuela se nos revela como un intermediario cultural que, en su momento, trató de poner en limpio, en molde impreso, las voces no letradas del universo republicano y de ese modo nos dejó abiertas las puertas de una rica polifonía en la discusión acerca de lo que era y no era, para los olvidados habitantes aldeanos, la nación. Viniendo de abajo a buscar legitimación entre los círculos letrados de Bogotá, Díaz Castro comenzaba a situarse entre dos mundos: del uno tomaba la materia de sus escritos, del uno provenía su experiencia, como lo supo sustentar en muchos de sus relatos; del otro tomaba el dispositivo escriturario, la tradición vertida en normas de correcta escritura.

Y así fue, Díaz Castro aceptó humildemente la posición de un aprendiz y esa condición la aprovechó en el periódico literario El Mosaico, fundado entre él y su consagrado anfitrión. Varios de sus relatos están antecedidos de dedicatorias y notas de agradecimientos para sus maestros de estilo; y enseguida desparramó su experiencia de vida en otras regiones, en contacto con otros gustos, otras costumbres; tomó casos  “históricos” de aquí y allá para demostrar que, por ejemplo, los sectores populares también tenían conocimientos musicales, que entre ellos también existía “la soltura, la elevación y la finura”; que no podía imponerse un universalismo en esa materia y que era necesario saber entender que el país poseía una variedad de aires musicales que, en vez de considerarlos desvíos de una norma, eran indicio de la riqueza en la producción musical.[3] Un escritor como éste evocaba una polifonía que, seguramente, era uno de los atributos centrales –y conflictivos, por supuesto- de su novela Manuela




[1] Jose Maria Vergara y Vergara, “El senor Eujenio Diaz”, El Mosaico, Bogotá, 15 de abril de 1858, pp. 89-91.
[2] Jose Maria Vergara y Vergara, proologo a Manuela, El Mosaico, Bogotaa, No. 2, 1o. de enero de 1859, p. 16.
[3] Eugenio Diaz Castro, “La variedad de los gustos”, El Mosaico, Bogotá, No. 43, octubre 29 de 1859, p. 348. 

domingo, 28 de octubre de 2012

Pintado en la Pared No. 78



La nación inventada

(Entre Manuela y María, la novela de la nación).


 PARTE 2


DE LA REPÚBLICA DE LOS ILUSTRADOS
A LA NACIÓN INVENTADA

Hasta bien entrado el decenio de 1830 se insistió en la necesidad de limitar cualquier ejercicio pleno de la soberanía del pueblo y colocar toda la fuerza de la legitimidad del nuevo orden en la representación política. El punto de partida de la reflexión era la división inevitable de la sociedad en individuos capacitados e individuos poco aptos para las tareas de gobierno. El pueblo como la masa total de los individuos no era el elemento más apropiado para tomar decisiones fundamentales; en El Argos americano de 1810 se afirmaba: “Son muy arriesgadas las elecciones que emanan directamente del pueblo, porque este en primer lugar no se halla en estado de discernir cuáles sean los individuos más dignos de ejercer en tan arduo y delicado ministerio”[i]. Los escritores del decenio de 1820 fueron más aplicados en determinar los límites de la soberanía; por ejemplo, en los periódicos La Indicación, de 1822, y la Bandera tricolor, de 1826, se hizo una sistemática diferenciación entre “la soberanía radical y primitiva”, momento único de superioridad del pueblo como principio fundador de un orden político, y “la soberanía actual o de ejercicio” que era el resultado del “pacto representativo”.[ii] La soberanía popular era un ejercicio efímero –aunque fundador- porque en la práctica gubernativa funcionaba una soberanía de ejercicio que era el resultado de la delegación de esa soberanía primitiva en representantes que habían sabido demostrar las virtudes y los talentos necesarios para ocupar ese lugar en el sistema de gobierno. Por eso, más drástica y claramente, los escritores políticos hablaron de un nuevo principio en el régimen representativo y era aquel según el cual “el ejercicio de la soberanía no reside en la nación, sino en las personas a quienes la nación ha delegado”.[iii]  

Remplazar al pueblo o, mejor quizás, desplazar al pueblo de una constante presencia en la vida pública era la solución ofrecida por el pacto representativo. El único gran momento democrático admisible, el único momento en que el pueblo recobraba su soberanía radical y primitiva era el de las elecciones; en otras palabras, el “poder electoral” debía ser el único momento legítimo y legal de realización de la voluntad soberana del pueblo. Al pueblo le quedaba la facultad de elegir a sus representantes, el ejercicio del derecho de petición y de la libertad de pensamiento; el pueblo podía ejercer la vigilancia y censura de los actos de gobierno, podía imprimir y publicar sus opiniones, y elegir periódicamente a sus representantes. Todo esto, por supuesto, sólo podría hacerlo gente instruida y pudiente capaz de leer, escribir y contratar los servicios de un taller de imprenta. El pueblo reunido para deliberar era “una verdadera usurpación” de los poderes creados por el acto constitucional. Ningún grupo de individuos podría reunirse para deliberar acerca de asuntos que eran potestad exclusiva de los órganos de representación política, especialmente el Congreso. El pueblo, simplemente, al aceptar el pacto de la representación, al confiar en la delegación de poder, se había despojado de su soberanía. Ese despojo de la voluntad general a favor de la voluntad de unos pocos, la instauración y aceptación de las condiciones del “gobierno popular representativo” fueron definidos como “la democracia ficticia”[iv].

La democracia ficticia era la imposición de las virtudes de la democracia representativa porque asomaba como la solución a la imposibilidad – y al peligro- de la “democracia pura”, de la democracia directa. Era la solución a un problema práctico que habían vislumbrado Sieyes, Constant, Burke, Montesquieu, y que consistía en la dificultad de reunir frecuentemente a la “masa general”. Solamente en las pequeñas repúblicas antiguas había sido posible el funcionamiento de la democracia directa; pero, aun así, según también Vicente Azuero, “las reuniones tumultuarias” fueron incluso en las democracias de la antigüedad actos ilegales de fracciones del pueblo. Solucionar el problema práctico de la deliberación popular constante parecería la justificación más inmediata y cierta del despojo de la soberanía popular; sin embargo, la insistencia en la restricción de la actividad deliberativa del pueblo pareció favorecer la consolidación de un personal político activo que necesitaba apropiarse de la misión representativa. Esta apropiación de la misión representativa por parte de un personal letrado que se auto-consideraba el mejor o el único capacitado para las tareas de gobierno, esta confiscación de la soberanía popular para imponer una soberanía de las capacidades distinguió los primeros decenios republicanos y fue un momento discursivo más o menos bien definido en que  el cuerpo de la nación quedó identificado con el cuerpo representativo; es decir, eso que hemos decidido llamar la república de los ilustrados no fue más que la imposición de la soberanía de las capacidades, la soberanía de la razón. Fue un tiempo retóricamente caracterizado por el disenso entre facciones de la élite letrada apropiada de las funciones de la representación política. El pueblo era apenas un principio abstracto evocado para legitimar el ejercicio de la soberanía representativa; pero el pueblo real, el pueblo sociológico concreto había estado marginado, por fuera de las coordenadas de la vida asociativa y de la participación en los asuntos de la polis; el pueblo era la plebe incómoda, volátil, peligrosa que solamente debía ser convocada, fragmentariamente, en los momentos electorales, cuando en la condición básica de los sufragantes parroquiales podía incidir , muy indirectamente, en la elección de los representantes del pueblo.

La necesidad de ganar elecciones propició el nacimiento de “partidos eleccionarios” que convocaban, para alguno de los momentos de las jornadas electorales a los sectores populares que algún beneficio podían extraer de los resultados de una elección. El pueblo era convocado para agitar candidaturas, alterar resultados, sabotear urnas. La expansión de clubes políticos liberales y, en menor medida, conservadores, contribuyó a crear las primeras estructuras nacionales de partidos políticos, algo que se insinuaba desde fines del decenio 1830 pero que tomó consistencia entre 1846 y 1851, cuando el notablato liberal aliado con sectores populares de diverso origen socio-racial instaló en el país un centenar de clubes políticos que sirvieron de escuelas republicanas y difusoras de un transitorio igualitarismo político. El Neogranadino, el principal vocero del liberalismo democrático de mitad de siglo constataba que “las cuestiones eleccionarias han descendido hasta el fondo de nuestra sociedad y conmueven y agitan a multitud de gentes que antes no las comprendían ni las apreciaban”.[v] Sin embargo, la dirigencia liberal, al comienzo orgullosa de haberle dado la palabra a las gentes del pueblo, pronto se percató, en 1851, de las consecuencias funestas de esa expansión democrática y dio marcha atrás y se replegó en clubes políticos elitistas y trató de fijar una línea fronteriza con las asociaciones que habían aupado. Lo sentenció José Maria Samper, uno de los patricios liberales que fomentó el florecimiento asociativo de aquella coyuntura: “La gloria del partido liberal se detuvo en 1851”.[vi]

Entre 1850 y 1851 creemos hallar un punto de quiebre histórico; la ruptura entre artesanos y liberales impulsó una eclosión de escritura identitaria entre los artesanos que ya se sentían decepcionados con una alianza que terminó convertida en retaliaciones de parte y parte.[vii] Varios artesanos, habituados a pequeños cargos públicos y con formación autodidacta publicaron varios libelos, sostuvieron periódicos, apelaron a un lenguaje llano para un auditorio compuesto por sus cofrades, como supo advertirlo uno de esos periódicos publicado por los artesanos de Cartagena: “Vamos a tomar parte en la discusión de los negocios públicos hasta donde lo permitan nuestra inteligencia y nuestros medios”[viii]; reivindicaron la necesidad de asociarse y defender sus oficios, exaltaron la participación ciudadana, la inserción en ese mundo hostil pero indispensable de la representación política. En esos años, el régimen liberal de José Hilario López hizo aprobar gran parte de su reformas que constituyeron, en América latina, la primera gran ofensiva contra el tradicional poder de la Iglesia católica; pero, además, hubo un embate reformador contra lo que el liberalismo de la época podía considerar como vestigios de una sociedad tradicional, se aprobaron las leyes sobre abolición de la esclavitud, eliminación de los resguardos indígenas, libertad absoluta de imprenta, descentralización administrativa, supresión del fuero eclesiástico, expulsión de los jesuitas. Varias de esas medidas justificaron la rebelión de hacendados esclavistas en el suroccidente colombiano y, también, alentaron las expresiones igualitarias de esclavos negros que tuvieron situación propicia para arremeter contra sus antiguos expoliadores. Y fue en 1851, mientras el suroccidente era escenario de una guerra civil, que el Estado dio inicio a una tarea científica aplazada, la de recorrer y conocer el territorio y la población. La de medir, la de representar en mapas, dibujos y la de describir población y territorio en un informe escrito oficial que pronto iba a convertirse en paradigma de la descripción de costumbres: Peregrinación de Alpha.


En fin, entre 1850 y 1851 hubo una definición de agentes políticos históricos enfrentados, cada cual apelando a dispositivos de escritura, difundiendo ideales de orden en el mundo republicano. El pueblo había irrumpido en la política e hizo emerger un variado espectro de escrituras para controlarlo, para contenerlo, también para conocerlo. De la idea de nación restringida al cuerpo político que ejercía la representación, se había pasado, no sin violencia, a una idea de nación que vislumbraba todo aquello que estaba por fuera del universo predecible de los políticos letrados; comenzaba a percibirse que la nación era un territorio y una población variados, inmensos y desconocidos que era necesario ir a conocer in situ. Era un Otro que estaba afuera del círculo político-letrado. Las expediciones de la Comisión Corográfica parecían admitir la existencia de un mundo desconocido y recomendaban un método de solución: la premisa científica de conocer la nación para gobernarla; la necesidad de representar la nación a medida que dejaba de ser un objeto lejano o ausente. El círculo letrado organizado en la estructura incipiente de un Estado salía con sus instrumentos a hacerse su propia idea de ese mundo disperso, mayoritariamente no letrado, abigarrado social y étnicamente, quizás aferrado a otros sistemas de creencias, a otros valores, a otras autoridades. La irrupción de un pueblo republicano había obligado a pensar en esa desconocida nación de la cual había emergido.     





NOTAS


[i] “Reflexiones sobre nuestro estado”, El Argos americano, Cartagena, 10 de diciembre de 1810, p. 48
[ii] Un autor central en este decenio y en estos periódicos, como difusor de las virtudes del sistema representativo, fue Vicente Azuero (1787-1844).
[iii] “Autoridad del pueblo en el sistema constitucional”, La Indicación, Santafe de Bogotá, No. 5, 24 de agosto de 1822, p. 19 y 20.
[iv] Observaciones sobre el gobierno representativo, Caracas, Devisme Hermanos, 1825, Fondo Pineda 166, Biblioteca Nacional de Colombia, p. 21-40.
[v] El Neogranadino, Santafe de Bogota, No. 32, 10 de marzo de 1849, p. 73.
[vi] Carta de José María Samper a Victoriano de Diego Paredes, Ambalema, 16 de septiembre de 1852, sección ACH, AGN.
[vii] No es tanto el golpe de Melo del 17 de abril de 1854, que lo vemos, mejor, como un corolario de una situación de ruptura que se estaba viviendo desde años antes. El golpe artesano-militar fue una consecuencia, una resultante de un acumulado de elementos que venían exponiéndose, por lo menos, desde la guerra civil de Los Supremos y que luego, con la expansión de los clubes políticos liberales, puso en evidencia los agentes políticos y sus proyectos de orden republicano.
[viii] El Artesano, Cartagena, 1º de febrero de 1850, p. 1.

domingo, 30 de septiembre de 2012

Pintado en la Pared No. 77


La nación inventada

(Entre Manuela y María, la novela de la nación).
 
 PARTE I
INTRODUCCIÓN


Nadie pone en duda hoy que María (1867) se impuso como el canon de la novela nacional en la Colombia de la segunda mitad del siglo XIX; tampoco cuestionamos la relativa calidad intrínseca del relato ni el éxito editorial que tuvo en América latina. Fue una novela bella y popular, dos adjetivos que, en apariencia, son incuestionables. Sin embargo, se ha hecho poco examen de las condiciones políticas y culturales que hicieron posible que María existiera y se impusiera sobre otras novelas. Las condiciones que propiciaron su éxito y evitaron que otras novelas gozaran de los mismos honores publicitarios son poco conocidas y, en consecuencia, parecen excluidas o innecesarias para cualquier valoración acerca de cómo una obra y un autor adquirieron una notoriedad y, sobre todo, cómo logró imponerse como el modelo de literatura de ficción que podía condensar un ideal de orden republicano en Colombia. Y al mismo tiempo que ignoramos las condiciones de enunciación que hicieron posible María, desconocemos las condiciones que impidieron que la novela Manuela (1858), escrita y parcialmente publicada una década antes que María, no hubiese gozado de los privilegios de circulación masiva que tuvo la novela de Jorge Isaacs. La novela de Eugenio Díaz Castro fue recibida, al inicio, con entusiasmo por quienes ostentaban la calidad de “jueces en materia literaria” y hasta sirvió de buen pretexto para fundar el primer gran periódico literario del siglo XIX, en 1858, El Mosaico; pero pronto la novela dejó de ser publicada por entregas, llegó hasta el octavo capítulo, y quedó guardada por tres décadas hasta que por fin, en 1889, fue publicada como libro en París por la Librería Garnier.

El propósito de este ensayo se vuelve, entonces, evidente y quizás simple: explicar por qué María sí y Manuela no. Examinar las condiciones del mundo político y letrado de parte de la segunda mitad del siglo XIX, en Colombia, que hicieron posible el triunfo de María y el relativo desprecio de Manuela. Para ese examen voy a partir de varias tesis; la primera tiene que ver con la necesidad de situar esas novelas y otras formas de escritura en un momento discursivo que nos permitiría entender su génesis, su emergencia. Y esa génesis, creemos, está relacionada con el despliegue de formas de escritura en que el pueblo y la nación fueron las categorías centrales del ejercicio de representación; en otras palabras, esas novelas y otras tentativas de relatos aparentemente literarios hicieron parte de una producción escrituraria en diversos géneros que tenía como premisa la necesidad de inventar una nación, de imaginarla, proponerla o imponerla como el ideal de orden en la vida republicana. Ese momento discursivo fue pletórico puesto que tuvo cierta saturación discursiva, si se compara con el momento discursivo precedente, y el catalizador de ese torrente escriturario fue la irrupción en la vida pública del pueblo como agente social y político inquietante, peligroso pero fatalmente indispensable; un sujeto político incómodo pero necesario. Ese momento lo hemos de llamar el de la nación inventada, porque es cuando se acumularon esfuerzos y resultados de agentes políticos y culturales que, con variados dispositivos, concentraron sus esfuerzos en dotar al Estado de la capacidad de decir algo acerca de la sociedad que pretendía gobernar; porque es el momento en que grupos de letrados, aun sin vínculo directo con las tareas del Estado, se organizaron para construir un ideal de orden político que pasó por ampliar un mercado lector –el público de la opinión- capaz de consumir con cierta frecuencia variados productos de escritura; porque se ampliaba el universo de los escritores, porque algunos artesanos autodidactas habían adquirido alguna notoriedad escribiendo en periódicos y como autores de libros y panfletos. Porque, en fin, se trataba de una democratización en el acceso a la cultura letrada que correspondía con una expansión política que, a pesar de guerras y revoluciones, hizo que la política fuera asunto de más gentes y se superara en definitiva lo que hasta entonces había sido lo que hemos denominado, como momento discursivo antecedente, la república de los ilustrados.      


La tesis siguiente es que en ese nuevo momento discursivo, que arranca desde la expansión asociativa de mitad de siglo, y más exactamente desde 1846 y se cierra en 1851 para tener un primer trágico desenlace en el golpe artesano-militar del 17 de abril de 1854, ese nuevo momento discursivo –decimos- se va a caracterizar por una contienda entre tres agentes de producción de discursos acerca de lo que debió ser el orden republicano: los dirigentes liberales, los dirigentes conservadores en alianza orgánica con la Iglesia católica y el pueblo republicano hecho visible principalmente por grupos organizados de artesanos con alguna experiencia en los asuntos públicos. Tres fuerzas históricas en competencia que hicieron esporádicas y problemáticas alianzas, por ejemplo la equívoca alianza de los artesanos que anhelaban medidas proteccionistas con el notablato liberal que auspiciaba el librecambismo económico. Esa competencia hegemónica la fueron ganando los dirigentes conservadores, los principales beneficiarios de la ruptura entre artesanos y partido liberal; fueron los conservadores quienes impusieron sus tácticas publicitarias y sus cánones acerca de lo verdadero, lo bello y lo bueno hasta lograr erigirse en autoridades del proceso de producción de escritura acerca de la nación. Sus círculos letrados, sus periódicos y un público disponible hicieron parte de las condiciones que hicieron posible la aparición (e interrupción) de las dos novelas que vamos a examinar en este ensayo. Interesante retener el fenómeno que intentamos describir: una elite político-letrada que, en aquel momento, decenios de 1850 y 1860, estaba por fuera de cargos públicos –por designación y por representación- había logrado convertirse en detentadora del control del campo de producción de las escrituras acerca de la nación. De modo que mientras el liberalismo colombiano se concentraba en su utopía educativa y en formas de sociabilidad elitista (verbi gracia la masonería y la asociaciones de institutores), corría en simultáneo y con mayor fuerza persuasora una utopía conservadora que, como veremos, se basó en la consistencia ideológica de un grupo de escritores que escribieron las obras fundamentales del pensamiento conservador en Colombia. Fue en los códigos de esa utopía conservadora –he ahí otro postulado nuestro- en que emergió y se impuso y María

domingo, 16 de septiembre de 2012

PINTADO EN LA PARED No. 76




Terminó el Primer Congreso Internacional de Historia Intelectual de América latina


Ha terminado en Medellín (Colombia) el Primer Congreso Internacional de Historia Intelectual de América latina, con cuarenta profesores extranjeros, con cerca de 200 ponencias, con más de 600 asistentes. Pero quizás lo mejor del balance es la amplitud de temas tratados, la posibilidad de establecer relaciones más firmes entre las comunidades académicas de este continente. Todas las previsiones fueron superadas; los organizadores merecen las felicitaciones y los agradecimientos porque garantizaron un evento de enorme complejidad y porque supieron atender hasta los más mínimos detalles.

Juan Guillermo Gómez, Selnich Vivas, Diego Zuluaga y su Grupo de Estudios de Literatura y Cultura Intelectual latinoamericana (GELCIL), los miembros de la Facultad de Comunicaciones de la Universidad de Antioquia han abierto la puerta de un campo de estudios muy diverso en que se combinan tradiciones con novedades, viejos paradigmas con nuevos retos. La conferencia inaugural del maestro Carlos Altamirano supo formular los dilemas y posibilidades que encierra la historia intelectual; tiene que hablarse siempre en plural, porque variados son los puntos de partida, los caminos metodológicos y los resultados. Pero también señaló claramente un punto de convergencia, la historia intelectual se preocupa por las significaciones, por los textos, por los enunciados. El desafío por venir es entender y aplicar la tesis según la cual la historia intelectual va mucho más allá de las definiciones clásicas de la cultura y comprende creaciones intelectuales que superan la supuesta coherencia de los grandes pensadores y escritores. La ampliación de las fronteras documentales corresponde con la ampliación de las nociones acerca de qué es un intelectual y qué es lo intelectual.

Una de las percepciones inmediatas de este Primer Congreso tiene que ver con las dificultades de comunicación y comunión entre los investigadores sociales y humanistas del subcontinente latinoamericano. Nuestros fondos editoriales universitarios siguen siendo precarios, incapaces de atravesar fronteras con las novedades bibliográficas de cada país; este Congreso de Medellín, como otros encuentros, subsanan en parte esos vacíos, esas ignorancias en nuestra comunicación y ponen en la perspectiva inmediata la necesidad de corregir esos olvidos. Volver a crear sólidos lazos de fraternidad y de investigación mancomunada alrededor de la historia intelectual de América latina parece ser uno de los desafíos más inmediatos.  

Uno de los grandes logros de este evento es haber dejado los cimientos del próximo congreso que será en Buenos Aires, en 2014.  
 

domingo, 9 de septiembre de 2012

PINTADO EN LA PARED NO. 75



SIGUE LA BASURA INTELECTUAL

No es difícil conseguir colegas que nos odien; pero según un recomendable método terapéutico hawaiano no solamente hay que perdonarlos, también hay que pedirles perdón y amarlos; que nos perdonen por haber provocado en ellos tanto rencor, por haberles despertado sentimientos tan hostiles; y amarlos porque es la mejor manera de aplacarles esas fuerzas desparramadas en el odio. Uno de esos colegas, con o sin razón, pero con mucho odio, sentenció alguna vez: “Y sigue la basura intelectual”. Eso se unió a otros comentarios de otros colegas, no muy distantes institucionalmente, que han supuesto que el autor de estas notas que salen episódicamente en este blog están contagiadas de “afrancesamiento”, que son ‘boberías” lanzadas al campo virtual sin ningún sustento científico. Después aparecieron avisos en que se repetía la ofensiva palabra basura junto al adjetivo intelectual.

Sin derrame de pasión, creo que esa ferocidad crítica con prolongación anónima tiene algo de razón. Los profesores universitarios estamos muy cerca de la producción y consumo de basura; es posible que aquello que hoy nos resulta trascendental mañana va fácilmente a un depósito de basura, a un último rincón de un anaquel polvoriento de alguna sala olvidada; peor aun, puede ser sometido al descuartizamiento definitivo. Las gentes que habitamos las universidades somos propensas a deleitarnos con una dulcería de la cual dejamos después, saciados, los desperdicios que otros recogerán y le darán quién sabe qué merecido o triste destino.

A eso se añade la dificultad para tener un auditorio fascinado con la basura que producimos. Por desgracia o por fortuna, los auditorios universitarios son escasos en personal dispuesto a dejarse seducir por nuestros cantos de sirena. Son más bien pocos los incautos que siguen con devoción a alguien. Hoy, en el caso estricto de los historiadores, la única persona que puede reclamar y proclamar un auditorio fascinado y cautivo, sobre todo en horario dominical, es la profesora Diana Uribe con sus relatos radiales que nos ahorran páginas de aburridas lecturas.

Lo que ahora llamamos historia intelectual es un campo de producción de conocimiento histórico muy susceptible de recibir esos improperios que son, en cierta manera, la mejor bienvenida a alguna novedad mal asimilada. Un autor muy autorizado, Martin Jay, de la Universidad de California (no es francés, por supuesto), definía bien la historia intelectual como un campo muy hibrido y, por tanto, expuesto a dardos de insatisfacción provenientes de flancos diversos. La historia intelectual intenta superar la tradicional historia de las ideas y se mezcla con una historia de los intelectuales, de sus creaciones y de las instituciones a las que pertenecen; y puede agregar, además, preocupaciones muy propias de la historia cultural clásica: historia del libro y la lectura, por ejemplo. En fin, dentro de las tantas cosas posiblemente repugnantes de la historia intelectual es su presunta concentración en asuntos elitistas y su poca capacidad para servir de música de fondo para marchas de protesta de determinados grupos sociales. Y así como nada puede ofrecerles, en principio, a los de abajo, la historia intelectual tampoco deja contentos a los amigos filósofos o sociólogos que pueden regodearse con sus finas interpretaciones.

Por ahora me basta aventurar que la historia intelectual sugiere una sensibilidad en la interpretación que, en estos tiempos, no es nada despreciable. Si en algo es necesario cambiar ahora es en eso: en la sensibilidad interpretativa; el asunto ahora no es de volumen de fuentes documentales sino de calidad en la mirada y hasta de belleza en la escritura. Diana habla mucho porque no escribe, es mi sospecha. Y esa incapacidad se ha multiplicado en otros, aunque a veces logran encadenar un sustantivo con un adjetivo sin mayores sobresaltos gramaticales. 

domingo, 2 de septiembre de 2012

PINTADO EN LA PARED No. 74



NUESTROS TIEMPOS (2)

Hemos dicho en nuestro No. 73 que situábamos entre 1920 y 1950 una larga mutación en todos los órdenes de la vida en la historia colombiana. Precisemos: un conjunto de mutaciones que condujeron a cambios drásticos en las condiciones de la creación intelectual, en las condiciones del consumo de esas creaciones. El país atrozmente moderno, violentamente moderno, en que hemos nacido y sobrevivido (porque muchos de nuestros compañeros de viaje han muerto) arrancó en el decenio de 1950 y más exactamente, para colocar un mojón de orientación, con la instauración del pacto bipartidista llamado Frente Nacional (24 de julio de 1956) y cuyo primer gobierno fue el de Alberto Lleras Camargo, entre 1958 y 1962. Situemos ahí el despegue de la porquería de país moderno, peligroso y seductor, doloroso y excitante que hemos tenido el privilegio y la desgracia de gozar y padecer. Muchos más autorizados e informados que yo pueden ayudarme en el inventario de acontecimientos que han ido sumándose, imbricándose hasta dotar de personalidad ese enorme monstruo colectivo de nuestra historia reciente: nadaistas, hippies, movimientos guerrilleros, autodefensas, mafias del narcotráfico, ejércitos para-estatales, instituciones estatales corruptas. Abogados que no saben de Derecho; médicos forenses sin título que dirigen institutos de medicina legal; ingenieros que no saben hacer ni puentes ni túneles; sacerdotes católicos que no creen en el más allá; izquierdistas tan peligrosos o más que sus rivales de la derecha. Añadamos una colección de masacres y magnicidios; los logros y también los desastres culturales de la radio y la televisión, en menor escala el cine, que volvieron añicos la cultura del libro. Pero también mujeres organizadas para conquistar derechos básicos en la vida pública; artistas autónomos en sus ejercicios de creación; comunidades indígenas y afrodescendientes que han sacudido el monólogo del blanco ilustrado y católico; un sistema universitario (medio fraudulento y todo, pero tenemos algunas universidades serias); organizaciones de teatro; las diversas tendencias de las artes plásticas; un premio Nobel de literatura surgido de las entrañas de una vigorosa cultura oral. En fin, como ven, un amasijo de virtudes y perversiones que constituyen nuestra modernidad última.

Para llegar a esa modernidad tenebrosa y a la vez liberadora, fue necesario caminar un largo pasaje en que hubo un cambio de sensibilidad y, dándole la vuelta, una sensibilidad del cambio. Ese fue un proceso lento, con sus pequeñas y grandes heroicidades, en que algunas figuras individuales dotaron de sentido esa transición. Sin los héroes de esa transición no habríamos acumulado los elementos del cambio desatado después. Ellas y ellos enfrentaron casi en solitario un sistema de valores y creencias que se había prolongado, que se había naturalizado y que se creía dueño de los cánones acerca de lo bello, lo bueno y lo verdadero. Entre los decenios de 1920 y 1950 fue cuestionado el orden literario mediante géneros menores como la poesía y la crónica periodística, en las plumas de León de Greiff, Luis Vidales y Luis Tejada. La mujer irrumpió en la política de masas gracias al ejemplo de María Cano. La condición de la mujer artista y del arte pictórico cambio con las irreverencias, no exentas de sentimientos católicos de culpa, de la pintora Débora Arango (les pedía perdón a los curas por pintar mujeres desnudas). Quintín Lame recorrió valiente y orgulloso el duro camino sinuoso de defensa de los derechos ancestrales de las comunidades indígenas. Los afrodescendientes presentaron sus propios intelectuales y políticos. Jorge Eliécer Gaitán, oscilante y ambiguo, situado entre la tradición ilustrada del siglo XIX y el innovador en la política multitudinaria del XX, desafió las aristocracias de los partidos liberal y conservador. Los directores de la refinada revista Mito pusieron a discutir temas y autores escabrosos para una sociedad pacata y gris y enseguida llegaron los artistas plebeyos con su escándalo nadaísta. Y luego los cuerpos comenzaron a moverse y a juntarse con desenfado al ritmo de orquestas como las de Lucho Bermúdez. Después nos iríamos acostumbrando al lema del muerto al hueco y el vivo al baile, lo que nos recuerda una modernidad zurcida con hilos de sangre; con desigualdades sociales; con exclusiones políticas. Hasta llegar hoy a este país asimétrico, mezcla de atrasos inexplicables con adelantos indescifrables.

Gilberto LOAIZA CANO, septiembre de 2012  

martes, 14 de agosto de 2012

PINTADO EN LA PARED No. 73




NUESTROS TIEMPOS


A los historiadores nos interesa, por supuesto, discutir acerca del tiempo histórico. A los historiadores colombianos nos debe interesar, suponemos, discernir acerca de las fronteras temporales según determinados criterios de orientación en la reconstitución del pasado. No vemos una gran unidad amorfa sino que distinguimos variaciones y reiteraciones, rupturas y permanencias. Podemos preguntarnos, por ejemplo: ¿Cuándo y por qué terminó nuestro siglo XIX? En consecuencia, ¿cuándo y por qué comenzó nuestro siglo XX? ¿Qué nos permite distinguir un siglo del otro? Estos son dilemas obvios que merecen digna respuesta de los historiadores colombianos. Las conmemoraciones bicentenarias han hecho posible un despertar de nuestra historiografía y un sacudimiento de lugares comunes. Y aunque no tuviésemos encima ese pretexto conmemorativo, delante nuestro hay de todas maneras un panorama de redefiniciones de la disciplina histórica tanto en su horizonte epistemológico como en sus derivaciones didácticas.   

Precisamente, el hecho de discutir el carácter de una revolución política nos permite hoy pensar que es muy posible que desde entonces estamos inmersos en una gran unidad temporal marcada al menos por una gran constante definitoria. La revolución de independencia implicó la instauración de un sistema político fundado en un principio de representación basado en la soberanía del pueblo. Desde las primeras constituciones políticas y desde los primeros ejercicios de representación de la soberanía popular hemos estado inmersos en una lógica de funcionamiento de la vida pública; con sus degradaciones, decepciones y perversiones, hemos estado bajo las coordenadas de una democracia representativa que, es muy probable, haya derivado en una democracia delegataria. En todo caso, llevamos doscientos años insertos en una dinámica de la representación política que ha intentado fundamentarse en un cuestionable pero regular y persistente procedimiento electoral. En muchos ámbitos de la vida pública, el sistema representativo se ha adoptado casi como una práctica natural, confiable, como si fuese el sistema menos engañoso o menos insatisfactorio de organización de las relaciones entre grupos de individuos. 

En esa gran unidad temporal signada por el principio de la representación política cómo podemos discernir y encontrar momentos fundamentales plenamente diferenciados; sobre todo, qué criterios podemos adoptar para establecer esas etapas. Una posibilidad de solución se sitúa en el examen de cuándo y cómo hubo cambios en las formas de deliberación política; cuándo, cómo y por qué la política basada en la representación política dejó de ser regulada por unos elementos de deliberación y aparecieron y se impusieron otros. ¿Cuándo y por qué un tipo de personal político fue desplazado por otro? Algo que entrañaba un desplazamiento de las condiciones de la organización del poder, entre otras cosas. Dicho de otro modo, cuándo las condiciones de funcionamiento del sistema político representativo tuvieron un cambio rotundo.

Lancemos nuestra hipótesis. El cambio puede situarse en aquellos momentos en que las condiciones originales en que emergió el sistema político representativo fueron desplazadas por otras; o mejor, cuando unas reglas originales de la deliberación política, que nacieron con el sistema político mismo, sufrieron un cambio cualitativo que hizo posible que la deliberación política cambiara tanto como para dar paso a otros agentes y otras formas de deliberación política, aun dentro del mismo esquema de la representación. En consecuencia, preguntémonos cuándo y por qué la política dejó de expresarse y regularse exclusiva o principalmente mediante la producción de impresos; y cuándo y por qué el principal o exclusivo agente de enunciación política dejó de ser el político letrado que emergió triunfante de la revolución de independencia. Hallar ese momento de desplazamiento nos sitúa en la frontera entre un siglo y otro, es allí donde tenemos un elemento significativo de diferenciación dentro de la gran unidad temporal regida por el principio político de la representación.   

Un cambio de regulación del sistema político representativo es un cambio en las formas de deliberación que contiene una multiplicación de los agentes, una relativización de las instituciones que habían regulado esa deliberación, una variación drástica en los medios de enunciación de la política. La mutación no es, por tanto, solamente en el orden político sino una transformación en todos los niveles de la cultura: de agentes, de instituciones, de medios de comunicación, de producción de símbolos.

De agentes, puesto que el político letrado comienza a ser relativizado por la presencia muy activa de otros agentes sociales que inciden en la vida pública; por ejemplo, la presencia de la mujer tanto en la acción política y en la creación intelectual. Cuándo la acción política y la creación intelectual de la mujer pusieron en entredicho una tradición, cuestionaron unas instituciones y unas creencias. Los indígenas, los afrodescendientes, una emergente clase media urbana fueron minando, en sus diversos ámbitos, el lugar prominente que había ocupado una figura central de lo político. Esa mutación y multiplicación de los agentes incluye, claro, los cambios en el campo artístico con la aparición de creadores intelectuales de orígenes plebeyos que contribuyeron a una democratización de lo que antes había estado fundado en unas reglas de exclusividad.

De instituciones, porque hay que captar cuándo y por qué la Iglesia católica comenzó a perder el control canónico acerca de lo bello, lo bueno y lo verdadero, cuándo dejó de ser la institución reguladora de la vida pública, la principal institución que buscaba reglamentar lo estético y lo moral; cuándo la erosión de su autoridad estuvo acompañada de la aparición de instituciones específicas que expresaron la autonomía relativa de lo artístico.     

De medios de comunicación, puesto que no es dato anecdótico el hecho de que el universo de los impresos, gran dispositivo de regulación de las deliberaciones en la sociedad republicana, haya perdido su tradicional preminencia y comenzara a ser desplazado por otros que terminaron ocupando lugar central en la relación de una elite productora de símbolos y un consumo masivo; se trata de las impactantes llegadas del cine, la radio y la televisión. Su aparición y expansión signaron, sin duda, las condiciones de enunciación de cualquier forma discursiva; cambió de manera protuberante lo que se decía, quiénes, cómo y por qué. Y, por tanto, el régimen de producción simbólica pasó a otra dimensión.

Esta sumatoria de cambios que, entre otras cosas, no son sucesos aislados sino más bien hechos relacionados entre sí tuvieron su momento de acumulación, hallar ese momento diferenciador es hallar una gran transición que conduce a una nueva etapa histórica. En esa gran unidad temporal de doscientos años de vida republicana es posible hallar, por tanto y en resumen, por lo menos tres grandes etapas: la primera basada en el ritmo del universo de producción y circulación de impresos en la que se impuso la figura del político-letrado, allí hubo un lenguaje público predominante y en momentos exclusivo; luego, una etapa de transición, de acumulación de mutaciones en varios órdenes de la vida que la podemos situar entre los decenios 1920 y 1950; por último, la que estamos viviendo, muy cercana a nosotros por lo reciente pero al mismo tiempo muy desconocida porque aún no comprendemos la magnitud de su impacto.   

Gilberto Loaiza Cano, Cali, agosto de 2012.   




martes, 24 de julio de 2012

Pintado en la Pared No. 72


INVESTIGACION Y CIENCIA A LA DERIVA


En Colombia, eso que por convicción o por costumbre o por error llamamos investigación o llamamos ciencia está a la deriva. Hace tres semanas renunció el director de Colciencias, máximo organismo dedicado oficialmente a tales menesteres, y no se vislumbra hasta el momento su reemplazo y, lo más grave, no se vislumbra por parte del gobierno del presidente Santos un derrotero claro, un propósito serio. Con algo de ingenuidad y mucho de frivolidad, algunos piensan que el nuevo director, o directora, tiene que ser el resultado de la satisfacción de una cuota partidista o regional o de género. Hace poco, un grupo de científicos e intelectuales colombianos firmaron una carta en que proponen, como sucedió en el pasado, la formación de una comisión de sabios que se encargue de iluminarnos con sus diagnósticos y sus soluciones ideales. La desidia gubernamental, la renuncia del doctor Restrepo Cuartas y la propuesta de los intelectuales y científicos colombianos, todo eso tiene sabor a atraso, a estancamiento, a caída en lugares comunes. Aunque revivir comisiones de sabios tenga muy buenas intenciones, sigue siendo la reproducción de una vieja costumbre excluyente de raíces ilustradas en que consideramos la investigación y la ciencia preocupaciones exclusivas de la “alta cultura” y que los demás somos apenas borregos o espectadores a la espera de un rayo de luz que nos salve de las tinieblas. 

Cualquier discusión acerca de la investigación y la ciencia en Colombia tiene que ser muy amplia, muy paciente y muy variada. Y debe, además, ceñirse a algunas premisas obvias. Por ejemplo, el primer punto de cualquier agenda debería ser la definición del grado de compromiso del Estado y del actual gobierno en la asignación de recursos. ¿Vamos a seguir sometidos a asignaciones presupuestales mezquinas e inciertas, sometidas al vaivén de caprichos de cada gobierno o va a ser una financiación constante y comprometida con un proceso de envergadura que sitúa la investigación y la ciencia como unas de las prioridades para el bienestar de la sociedad colombiana? Aún más, qué grados de autonomía o de subordinación de la comunidad científica serán necesarios para que fluyan los recursos apropiados. 

El punto siguiente de una agenda de debate debería ser una puesta en discusión de eso que llamamos investigar y hacer ciencia. Mejor, es el momento de discutir el estatuto y la composición de lo que cabe en la palabra ciencia en las condiciones históricas de un país acostumbrado a excluir y cuya economía está basada en privilegios para pocos y pobreza para muchos. Además de eso, la división y discriminación entre ciencias “duras” y ciencias “blandas” ha contribuido a crear estancos de investigación, de científicos con más derechos y recursos que otros; ha contribuido a fragmentar las comunidades universitarias y a concentrar recursos en determinadas áreas de conocimiento en desmedro de otras. Ciencias de primera y segunda categorías es una clasificación perversa e incomprensible en un mundo que ha relativizado ciertas profesiones y que nos coloca frente a dilemas que exigen una conversación intensa entre varios espectros disciplinares.    
  
Otro debate indispensable tiene que contribuir a encontrar un modelo de estímulo y de evaluación de las actividades de investigación en las universidades colombianas, un modelo que corresponda con la condición bifronte de nuestro sistema universitario. Hasta ahora hay una tendencia a favorecer y estimular la investigación en las universidades privadas y a despreciar o descuidar lo que se hace en las universidades públicas. Vale preguntarse cuál debe ser la prioridad en este aspecto, si la inmediata adopción y adaptación a tabulas internacionales de medición o la consolidación de rutinas, ritmos y exigencias propios de nuestros ámbitos de creación intelectual. ¿Son excluyentes una imperiosa búsqueda de legitimación ante pares internacionales y, de otro lado, una necesaria ciencia según nuestras exigencias y preferencias? ¿Es que nuestros temas y formas de investigación tienen que ceñirse exclusivamente a modelos de ciencia y de relación con el conocimiento institucionalizados por el mundo occidental?

Una discusión de estos temas, en principio, necesita un clima favorable tanto arriba, en la clase política, como en el medio universitario; ministros, senadores, rectores, vicerrectores, profesores y estudiantes deberían estar en sintonía con la transcendencia del momento. En las universidades colombianas, mal que bien, a trancas y a mochas, se han ido consolidando grupos de investigación cuyas contribuciones se concretan, en buena medida, en publicaciones, en forma de libro y de revista; ya se puede hablar de tradiciones bien cimentadas que no pueden menospreciarse a la hora de hacer un gran diagnóstico. Eso, precisamente, un diagnóstico es lo que parece hacer falta como premisa para elaborar cualquier proyecto de reforma de la educación, la ciencia y la investigación en Colombia. Mientras no se consulte y discuta con amplitud cualquier proyecto de transformación institucional de la vida científica en Colombia; mientras rectores y vicerrectores sin criterio sigan dormidos en rutinas que han ido minando la credibilidad del verbo investigar y del sustantivo ciencia, seguiremos caminando a la deriva.

GILBERTO LOAIZA CANO


     

viernes, 15 de junio de 2012

Pintado en la Pared No. 71


Almacenes La 14 exige por una pasta de caldo de gallina $128.000:
¿cuál será el secreto de este costoso alimento o será culpa de un sistema judicial de mierda?

Leder Correa Cobo, un campesino de 32 años, del cual un representante de Almacenes La 14, refiere que es un delincuente reincidente, con antecedentes de violencia intrafamiliar y porte ilegal de armas, está hoy privado de la libertad en la cárcel Villanueva. El crimen por el cual lo han detenido desde hace 52 días, es el hurto de una pastilla de caldo de gallina; aunque el acusador corrige diciendo que no es cierta dicha versión, aclarando en seguida para disipar todo manto de duda, que en realidad fueron 6 cajas de pastas de caldo de gallina.

El periódico de la ciudad de Cali, Q´ubo, publicó el jueves 14 Junio 2012 un artículo relacionado con dicho caso, replicado por la revista Semana y la cadena Caracol. Reportajes que nos informan sobre la condición de campesino procedente del municipio de Argelia en el departamento del Cauca, afectado por una mina anti-persona, lesión que le habría llevado a buscar en la capital vallecaucana ayuda en Acción Social.

Leder Correa, no consiguió la ayuda, alega que robó la pasta o las pastas de caldo de gallina porque tenía hambre; su abogado califica el crimen como de “hurto famélico”; el representante legal de Almacenes La 14 plantea con ahínco el carácter de criminal reincidente de la persona en cuestión. En “clara y justa” reclamación, como sucede regularmente en el sistema jurídico de nuestro país, Almacenes La 14, exige una indemnización de $128.000 por un producto que recuperaron en su totalidad.

A su vez, hoy jueves 14 de Junio de 2012, los funcionarios del INPEC llegaron media hora tarde al lugar de la audiencia, situación ante la cual, el indignado juez por la pérdida de media hora de su tiempo, “pospuso” hasta el 22 de junio la diligencia, extendiendo a 60 días el tiempo de detención del “criminal”, pues no está demás advertir a la sociedad en general que el dignísimo funcionario judicial lo considera “un sujeto peligroso para la sociedad”.

Paradójicamente los detenidos de la Cárcel de Villanueva, patio Uno A, recolectan los $128.000 de indemnización, sin duda necesarios para el saneamiento del balance contable de Almacenes La 14, pues nadie desea que esta empresa tan importante para la sociedad vallecaucana vaya a caer en desgracia financiera por este crimen mayúsculo.

No nos crean tan pendejos. Una pasta o seis cajas de caldo de gallina por $128.000, prisión por 60 días, declaración de alto riesgo para la sociedad, gastos para el presupuesto público en transporte, papelería, alimentación, salarios; una poderosa cadena de almacenes, el Estado mismo contra un ladrón hambriento y lesionado por una mina anti persona, tan experto en el oficio de robar que lo atraparon con el botín de una pasta o seis cajas de pastas caldo de gallina.

Ahora, si a este “peligroso criminal” le dan 6 años de prisión por $30.000, supongamos que los Nule sólo se robaron $100.000.000.000 millones o cien mil millones en letras que queda más fácil leerlo; dividiendo y multiplicando deberían darles una pena de 19.999.998 años, pero que va, les dieron 14 años y eso después del escándalo para tapar al cartel de la contratación, protegiendo a los lagartos más poderosos.

Definitivamente el sistema judicial de este país es una mierda, podría decir, carece de objetividad, no hay rigurosidad en el debido proceso, la carga de la pena es injusta, pues sí, tantas expresiones pueden utilizarse si acudimos a la jerga jurídica, sin embargo, tantos términos “especializados” no comunican  de manera tan clara mi opinión frente a este caso, prefiero decir “el sistema judicial de Colombia es una mierda”, mientras a este ladrón de pastas de gallina seguro se pudre en la cárcel, a los criminales de cuello blanco terminamos debiéndoles. No nos crean tan pendejos.

John Freddy Caicedo-Álvarez – Junio 14 de 2012, 10:20 p.m. Cali – Colombia.

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