jueves, 3 de diciembre de 2015

Pintado en la Pared No. 133

París, viernes 13

“Je ne viendrai plus à Paris”.
Madre de una de las víctimas en el salón de conciertos Bataclan.

Europa ha padecido la atrocidad; eso que parecía asunto lejano ya no lo es. Para ser precisos, desde el derribamiento de las torres gemelas, en Nueva York, en 2001, el mundo está viviendo una guerra de otro orden. Estados militarmente organizados incapaces de evitar la acción despiadada de individuos dispuestos a matar y morir de las maneras más audaces. Francia no podrá olvidar fácilmente las masacres en la revista Charlie Hebdo y luego en diversos lugares de París. Mucha gente inerme e inocente fue asesinada en París durante 2015. Pero, ¿por qué en París? ¿Por qué los ejecutores de esos actos son gente joven con lazos que los sitúan entre Europa y Asia o entre Europa y Africa? Mucha tinta se ha derramado para señalar culpables, causas y explicaciones. Yo me quedo con una de tantas: el problema está más dentro que fuera de Francia, y buena parte del problema es la misma dirigencia política francesa.
En términos más globales, Europa central está padeciendo lo que suele ahora llamarse el efecto bumerán. Todos los daños que cometieron los países europeos en su expansión imperialista por Asia y África están retornando de un modo mortífero. La destrucción que ha provocado la depredación europea de los recursos naturales  en otros continentes, en el vecindario magrebí, se ha devuelto en forma de migraciones forzosas. Su riqueza, su confort, hasta la soberbia de sus acciones presentes están teñidos de ese histórico arrasamiento de otros lugares en nombre de las supuestas civilización y razón de Occidente.
La reacción del presidente François Hollande con bombardeos en busca del Daesh sólo va a servir para avanzar en el vértigo de la violencia, para acelerar la espiral de resentimientos y odios contra las potencias europeas. En esos bombardeos muere mucha gente inocente e indefensa. Las ruinas y la desolación servirán de paisaje para futuros embates pletóricos de rabia, así sean aislados y desesperados. Hace falta más introspección, mirar qué ha venido sucediendo dentro del país de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Desde tiempos del  presidente Nicolas Sarkozy, las calles de Saint-Denis, al norte de París, el “cuarto mundo”, porque es más pobre y olvidado que el “tercer mundo”, ese barrio ha enviado mensajes de alerta porque se trata de gente excluida, condenada por sus nombres, por sus variantes étnicas, por su diversidad religiosa, por sus cruces lingüísticos. Ahí se halla una primera tarea en la agenda reconstructiva de los franceses; la dirigencia política tiene que pensar en cómo incluir en sus proyectos de nación a todas aquellas gentes que son ciudadanos de Francia pero que no han sido integrados plenamente a la vida nacional, porque todavía arrastran el fardo de las antiguas colonias, de quienes fueron sometidos a las arbitrariedades del viejo imperio.
No va a ser sencillo convencer a la dirigencia política francesa de los errores cometidos en Oriente medio, de sus injerencias militares, de los apoyos y traiciones a ciertos líderes de esa región. Parece más probable que el gobierno de Hollande se hunda en la ceguera de la venganza y brinde la oportunidad de acelerar el ciclo de las atrocidades; los bombardeos en Siria servirán para darle sustento al resentimiento organizado de jóvenes dispuestos a destruir lugares emblemáticos del mundo occidental. Y no va a ser sencillo porque no asoman alternativas sencillas. El daño provocado por la voracidad del capitalismo en el mundo es muy grande, los odios están dispersos en muchas partes, viajan rápido y actúan con destreza.  

Quizás un principio, muy lento, de solución, sea buscar otra clase de líderes; Francia y, en general, Europa padecen una crisis de liderazgo; el padre de una de las víctimas, en un esfuerzo conmovedor del pensamiento, logró en su dolor señalar “la dramática erosión de la competencia política” en su país. Los jefes políticos de los franceses no son confiables y están embebidos con las ganancias del neoliberalismo despiadado. Quizás haga falta que la gente común, la que sufre las consecuencias de las malas decisiones de la dirigencia política, se movilice y empuje hacia algún tipo de utopía o al menos disuada a su Estado de tomar nuevas decisiones nefastas. Quizás el pueblo francés tenga que volver a hacer una revolución o señale rumbos posibles para un mundo encerrado en un círculo de muerte. Hasta ahora, Francia, Europa, Estados Unidos sólo han demostrado que se han ido acostumbrando a vivir y morir en su error. 

GILBERTO LOAIZA CANO

jueves, 26 de noviembre de 2015

Pintado en la Pared No. 132


Al nuevo rector de la Universidad del Valle

El nuevo rector de la Universidad del Valle, doctor Edgar Varela, tiene varios retos que no sé si están en la agenda de sus prioridades. Yo me permito sugerirle dos evidentes y que no vi expuestos ampliamente ni por él ni por los demás candidatos durante sus campañas electorales.
El uno tiene que ver con la calidad de los programas de doctorado, con lo que puede hacer y aportar la dirección universitaria para garantizar formación doctoral de calidad. Hoy, en las universidades públicas colombianas, los doctorados son muy costosos en comparación con los de otros países y la alta cifra de la matrícula no corresponde con los servicios o ventajas que las universidades nuestras puedan ofrecerles a los estudiantes. Eso sucede en la Universidad del Valle; sus doctorados son costosos y no les presentan a sus estudiantes ni alivios económicos, ni incentivos, ni becas, ni servicios que faciliten la investigación y la elaboración de la tesis.
Es hora de que en la Universidad del Valle haya edificio o edificios para los programas de doctorado, con centro de documentación propio, con salas de lectura, con gabinetes para los investigadores; en decisión que lamento, el  edificio que pudo  servir para esas funciones lo vendió el rector anterior. La biblioteca central debería tener una sección de atención exclusiva para doctorandos e investigadores. Es  un poco infame que un estudiante de doctorado tenga que competir con estudiantes de pregrado para tener acceso a un préstamo de libros.
También es hora de que los profesores de los programas de doctorado tengan proyectos propios de investigación que estén insertos en el proceso de formación de doctores y que su asignación académica fundamental sea la de dedicación a los seminarios que impartan a nivel de posgrados. Que un profesor tenga que repartir su asignación semestral entre cursos de pregrado y la docencia en el doctorado es indicio de bajo nivel de investigación y de una pésima definición de prioridades en la universidad. 
La Universidad del Valle tiene que inventarse algún plan de incentivos que alivie el peso económico de los estudios doctorales. Tiene que decidirse por garantizar o no ciclos de formación de posgrado para sus egresados de pregrado o, al contrario, propiciar que sus mejores egresados de pregrado busquen otros rumbos, ojalá fuera del país, porque a la Universidad del Valle no le interesa retenerlos. Y ya sabemos que no se trata solamente de las becas, pírricas, que pueda ofrecer la caótica Colciencias. Quizás hace falta un vínculo estratégico regional con un empresariado dispuesto a contribuir.
El otro tiene que ver con su programa editorial. No es una crítica a los colegas que han asumido la dirección episódica de esa oficina; es una crítica al generalizado desprecio de los buenos libros. La Universidad del Valle se ha especializado en hacer mal los libros porque, entre otras razones, su programa editorial es una oficina pequeñísima, mal dotada, que tiene que afrontar desafíos monumentales. Hay que aprender de otras universidades que les han apostado a crear secciones de una editorial universitaria, con equipo de editores, de correctores, de diagramadores, de distribuidores; todo eso en verdadero plural. El traslado a un lugar más acorde con el peso de sus funciones debería ser lo más inmediato.
Hoy, esa oficina no puede cumplir los  protocolos mínimos de elaboración de un libro. Siempre se va un gazapo protuberante: una carátula sin los créditos, un título equivocado, el archivo con las últimas correcciones se traspapela. A eso se añade que la compra de un ejemplar es un trámite sinuoso. En fin, el reto es crear un programa editorial con personal muy profesional, muy sensible con los procesos del libro y que, por tanto, satisfaga las necesidades de difusión de la vida investigativa.
Mucho de esto puede hacerse, no tengo duda; el asunto está en querer o no hacerlo. 


   

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Pintado en la Pared No. 131


El expresidente Belisario

Muchos males de la vida pública colombiana son adjudicables a su dirigencia política. La mala calidad de la burocracia estatal tiene que ver con una educación fraudulenta, postiza. Muchos  funcionarios exhiben trayectorias académicas llenas de títulos y nombres rimbombantes, pero la mayoría de eso es espuma y mentira. A lo sumo pertenecen al ambicioso gremio abogadil donde  una que otra fechoría los ha puesto entre los elegibles a cualquier cargo de administración estatal. Pero la esfera de los presidentes de la república tiene varios aspirantes a un premio fuera de concurso. Desde la instauración del Frente Nacional, los presidenciables y los presidentes han sido, en conjunto, unos mediocres. Aquella frase que hizo famosa el asesinado Jorge Eliécer Gaitán ha hecho carrera en el último medio siglo de la historia de Colombia: “El pueblo es superior a sus dirigentes”. El pueblo colombiano, aplastado metódicamente mediante masacres, torturas, desapariciones, paramilitares, guerrilleros; es decir, el pueblo colombiano aplastado por la barbarie del conflicto armado y por el pésimo sistema educativo, no ha sabido discernir entre la parranda de delincuentes disfrazados de políticos que han asumido el control del Estado.

Hay un expresidente  -que aún vive y habla- que encabeza, a mi juicio, el listado de malos presidentes de Colombia; se trata de Belisario Betancourt Cuartas. En su gobierno sucedieron dos hechos terribles e imborrables de la memoria colectiva, así tengamos ahora versiones incompletas y distorsionadas de esos sucesos. En una semana de su gobierno hubo la toma del Palacio de Justicia, entre el 6 y 7 de noviembre de 1985, y luego, un 13 de noviembre, una avalancha de lodo provocada por la erupción de un volcán sepultó una población de 20.000 habitantes. En esos sucesos no hubo nada de fatalidad divina, no fue asunto de un destino indescifrable ni un designio sobrenatural que los seres humanos no pudiesen evitar, menos hablar de una simple mala suerte de un gobernante. En ambos casos hubo negligencias, omisiones, imprevisiones. La toma del Palacio de Justicia, cuyo plan había sido desvelado días antes, habría podido impedirse con el cumplimiento de normas básicas de protección del edificio y de los magistrados de la Corte Suprema de Justicia; ¿porque no se evitó esa toma? El presidente Betancourt no lo explicó entonces ni lo ha explicado hoy en su condición holgazana de expresidente. El desastre de Armero, así se llamaba aquel municipio arrasado por la avalancha, también pudo evitarse con advertencias claras, con seguimiento al fenómeno volcánico, con medidas oportunas.

Que el expresidente Belisario siga hablando en público sin inmutarse por sus acciones y omisiones durante su cuatrienio, que no haya dicho la verdad sobre su comportamiento en la toma del Palacio de Justicia, que no acepte de buena gana su responsabilidad en los excesos de la retoma oficial en la que hubo ejecuciones, desapariciones y torturas sobre mucha gente inerme e inocente; que no acepte que su gobierno no cumplió labores preventivas que evitaran el arrasamiento de una población, todo  eso es una deuda imperdonable. Sólo la soberbia de nuestra dirigencia política, unida al cinismo general de la sociedad colombiana, le ha permitido dormir tranquilo a alguien que podría haber sido enjuiciado por cobardía o por violación masiva de los derechos humanos. Y eso es poco para alguien que en su larguísima trayectoria de expresidente ha podido disfrazarse de “poeta”, “humanista”, “traductor”. Un supuesto mecenas editorial que ha contribuido a los  exclusivismos y las arbitrariedades de las políticas culturales en Colombia. El señor Belisario de humanista no tiene un gramo, fue un político de mala calidad con dos trofeos enormes en sus manos: un centenar de muertos en el Palacio de Justicia; veinte mil muertos en el extinto municipio de Armero. Él y su gabinete ministerial de aquellos momentos luctuosos deberían ser puestos en el sitio más alto de un pabellón de la ignominia. 




lunes, 9 de noviembre de 2015

Pintado en la Pared No. 130

Palacio de Justicia
6 y 7 de noviembre de 1985 son días que han dejado un triste recuerdo en Colombia. Hace 30 años hubo una masacre en el Palacio de Justicia, en pleno centro de Bogotá; murieron cerca de cien personas en la toma ejecutada por un grupo guerrillero, el M19, y en la pretendida retoma organizada por el ejército y la policía nacionales. Muchas otras personas sufrieron desaparición forzada y torturas; en su mayoría, gente humilde e inerme,  simples empleados de la cafetería del lugar o del sistema judicial. Los testimonios de los pocos sobrevivientes nos taladran todavía y en la conmemoración de hoy se siente el peso de un suceso nefasto en que grupos armados, a nombre de la revolución, de un lado, y a nombre de la institucionalidad, del otro, arrasaron con la sede principal del sistema de justicia colombiano y asesinaron a sus más altos magistrados, eminentes jueces que ya habían padecido el asedio criminal del narcotráfico.
La conmemoración de los 30 años ha estado marcada por evocaciones desde todos los ángulos; el clamor de los familiares y de víctimas sobrevivientes ha logrado impactar incluso a las jóvenes generaciones que no supieron de ese par de días dramáticos. Se ha sentido el peso de la indignación por la injusticia, porque hasta hoy ninguno de los máximos responsables ha sido condenado, porque la verdad de lo que allí sucedió no se conoce. La amargura y el desasosiego siguen acompañando a quienes necesitan saber qué pasó con sus seres queridos en aquellos días cruentos; y el resto de colombianos hemos sentido, sino solidaridad y afecto por los que han sufrido directamente por aquel hecho, al menos tristeza por algo que la sociedad colombiana no ha resuelto debidamente. Alrededor de estos hechos abundan versiones e interpretaciones, todas insatisfactorias, todas contribuyen a aumentar la incertidumbre. Son 30 años sin saber la verdad de lo que allí sucedió.
En esta conmemoración, el presidente Santos, en cumplimiento de una orden de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, pidió perdón y admitió la responsabilidad que le concierne al Estado colombiano; el gesto es tardío e incompleto. Ha sido por la exigencia de una institución externa y no porque haya funcionado a plenitud la justicia en Colombia. Además hace falta la verdad sobre los hechos; quiénes y por qué mataron a los magistrados de la Corte Suprema de Justicia; por qué hubo desapariciones y torturas; por qué fueron asesinadas casi un centenar de personas; muchas de ellas habían salido sanas y salvas del lugar.
El presidente del país en aquel momento y su gabinete tuvieron su responsabilidad, mal o nulamente admitida por ellos mismos. Los guerrilleros del M19 cometieron un acto delirante, tomaron como rehenes a los miembros de la Corte Suprema de Justicia para forzar un diálogo con el débil gobierno de Belisario Betancourt. Las fuerzas militares colombianas apelaron a los peores métodos para recuperar el edificio; en nombre de las  instituciones y las leyes, masacraron, torturaron y desaparecieron a personas inermes e inocentes. En fin, aquel evento fue una apología funesta de los peores recursos de los poderes armados.
Hoy, los principales responsables políticos y militares de esos hechos se revuelcan en su arrogancia. No admiten plenamente sus acciones y omisiones. Los exmiembros del M19 admiten parcialmente su responsabilidad, pero los agentes del Estado colombiano se han empecinado en obstaculizar las investigaciones, desde el mismo 7 de noviembre de 1985. Lo sucedido en el Palacio de Justicia es un testimonio de las perversiones que alcanzó en Colombia, en tiempos recientes, el conflicto armado. Sus protagonistas olvidaron límites éticos y despreciaron a la población civil.

Los guerrilleros colombianos, no solamente los del M19, han creído que el pretendido propósito revolucionario sacraliza cualquier acción armada; que la lucha armada es (o era) el más elevado esfuerzo de un militante de la izquierda. Mientras tanto, nuestras fuerzas militares fueron adoctrinadas para emplear los métodos más ruines para aniquilar la subversión. La pretendida defensa de la nación y las instituciones dotaba de heroicidad cualquiera de sus actos. Los unos y los otros han estado equivocados y deberían recibir condena por sus errores.    

domingo, 1 de noviembre de 2015

Pintado en la Pared No. 129

El maestro Jaime Jaramillo Uribe, 1917-2015

El maestro Jaime Jaramillo Uribe fue pionero de la historiografía universitaria colombiana; abrió la senda de la investigación histórica nutrida de la formación metódica, multidisciplinar, en las universidades colombianas. Puso la primera piedra en la creación de una publicación académica de historiadores y para historiadores. Su libro, El pensamiento colombiano del siglo XIX, es hoy un clásico, lectura obligada para comprender a los políticos que participaron en el proceso de formación del Estado y la nación en Colombia. Y es además un libro clásico porque no ha sido superado; aunque sepamos decir cuáles son sus vacíos e inconsistencias, sigue siendo un libro muy difícil de superar como ejercicio sistemático de interpretación. Fue, entonces, pionero, en varios sentidos: como creador de formas de entender nuestro pasado; como fundador de institucionalidad académica que le dio cimiento al proceso formativo de varias generaciones de investigadores, incluso de aquellas que han intentado revaluar su obra.

Desde su primera edición, en 1964, El pensamiento colombiano en el siglo XIX ha sido obra inamovible. Todos aquellos que hemos pasado por el estudio de ese siglo fetiche de nuestra historiografía, y el número es multitud, hemos tenido al frente el modelo insuperable de ese libro. Es cierto que el corpus documental es pobre; es cierto que la caracterización de algunos dirigentes políticos, que también fueron pensadores, es raquítica o distorsionada; aun así, el libro dejó una senda que no fue apreciada del todo en sus primeros decenios de circulación y apenas ahora, según la moda de la nueva historia intelectual, balbucean algunas novedades de perspectiva y de rigor en el análisis de lo que fue el pensamiento de aquellos individuos que ocuparon, de un modo u otro, lugar central en el proceso de construcción del estado nacional en esa centuria.

Pero el maestro Jaramillo Uribe no será recordado solamente por su papel pionero en la Universidad Nacional de Colombia, por haber puesto allí los cimientos de la ciencia histórica cono disciplina arraigada en la institucionalidad universitaria. Tampoco será recordado solamente por sus escritos renovadores que abrieron mundos posibles de investigación monográfica para otros. Será recordado por su modo de ser; porque era una buena persona, un comunicador serio y humilde de su conocimiento. Y eso, la mezcla de seriedad y humildad hace mucha falta en cualquier oficio. La Historia no requiere solamente gente que sepa arrumar la documentación de un archivo y que escriba puntuales artículos para revistas especializadas y adquieran ostentosos títulos de doctores y post-doctores. Nuestra historiografía también requiere buenas personas, personas serias y humildes que sepan comunicar lo que saben y lo que están intentando saber.

No me atrevo a apelar a las anécdotas personales que asoman ahora en mi recuerdo. Pero basta decir que mientras él estuvo en la Universidad de los Andes, tuve allí a alguien con quien conversar; sus opiniones, sus consejos y hasta un par de llamadas en momentos cruciales fueron muestra de su vocación generosa.

Qué dirá ahora Colciencias de la trayectoria de quien fue, entre las ciencias humanas en Colombia, uno de los fundadores de una institucionalidad científica que nos ha permitido existir a tantos bajo el rótulo de historiadores profesionales. Yo creo que su bibliometría informe no le permite decir nada; quizás asome algún dato cuantitativo en que la obra del maestro equivalga a unos cuantos percentiles. Y no más.   









martes, 29 de septiembre de 2015

Pintado en la Pared No. 128

Gerhard Masur, historiador alemán

En estos tiempos de disputas por la representación de la figura de Simón Bolívar, he recordado la biografía que escribió el historiador alemán Gerhard Masur (1901-1975). Hace unos años, en la estación de tren de Baden-Baden, un ciudadano alemán con un fluido español de acento caribeño, en medio de los apretujones y afanes del andén de espera, me contó que había aprendido el español mientras su padre cumplía funciones diplomáticas en Venezuela y en algunas islas del Caribe. Cuando supo que yo era historiador, me lanzó una pregunta que exigió una respuesta apresurada, casi automática, porque el tren acababa de llegar: “¿Qué biografía me recomienda sobre Simón Bolívar?”; mientras subía al vagón logré decirle, casi gritarle, que la mejor biografía la había escrito precisamente otro alemán, Gerhard Masur.
No sé si aquel señor de apellido Müller tomó nota de mi recomendación. Hoy sigo pensando que la biografía de Masur es un tesoro, a pesar de sus inconsistencias. Y lo es por otras razones que he venido descubriendo, entre ellas por el carácter del propio biógrafo. La primera edición en español data de 1948, año difícil de la historia de Colombia. Sólo el paso de la versión original en alemán a la española está teñida de peripecias y tergiversaciones del original; aquello de traduttore traditore parece cumplirse a la perfección en este caso. La primera versión fue alemana, le siguió el paso al inglés y del inglés vertió al español. Ese proceso de tergiversación dice mucho de una dificultad comunicativa en el medio intelectual latinoamericano.
Más interesante es que Masur, en su juventud, pareció tener vínculos con el nazismo, luego tuvo que optar por el exilio y cumplió su parábola por algunos países del sur de América y se estableció en Estados Unidos, donde enseñó por muchos años. Antes de 1948,  e incluso cuando todavía vivía en Alemania, ya era un aplicado continuador de las enseñanzas fundadoras de Leopold Ranke y de las propuestas biográficas de Wilhelm Dilthey. La relación entre poesía y vida la ejercitó en varias ocasiones; en 1939, por ejemplo, con el apoyo de unas traducciones de Guillermo Valencia y Otto de Greiff, escribió una interpretación de la poesía de Goethe. Más  explícito, poco después de la primera edición de su Simón Bolívar, escribió un ensayo para el Journal of History of Ideas sobre el autor de Poetry and Experience.  
El biógrafo alemán fue situándose en el  paisaje académico de la abarcadora historia de las ideas promovida por los profesores reunidos en aquella revista norteamericana. Su vínculo con esta tendencia historiográfica tuvo corolario en su aporte al Dictionary of the History of Ideas, en 1968; los editores le encargaron escribir sobre “Crisis in History”. Antes de su muerte, en 1975, viajó a Berlín y anudó sus recuerdos de infancia y adolescencia en esa ciudad. Escribió una historia urbana, Imperial Berlin, con base en aquella remembranza.

Gerhard  Masur fue un historiador alemán que dejó una trayectoria que va mucho más allá de su biografía bendecida por la Academia Nacional de la Historia de Venezuela y por las embajadas de la "revolución bolivariana"; sus posibles vínculos con los intelectuales colombianos en los decenios 1940 y 1950, su difusión del pensamiento de Dilthey, su cercanía con los historiadores de las ideas son asuntos por desenredar y que, seguramente, agregarán matices para entender el proceso de institucionalización de la ciencia histórica en este lado del Atlántico.   

lunes, 21 de septiembre de 2015

Pintado en la pared No. 127



                                          Enemigos públicos

Daniel Llano Parra. Enemigos públicos. Contexto intelectual y sociabilidad literaria del movimiento nadaísta, 1958-1971, Fondo Editorial FCSH, Universidad de Antioquia, 2015.

El nadaísmo pudo ser una broma colectiva, un suceso urbano muy efímero
circunscrito al estado de ánimo de unos cuantos jóvenes cuya irreverencia terminó adormecida en los laureles de la fama o de la necesidad de empleo para no morir de hambre. Lo que haya sido, sigue siendo, hoy, un fenómeno muy mal estudiado porque suele estar mal documentado, porque quienes hablan de aquella época son analistas ocasionales e interesados que juegan a ser investigadores y testigos al mismo tiempo. El nadaísmo tiende a ser mitificado, arropado en la buena o mala memoria de algunos. En fin, todavía es un objeto mal atrapado por las  ciencias sociales.

Por eso, el libro recién publicado del joven historiador Daniel Llano Parra, en una colección naciente del Fondo Editorial de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad de Antioquia, es una demostración muy refrescante de todo lo que puede empezar a decirse seriamente, con proposiciones consistentes, con fundamento documental, con escritura fluida, con sugerencias metodológicas en el análisis. La historia intelectual, una franja de la historiografía colombiana que ha ido adquiriendo una personalidad definida, tiene en este libro un buen testimonio de los avances en la investigación sobre lo que ha sido la vida intelectual colombiana del siglo XX.  

El nadaísmo no fue un hecho estrictamente literario; es más, literariamente dejó una impronta estética muy débil. Fue, más bien, un hecho socio-cultural, una vivencia colectiva que tuvo como escenario las principales ciudades colombianas; fue la manifestación de una transformación del país, de una tentativa de modernidad cultural con todas las dificultades inherentes. El nadaísmo reunió a jóvenes provincianos con alguna iniciación literaria, una clase media culta emergente que llegó a las ciudades colombianas en busca de relaciones que le permitiera hacer parte del campo intelectual.

Su principal valor como movimiento fue la “transgresión”, así su impulso transgresor se haya extinguido pronto y sus principales protagonistas hayan evolucionado hacia la rutinaria aceptación del orden institucional. Mientras fueron transgresores fueron nadaístas y esa transgresión dejó huellas, quizás tenues, en una bibliografía propia de aquellos que se consideraron miembros del movimiento; en archivos de baúl que guardan testimonios de algunos desplantes que sacudieron el  ritmo de producción y consumo de bienes simbólicos.

El nadaísmo hay verlo como un hecho socio-cultural en la historia contemporánea colombiana que informa de una condición pérdida en nuestra vida pública. ¿Después del nadaísmo qué grupo de semejantes características ha aparecido en la sociedad colombiana? Yo creo que después del nadaísmo, la vida pública colombiana se ha caracterizado por un déficit de sociabilidad. Persecución y asesinato contra el movimiento sindical, contra la izquierda democrática, contra defensores de los derechos humanos, desprestigio generalizado de los partidos políticos. En los últimos cuarenta años hemos asistido a una desmovilización general de la sociedad colombiana, cada vez menos capacitada para relaciones solidarias y sistemáticas entre los individuos. La neoliberalización de la vida cotidiana ha dado sus frutos, un individualismo in extremis, pequeñas ocupaciones y preocupaciones cuya capacidad de convocatoria es muy limitada; ninguna utopía que movilice y produzca hechos estéticos o políticos relevantes. Una sociedad disuelta en la desconfianza, el miedo, la lucha personalizada por la supervivencia en las lógicas despiadadas del mercado; los individuos convertidos en clientes, mientras que la ciudadanía es una categoría cada vez más abstracta que no se plasma en comportamientos colectivos. El nadaísmo fue el último momento de rebeldía juvenil en la historia política reciente de Colombia.


Daniel Llano Parra, en Enemigos públicos, pone el acento en el contexto intelectual y en la sociabilidad literaria que recubrió el fenómeno nadaista. De entrada hace una caracterización que considero acertada, el nadaísmo “se encargó de aglomerar diversos inconformismos”. No fue una secta, no fue un partido, no fue el grupo disciplinado de redactores de una revista. Fue, mejor, una aglomeración episódica de jóvenes que compartían un estado de ánimo. Eran muchachos que antes de congregarse en aquel rótulo movilizador, estaban acostumbrados a reunirse con “gentes raras”. Muchachos inquietos e inquietantes en unas ciudades que apenas comenzaban a sentir el peso de una transformación demográfica que le dio vuelco al país, el paso de la Colombia rural a la Colombia urbana.

Algo que el autor no tuvo muy en cuenta es que la aparición y vigencia del nadaísmo concuerdan con otros sucesos decisivos en la producción y consumo de símbolos de todo orden. Principalmente, son tiempos de la imagen, de la formación de una teleaudiencia; el mundo de los impresos dejaba de ser el principal elemento de comunicación entre intelectuales y entre diversos sectores de la sociedad. La radio, el cine y luego la televisión irrumpieron y fueron fijando otras pautas de consumo cultural, posiblemente más democráticas por masivas y posiblemente más dañinas.

El capítulo tres me ha llamado poderosamente la atención porque examina las limitaciones del mundo editorial colombiano. Quizás ha hecho falta mejor sustento en estadísticas y una perspectiva comparada, con tal de precisar el atraso o no del mundo del libro en Colombia. Sin embargo, muestra muy bien otro mundo perdido para los intelectuales, el delas revistas. Las revistas con vocación de difusión amplia o, al menos, como vehículo de expresión de un grupo más o menos cohesionado de escritores y artistas, ha sido en todas partes una forma de sociabilidad que alimentaba cohesión, identidad, afinidad de intereses. Pero, sobre todo, permitía la divulgación de formas de sentir y pensar que ampliaban el paisaje simbólico. Eran síntoma de un mundo intelectual activo, crítico, dispuesto a la discusión pública permanente.


Llano Parra, joven historiador recién graduado de la Universidad de Antioquia, tiene por delante una veta de investigación apasionante; ojalá pueda y quiera seguir revelándonos el complejo carácter del nadaísmo, un hecho intelectual cuyas interrelaciones, bien reconstituidas, pueden llevarnos a comprender las tendencias, los estilos de escritura, los comportamientos que fueron definiendo la organización del campo intelectual colombiano, sus relaciones con el poder político y sus implicaciones en la configuración de campos específicos de conocimiento.

jueves, 17 de septiembre de 2015

Pintado en la Pared No. 126

UN ESTADO MAL HECHO

La Fiscalía, la Contraloría, la Procuraduría, el Instituto de Medicina Legal. ¿De qué están hechos todos estos organismos del Estado encargados de funciones de control, vigilancia,  investigación, judicialización? ¿Cómo se forma una burocracia de esta índole en un país con universidades de malas notas; con un sistema de educación pública muy deficiente; con un débil sistema de universidades públicas y con universidades privadas muy recientes que funcionan más como empresas lucrativas que como sitios de producción sistemática de conocimiento? Todas esos organismos estatales están compuestas, en mayor porcentaje, por egresados de universidades privadas, alguna vez fueron fortines burocráticos de universidades públicas y especialmente de la Universidad Nacional; ahora podemos decir que la responsabilidad de los males que producen es muy compartida y, en ciertos casos, especializada.
Los funcionarios de esos organismos son raramente probos y eficientes. El concurso público de méritos no es el método fundamental de reclutamiento de esa burocracia; y cuando lo son, tampoco es garantía de idoneidad. Para quienes desean trabajar en algún lugar del Estado no tienen como ideal el servicio público; mejor, no entienden sus funciones como un servicio obligatorio ante la sociedad. Consideran, en su amplia mayoría, que ocupar un lugar en la burocracia estatal es la consecución de un estatuto especial, de un privilegio que le permite solucionar problemas  básicos de su vida personal y otros relacionados con sus vínculos afectivos, con sus adhesiones políticas y sus lazos de parentesco. El Estado es un lugar propicio para vivir bien y actuar mal.
¿Qué garantiza hoy en día ser abogado de las universidades Externado o Libre o El Rosario? ¿Qué le garantizan a la sociedad colombiana los economistas de la Universidad de los Andes? Garantizan, más o menos, un país cada vez más descompuesto en materia de normas y prácticas de justicia; garantizan un Estado débil que le ha dejado las puertas abiertas a un neoliberalismo rampante y garantizan una sociedad convertida en una máquina despiadada de lucro sin barreras éticas que impidan aplastar a los demás.

Nuestro Estado funciona como un monstruo; es peligroso y enorme. Nos devora todos los días con sus acciones arbitrarias y también con sus graves omisiones. Se encarga de redistribuir las pérdidas y de concentrar en unos pocos las ganancias. Asedia con impuestos a la clase media urbana y, al tiempo, no ejerce soberanía en las fronteras; abandonó a la ciudadanía ante el fraude diario de las empresas prestadoras de salud. Sus prioridades están mal definidas; o, mejor, están resueltas a favor de los intereses particulares de los grupos particulares que controlan el funcionamiento del Estado. Mientras tanto, la sociedad se disuelve en la lucha diaria e indivualista por resolver, en su pequeña  órbita de posibilidades, todo lo que el Estado no le garantiza: un hospital abierto y bien dotado, una escuela pública con profesores bien remunerados, calles asfaltadas, transporte público confortable. Asuntos básicos que en otras sociedades, con otros Estados, han sido resueltos hace mucho rato.     

martes, 25 de agosto de 2015

Pintado en la Pared No. 125

Convocatoria revista Historia Y MEMORIA
Número 13
Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia-UPTC



Dossier:
Libros, lecturas y lectores en Colombia y en América latina.

Invitamos a presentar artículos que sean resultado de investigaciones en aspectos relacionados con la historia del libro, de la lectura, de los procesos de producción, circulación y consumo de impresos, tanto en momentos de la historia de Colombia como de cualquiera otro lugar de América latina. Queremos contribuir al diálogo entre las diversas tradiciones historiográficas que han avanzado en historias de la lectura, del libro; en biografías de libreros e impresores, figuras sociales centrales en los procesos de consolidación comercial y técnica del mundo de los impresos; en la definición de categorías como “literato”, “publicista”, “periodista” y “escritor”.
Investigar y escribir acerca de libros, lecturas y lectores entraña, como dijera un connotado especialista, examinar un proceso de comunicación que incluye autores, editores, impresores, libreros y lectores. Implica, además, tratar de comprender cómo las ideas han circulado mediante los formatos impresos y cómo han incidido en las creencias, los comportamientos y el pensamiento. América latina ha tenido su particular vínculo con la cultura letrada y con el universo adyacente de la imprenta; las bibliotecas privadas y las bibliotecas aupadas por los incipientes Estados indicaron, en su momento, la conexión con redes transnacionales de conocimiento, vínculos entre comunidades científicas, la pertenencia a regímenes discursivos que fueron dominantes o, por contraste, disidentes y hasta marginales. El libro, como objeto, pasó de ser un elemento suntuoso que señalaba una distinción cultural a ser un elemento de consumo masivo e instrumento de masificación simbólica a nombre del Estado; fue vehículo de mensajes sagrados y de mensajes profanos, pero sobre todo fue signo de las tensiones entre exclusión y democratización, entre dogmatismo y secularización.
Quién leía qué, cómo y por qué son preguntas que rigen, en lo básico, los estudios sobre el universo o el mercado de lectores. Universo sometido a los procesos de cambio social, político y económico. La expansión de la cultura impresa introdujo nuevas relaciones con los opúsculos, los periódicos y los libros. Las estrategias mercantiles para cautivar un público, la existencia de una comunidad lectora más o menos permanente y en continua expansión sirvió de cimiento, sobre todo a partir de 1810, a lo que suele llamarse la opinión pública o, sin ánimo de jugar con las palabras, el público de la opinión. Las mutaciones en los sentimientos, en la sensibilidad están conectadas con las formas colectivas, individuales o íntimas de lectura.
El acceso a la cultura letrada puede tomarse como una adquisición de una capacidad que permitió el disfrute de determinados bienes simbólicos, pero también puede entenderse como una enajenación cultural, como el abandono de tradiciones culturales no basadas en la lecto-escritura. Esa discusión permanece y tiene varias vertientes en la interpretación. Las ideas de nación, en el ámbito latinoamericano, están teñidas de procesos de lecto-escritura aupados por el Estado mediante sistemas escolares; las gentes letradas fueron las principales beneficiarias de la participación política; las fronteras entre civilización y barbarie estuvieron definidas, principalmente, por la capacidad de leer y escribir. En fin, problemas varios que demuestran que la historia de la lectura no está ceñida del todo a alguna forma de historia cultural, sino que hace intervenir muy fuertemente a las historias social y política.
Recibiremos artículos hasta el 30 de octubre de 2015; para consultar las normas de presentación y envíos, las  direcciones siguientes: 

http://revistas.uptc.edu.co/revistas/index.php/historia_memoria
historiaymemoria@uptc.edu.co
soporte.historiaymemoria@uptc.edu.co

Gilberto Loaiza Cano, coordinador del dossier.

miércoles, 27 de mayo de 2015

Pintado en la Pared No. 124-El próximo Congreso Colombiano de Historia



En la semana del 5 de octubre próximo tendrá lugar la decimoséptima versión del Congreso Colombiano de Historia. Suele ser un evento multitudinario que reconforta, porque es una demostración de la importancia que ha adquirido en la sociedad colombiana el conocimiento histórico. Es el momento de encuentro con invitados internacionales y en que una comunidad académica muy diversa y esparcida por las regiones colombianas puede reunirse para hablar de los dilemas del oficio. La Historia en Colombia es una disciplina que ha alcanzado un alto grado de profesionalización, sustentado en la existencia de una veintena (o más) de programas académicos de pregrado repartidos por el país. Es posible que no hayamos logrado la consistencia de otras tradiciones historiográficas latinoamericanas ni contemos con los recursos que sí poseen otras comunidades de historiadores en nuestro continente, pero aun así ya hay un capital simbólico considerable, problemático y, sobre todo, muy necesario para darle fundamento a cualquier discusión sobre el pasado, el presente y el futuro de Colombia.

Temáticamente es un evento disperso y multitudinario en que se apretujan todas las tendencias investigativas posibles; en una semana funciona algo más de una centena de mesas que reúnen casi un millar de ponentes que exponen sus grandes o pequeños avances en complejos o simples retos investigativos. Precisamente, quizás sea hora de darle un giro más enfático al Congreso y rescatarlo de tanta dispersión en que hasta los mismos asistentes terminamos perdidos sin poder sacar el suficiente provecho de una reunión tan excepcional.

Hay que recordar que la disciplina histórica ha logrado un nivel de institucionalización a pesar de la mediocre política educativa colombiana, a pesar de los pocos recursos y estímulos para la investigación en las ciencias humanas y a pesar de las limitaciones en nuestros archivos, bibliotecas y centros de documentación. El historiador colombiano se ha ido forjando en medio de dificultades, sin las generosidades estatales que pueden hallarse en otros países latinoamericanos. Creo que en el examen de esas dificultades debería estar el temario central que pudiese ocupar a los asistentes de este y próximos congresos.

Me atrevo a proponer que los Congresos de Historia en Colombia se concentren en un temario bien delimitado, en vez de ser el escenario de ocupaciones plurales que bien podrían ser motivo de encuentros, coloquios y otros eventos propios de la dinámica de existencia de cada área de investigación. Por ejemplo, quienes hacen historia política pueden organizar su momento de reflexión y reunión; igual puede decirse para quienes hacen historia social, historia intelectual y un largo etcétera.

No puede ser posible que mientras los historiadores ganamos algún grado de institucionalización en las universidades colombianas, la Historia no sea una asignatura obligatoria en las escuelas y colegios. Mientras discutimos acerca de las responsabilidades históricas de lo que ha sucedido en los últimos cincuenta años, en Colombia no se enseña nada o casi nada sobre los orígenes de la vida republicana; sobre las comunidades precolombinas; sobre los regímenes presidenciales; sobre los procesos y conflictos sociales que han ido moldeando a la sociedad colombiana; sobre hechos, lugares y nombres que pertenecen a alguna tradición que debamos respetar, prolongar o discutir. La enseñanza de la historia no va a resolver los graves problemas de la vida pública en Colombia, pero es un buen principio en el camino de las soluciones. En una sociedad que necesita sentidos de pertenencia, la enseñanza de la historia puede cumplir una labor formadora.

También deberíamos reunirnos prioritariamente para discutir qué hacer con y ante Colciencias, un organismo que no ha servido para promover la investigación en las ciencias humanas; todo lo contrario, esa entidad ha tomado un rumbo funesto y nos ha estado aconsejando que dejemos de escribir libros de historia, porque lo importante y rentable, aunque socialmente intrascendente, es publicar artículos herméticos en revistas especializadas; y ni siquiera nos recomienda que escribamos en las revistas especializadas colombianas, sino que lo hagamos, para poder ascender en el arbitrario escalafón de ese organismo, en revistas extranjeras. Además, su débil presupuesto se desperdicia en mantener una burocracia que le halla destino a sus vidas dificultando la existencia de los demás y proponiendo una competencia de ratas para reunir los requisitos que hacen que un grupo de investigación llegue a una cumbre que no le garantiza absolutamente nada, puesto que no hay ni premios ni becas ni convocatorias de financiación que correspondan con tanto despliegue de esfuerzos y trámites.

Finalmente, los historiadores estamos ante un inexistente sistema de archivos oficiales. Muchos de ellos, en las regiones, funcionan en la informalidad y dependen de la buena o mala voluntad de funcionarios (si acaso lo son) que abren o cierran las puertas según los caprichos reinantes en cada comarca. El Archivo General de la Nación está acéfalo de dirección desde hace rato; sus catálogos son incompletos y desconcertantes, en su mayoría están mal hechos y sólo sirven para ayudar a perderse en la selva documental. Aun así sabe mirar la paja en el rabo ajeno y le dicta principios de organización de archivos a todo el mundo cuando, más bien, necesita concentrarse en la clasificación y disposición de sus documentos para que garantice la consulta fluida y expedita a los investigadores y ciudadanos que requieren sus servicios y lo visitan de todos los rincones del país.

Esos son temas acuciantes dignos de dos o tres días de sesiones, son asuntos propios de la formación de una comunidad de investigación en Historia y sobre los cuales los historiadores colombianos deberíamos fijar posición colectiva en eventos multitudinarios, visibles, en que podemos decirle algo a la sociedad colombiana.   



  

Pintado en la Pared No. 123-Bogotá es una porquería




Bogotá es una porquería. Bogotá, la capital de Colombia, es quizás una de las ciudades capitales más feas del mundo. Pero Bogotá no es solamente fea, es sucia y peligrosa. No se trata de endilgarle a un alcalde o a un partido político en particular todos los males que posee, porque precisamente Bogotá es un acumulado de errores, omisiones, incurias; Bogotá revela todas las incapacidades, excesos, descuidos de la dirigencia política colombiana. La capital de Colombia es el acumulado histórico de todos los errores posibles. Lo que es hoy es el resultado de lo que no se hizo o no se quiso hacer desde hace ochenta, setenta, cincuenta años. Al verla y sufrirla todos los días, entiende uno por qué Colombia es un país atiborrado de conflictos sin resolver y bien acostumbrado a vivir con todos los males posibles encima. La sociedad colombiana se ha vuelto impasible ante todo lo que la agobia, tiene una gran capacidad de adaptación a situaciones invivibles y por eso se revuelca fácilmente en la violencia, la miseria, el desorden, la arbitrariedad, la inseguridad.

Los bogotanos en particular y los colombianos en general somos, al tiempo, seres admirables e incomprensibles; cómo podemos soportar una ciudad que pone obstáculos para las rutinas más elementales; donde no es fácil ir y venir de los puestos de trabajo; donde las calles están llenas de cráteres; donde las principales avenidas son lugares desapacibles y malolientes; donde no hay ningún hito arquitectónico; donde no hay un sistema de transporte masivo cómodo y fluido; donde se puede ser víctima de una banda de delincuentes en cualquier parte. Con razón hemos convivido y sobrevivido con uno de los conflictos armados más antiguos del mundo, si tenemos la costumbre de arrastrarnos en la inmundicia y adaptarnos al peligro.

Propongo un ejercicio elemental para los incrédulos, si acaso es posible. Recorran la ciudad a partir de cada una de las entradas principales. Cada una está en los respectivos puntos cardinales y en todas no se sabe bien dónde termina la calle y comienza la acera; en todas hay destrozos en el asfalto; todos los separadores de unas supuestas autopistas son montículos adornados con basura. Aún más, creo que coincidiremos en destacar que por cualquier lugar que se llegue a la capital de Colombia, y si se va hacia el centro histórico, no hallaremos un monumento o una edificación que constituya un hito arquitectónico. Es la fealdad suprema, es un acumulado intimidante de espacios mal mantenidos, mal administrados.

Bogotá es algo así como el diploma que certifica que Colombia es una sociedad muy desorganizada que no ha podido aprender cosas básicas propias de la vida en común y que su clase dirigente es aviesa. Si en Bogotá no se han impuesto los moldes racionalizadores de un Estado moderno, podremos presentir cómo han crecido las ciudades intermedias colombianas. Es una ciudad con once millones de habitantes y sin una línea de metro, ni de tranvía ni de tren de cercanías. Viendo esta deformidad enorme, nos preguntamos si Bogotá es el resultado de un país pobre que no tiene recursos suficientes para modernizarse o si su clase política es tan corrupta y tan inepta que no ha podido tener un liderazgo y una capacidad de gestión para realizar obras sustanciales que ayuden a la vida colectiva. Bogotá, la capital colombiana, es de todos modos el corolario de fracasos compartidos de políticos de todos los pelambres, de ingenieros, economistas, urbanistas arquitectos, abogados. Es el monumento solemne al fracaso de la vida en común en un país donde es fácil matar y destruir.

  

domingo, 19 de abril de 2015

Pintado en la Pared No.122:El libro de Thomas Piketty


El libro escrito por el economista francés Thomas Piketty, El capital en el siglo XXI, ha tenido una difusión excepcional. Por lo menos en América Latina el autor y su obra han tenido un generoso despliegue, quizás con la ayuda de la relativamente rápida traducción al español por el Fondo de Cultura Económica. Una razón inmediata, entre otras, puede explicar el interés que ha suscitado la obra; el asunto que trata, la distribución de la riqueza en el mundo, es un tema sensible. Algo más: es posible que intelectuales y políticos busquen, además de explicaciones, ventanas de solución a un problema distintivo de la historia del capitalismo.

Por ahora comparto algunos atributos del libro de Piketty dignos de ser destacados:

Uno. El libro es resultado de una investigación colectiva y transnacional que vincula equipos de científicos sociales que le dieron importancia a la dimensión histórica de las economías en lugares distintos del planeta. En la mejor tradición de las ciencias sociales francesas, trata de proporcionar una visión totalizante de un problema; aunque la obra termina muy concentrada en la información que le proporcionan los archivos franceses, británicos y norteamericanos. Aun así, el análisis es convincente.

Dos. Es una inteligente conversación entre las ciencias sociales. Piketty sacude la econometría y, en vez de concentrarse en la apariencia objetiva de las matemáticas, se apoya en los testimonios brindados por novelistas, sociólogos e historiadores. A eso se agrega que el científico francés propone otras categorías conceptuales que desbordan fórmulas e interpretaciones que han sido lugar común de la ciencia económica. Por ejemplo, su definición de capital humano es discutible, claro, pero interesante.

Tres. El libro es una forma moderna de distopía del mundo contemporáneo. Es más diagnóstico de las desigualdades socio-económicas que propuesta de soluciones. Además, como tentativa de visión general es incompleta; los países de América latina fueron débilmente examinados en su libro, aunque hay un par de menciones muy básicas del caso colombiano. Lo que afirma no alcanza para comprender plenamente el caso nuestro, así que lo que agreguemos como moraleja es más una ocurrencia de nuestra cosecha.

La parte más angosta de este libro es, precisamente, la enunciación de soluciones o salidas posibles. La mirada al porvenir es muy limitada; pero lo que alcanza a decir puede ser inspirador para movilizarse y organizarse en pos de una forma de relación entre el Estado y la sociedad en que no se exacerbe la desigualdad. “Modernizar el Estado social, y no desmantelarlo”, alcanza a sugerir el joven investigador francés.


Para terminar, en un pasaje de El nombre de la rosa, novela de Umberto Eco, dice que en París suelen estar muy seguros de sus errores. Es probable que Piketty sea aún representante de esa presuntuosa certeza de los franceses. El paisaje que evoca El capital en el siglo XXI hace pensar que la desigualdad es condición inherente del capitalismo en cualquier parte del mundo. Quizás ni hace falta que lo digan con tanto número, la vida lo dice.

lunes, 6 de abril de 2015

Pintado en la Pared No. 121-LA MUERTE DE CARLOS GAVIRIA DÍAZ


El pasado 31 de marzo murió, en Colombia, el abogado y profesor universitario Carlos Gaviria Díaz, quien en sus últimos años fue un dirigente muy activo de la izquierda colombiana y hasta llegó a ser el candidato presidencial que mayor votación obtuvo en nombre de las organizaciones izquierdistas colombianas, cuando se enfrentó en 2006 a la reelección de Álvaro Uribe Vélez. Fue presidente, entre 2006 y 2009, del Polo Democrático, movimiento de oposición democrática y civilista durante los ocho años de dominio uribista. No será fácil clasificar a Gaviria Díaz, porque fue, más que un dirigente político, un guía intelectual en un momento de reorganización de las muy diversas tendencias de la izquierda en nuestro país. Hasta sus rivales políticos (no creo que haya tenido enemigos) reconocen en él a un maestro, a un hombre capacitado para la deliberación pública en tono pausado, argumentativo y humilde. 


La vida pública del maestro Gaviria Díaz plasmó unos valores que la izquierda colombiana debería cultivar, sobre todo en este álgido tránsito hacia una sociedad del post-conflicto armado. Él personificó la civilidad, las buenas maneras en la discusión pública. Proveniente de la academia universitaria y con larga trayectoria como magistrado de la Corte Constitucional, Gaviria Díaz fue modelo de discusión basada en argumentos y sin el afán de imponer sus juicios. Si era necesario admitirle razones al interlocutor, lo hacía sin reservas. En medio de odios viscerales y de una tradición armada en la lucha política, Gaviria Díaz logró demostrar la eficacia y hasta la estética de la deliberación fundada en elementos racionales. Una izquierda de ideas, alejada de los machismos revolucionarios, eso alcanzó a enunciar el maestro.  


La integridad en la vida pública, la honestidad a toda prueba fue otro rasgo que distinguió al extinto dirigente. La figura de Gaviria Díaz no fue arrastrada por la debacle de la izquierda que ha gobernado en los últimos años en la Alcaldía de Bogotá, hoy con ex-alcalde encarcelado incluido. Mucho menos pretencioso que otros, dio varias veces un paso al costado para no ser obstáculo de las ínfulas de quienes aún creen en los caudillismos de izquierda. Eso habla muy bien de otro atributo suyo: la humildad, que tanta falta hace entre los políticos colombianos y, en especial, en algunos de nuestros dirigentes de izquierda.


Gaviria Díaz, incluso antes de su definida militancia en la izquierda colombiana, fue un intelectual que abanderó una legislación moderna a favor de libertades individuales. Como muchos lo han reconocido, estuvo entre los primeros que hablaron en Colombia de temas tan controvertidos como el aborto, la eutanasia y los derechos de los homosexuales. El reconocimiento de grupos sociales y étnicos, que antes habían estado marginados de las reflexiones de nuestra clase política, contó con el apoyo de las agudas reflexiones, las ponencias y las sentencias de quien fue presidente de la Corte Constitucional en Colombia desde 1996 hasta 2001. Por supuesto, sus posturas en temas tan híspidos provocaron agrias controversias en un país todavía muy mojigato. 


A propósito, su otro rasgo ostensible y que bien debería ser un elemento distintivo de la izquierda latinoamericana, fue la proclamación de su espíritu incrédulo. Gaviria Díaz no solamente propendió por prácticas de un auténtico Estado laico, sino que también dio muestras de ser un individuo liberado de los dogmas religiosos y, particularmente, del pesado fardo del catolicismo. Mientras en otras partes la izquierda ha sido incapaz de hacer deslindes con el populismo católico, la figura de Gaviria Díaz expresó continuamente sin tapujos sus bien adoptadas convicciones de hombre agnóstico.


Se ha ido un hombre que puede y debe ser paradigma de una izquierda civil, civilista, libertaria y laica que tanto hace falta en el porvenir político inmediato de Colombia.Gloria eterna a Carlos Gaviria Díaz, como exclamaron sus camaradas en un postrero homenaje.

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